Actualizado: 04/12/2021 9:26
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Literatura

Pasiones de un horizonte existencial

Enrico Mario Santí, un sentidor de la literatura cubana y su contexto social y político, habla de su experiencia como exiliado.

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Tal vez en las ciencias duras se dé más ese verdadero intercambio, sobre todo de allá para acá. Pero en lo que he visto hasta la fecha de las ciencias sociales o las humanidades, el llamado canje ha sido falso.

En la introducción a Bienes… habla del diálogo entre cubanos del exilio y autoridades de la Isla en 1978. ¿Cómo se concibió la presencia de tantos académicos e intelectuales?, ¿hubo algún indicador preexistente a la selección? Los matices y diferencias que hoy se observan entre aquellos asistentes al evento, ¿existían al llegar a la Isla o se forjaron en ese diálogo?

Creo que es en el prólogo a Por una politeratura (Ediciones El Equilibrista, México, 1997), mi libro anterior, donde aludo al llamado "diálogo", aunque en Bienes… sí recojo otro texto, De Hanover a La Habana, donde hablo de ese momento en mi itinerario. El tema, por cierto, empata con la pregunta anterior.

Hablando del llamado "diálogo", todavía recuerdo cómo un eminente profesor, en medio de las discusiones que sostuvimos sobre los acuerdos, le sugirió directamente a Fidel Castro establecer un intercambio que el profesor llamó "profesional" y que podría empezar, a manera de experimento, con profesores universitarios. Hasta se ofreció él mismo como primer voluntario.

Castro se rió de la propuesta y señaló (estábamos en 1978) que en Cuba ya no había "profesionales": se había hecho una revolución de obreros y campesinos. Esa presencia en el llamado diálogo de profesores e intelectuales de buena voluntad y no poca ingenuidad, se debe a que la idea la había promovido, además del banquero Bernardo Benes en Miami, gente como Lourdes Casal y Marifeli Pérez-Stable, en Nueva York, ambas profesoras que en ese entonces militaban en las filas de la revista Areíto, un grupo de jóvenes, no todos profesores, que abogaban por un acercamiento a lo que ellos llamaban "Cuba".

Mis comillas ironizan el concepto porque, al igual que años después haría el grupo Bridges to Cuba (Puentes a Cuba), nunca se plantearon que "Cuba" no existía sin pasar por el tamiz ideológico, o mejor dicho, la maquinaria policíaca del Estado. No tengo idea de cómo se escogieron los que participamos, aunque supongo que debe haber habido una identificación de personalidades abiertas al encuentro y una disposición que hoy llamaríamos "políticamente correcta" (todavía sonrío al recordar a una profesora del grupo que, en la excursión que nos dieron a Tropicana, me señalaba esa noche, extasiada, cómo el show que mostraba una pelea de gallos eliminaba "la obscenidad" y mostraba ¡el heroísmo del pueblo combatiente!).

En realidad, el "diálogo" nunca fue tal. La agenda estuvo controlada por el régimen, y si hubo disensiones abiertas no tuvieron resonancia. Hubo dos grupos: uno que viajó en noviembre, y el mismo grupo ampliado por más participantes que viajamos al mes siguiente. Estuve en el segundo, apenas cuatro días, pero francamente no recuerdo que nadie, ni de una ni de otra parte, jamás me pusiera al tanto de la agenda, aunque sí se habló mucho de los acuerdos, que para entonces era un fait accompli.

Me limité a escuchar, mitad asustado, mitad esperanzado: era la primera vez que regresaba al país desde mi salida, de niño, en 1962, y me movía más el "embullo" que la razón. No creo que el diálogo forjara nada, salvo —honrosa excepción— facilitar el traslado de los ex presos y sus familias a territorio norteamericano. Mucho menos posiciones definidas en torno a la cuestión cubana.

A los dos años, algunos de los que fuimos esperanzados terminamos desilusionándonos con el otro gran evento que le sucedió: el Mariel. Nunca se ha reflexionado, que yo sepa, que el Mariel fue la negación del diálogo (por ejemplo, en el tema de la reunificación familiar, que los barcos atestados de presos y enfermos mentales echaron por tierra). Otros profesores, que hoy abogan por un mayor acercamiento —como Jorge Domínguez, o Alejandro Portes—, ni siquiera formaron parte del grupo del diálogo.