Actualizado: 18/07/2019 14:23
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Literatura

“Regreso a México con ‘Sin grasa y con arena’ como amuleto”

Entrevista con el poeta Raúl Ortega Alfonso tras su retorno a México

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Raúl Ortega Alfonso arriba a México después de casi tres años de residencia en la ciudad de Miami. Viene con su hija Izumi, su esposa —la poeta mexicana Amada Hernández— y su más reciente poemario, Sin grasa y con arena (Editorial Velámenes, Florida, 2011), bajo el brazo. Poeta de una ironía siempre en los bordes, interesado por trazas eróticas de sumatoria verbal en la que el desamparo dialoga con las punzantes y contrariadas consecuencias de los desarraigos. “Poeta tribuno”, lo definió Osvaldo Navarro: los versos de Ortega Alfonso conforman una suerte de puesta en escena de improntas y conjeturas en la que soledad, dolor, rabia y odio se anidan en un insomnio perdurable. La escritura como necesidad: cualquier muro es un pretexto para sellar la orfandad del hombre sobre el mundo. Conversamos una mañana de abril en una pequeña fonda de “antojitos mexicanos” en pleno centro del DF. Había una racha contaminada y un polvo rancio que Raúl Ortega Alfonso ya se sabía de memoria: “Extrañaba a esta ciudad, me siento más tranquilo; sé que regreso a mi segunda casa”.

Cuéntame un poco de tu vida y de tu salida de la Isla

Raúl Ortega Alfonso (ROA): Nací en el barrio de San Miguel del Padrón, en La Habana, en 1960; me crié en Alamar, salí de Cuba en 1995. Un año antes, cuando la llamada “crisis de los balseros”, compré un bote en Cojímar que me costó treinta dólares: cuando lo tiré al agua del mar habanero se hundió. “Si te vas y te pasa algo vas a matar a mami”, me dijo mi hermano, y agregó: “También hay que pensar en el dolor de los demás”. Entendí aunque pensé que estaba dejando escapar la única oportunidad que tenía para dejar la Isla. Sentado en el muro de la “Playita de los Rusos” de Alamar, veía cómo la gente echaba las balsas al agua y se enrolaban en un viaje sin saber si llegarían o no a su destino. El poeta Juan Carlos Flores, que vivía en el mismo edificio que yo, se quitó los zapatos, y me dijo: “Guárdame ahí, que yo sí me voy con el primero que pase”: se montó en un cachumbambé que tenía todas las intenciones del mundo de no querer “navegar” con tantos náufragos encima. Eran las nueve de la mañana. A las once de la noche, enchumbado en agua, el poeta tocó la puerta de mi casa para recuperar sus zapatos. Una de las cámaras que sostenía la armazón de la improvisada embarcación había explotado en pleno mar, él pudo nadar hasta una bolla que estaba como a tres millas de la costa; descansar, y nadar de regreso hacia el litoral. Aún sigue en Alamar, encerrado en su casa, escribiendo unos versos de asombroso y festivo dolor, trazos de lo mejor de la poesía cubana contemporánea.

¿Cómo llegaste a México, bajo qué circunstancias?

ROA: En 1995, invitado por una institución mexicana —y con la ayuda del cineasta Ernesto Fundora—, llegué al Distrito Federal, la ciudad más contrastante y grande del mundo. En Cuba solo había publicado un poemario en la Editorial Abril, Las mujeres fabrican a los locos. El otro poemario que había presentado para su publicación fue censurado. México es un país difícil, pero a pesar de todo, puede uno “insertarse” en el ambiente literario si se lo propone. Al principio —como casi todos los que emigran— pasé por los trabajos más disímiles, hasta que poco a poco fui buscando mi lugar. Llevaba en las maletas dos poemarios inéditos, y un conjunto de relatos eróticos que fui publicando en una columna que me dieron en la edición mexicana de la revista Playboy. Más tarde comencé a escribir otra columna semanal para el suplemento cultural Sábado, del periódico UnoMásUno. En 1998 publiqué los dos libros de poesía que había escrito en Cuba. Después vino una reedición mexicana de Las mujeres fabrican a los locos en la editorial independiente Praxis.

Háblame de esos poemarios que escribiste en Cuba y que pudiste publicar en México. ¿Cómo fueron recibidos por los lectores mexicanos?

ROA: En uno de los dos poemarios, Con mi voz de mujer, publicado por la editorial Arlequín (Guadalajara) con el apoyo del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes —escrito entre 1992 y 1994, los años más terrible del “periodo especial”, eufemismo utilizado por la dictadura para disfrazar la debacle—, había abandonado el verso tradicional estrófico, para sumergirme en el poema en prosa, donde dejaba constancia de los momentos tan difíciles que vivíamos los cubanos. Coplas irreverentes, iconoclastas, con una carga de angustia tan grande que llegué a pensar en dejar de escribir. Recuerdo que ofrecí un recital en el Aula Magna de la Universidad de Guadalajara, y mientras yo desgranaba los poemas de memoria, en vehemente oratoria, la gente, ofendida por “las insolencias” de lo que escuchaba, se iba levantando para abandonar el lugar. El editor me exhortaba a continuar con la lectura, se deleitaba y reía satisfecho. Yo, no tanto.

¿Y el otro poemario?

ROA: Acta común de nacimiento lo publiqué el mismo año, 1998, en la Editorial Praxis con buena recepción de los lectores mexicanos y cubanos residentes aquí; plausible crítica en revistas culturales y periódicos.

¿Por qué decidiste abandonar México?

ROA: Un día, después de doce años en México, cuando tenía el mejor trabajo que pude haber conseguido, con todas las prestaciones habidas y por haber, excelente sueldo y buen ambiente laboral, renuncié a todo y, junto al poeta Ernesto Olivera, cruce la frontera en busca de Miami. ¿Por qué? Aún me lo estoy preguntando, no logro encontrar la respuesta.

Háblame de Sin grasa y con arena. ¿Ruptura con tu poesía anterior? ¿Testimonio de tu experiencia en Miami? ¿Qué fue Miami para el poeta Raúl Ortega Alfonso?

ROA: Sin grasa y con arena es mi sexto poemario publicado. Dentro de mi obra no significa una ruptura sino un recrudecimiento de la realidad poética a partir de las circunstancias que me tocó vivir en una ciudad como Miami. Los poetas —hablo de los verdaderos, no de los impostores— en esa ciudad valen menos que un perro, y ya es mucho decir porque mira que en esa ciudad se ama a los perros. Los ejemplos sobran. Un poeta como Eddy Campa podía dormir en un portal de La Pequeña Habana, incluso desaparecer —como desapareció sin dejar rastro—; un perrito, no. Miami es una ciudad estupenda para aquellos que tienen un pent-house de lujo en Nueva York, y una casa de veraneo en Miami Beach. La mayoría, el vulgo exiliado —al cual pertenecí— tiene que conformarse con limpiar los azulejos de las piscinas de esas residencias.

¿Antes, pudiste publicar algún texto en Miami?

ROA: Sí, di a conocer en 2006 La memoria de queso, en editorial La torre de papel. Unos poemas que ya vaticinan las tonalidades estilísticas y temáticas de Sin grasa y sinarena.

Cuéntame sobre el ambiente cultural de Miami. ¿Con quiénes tuviste contactos? ¿Qué hiciste durante esos años?

ROA: No puedo olvidar cómo sufrió y fue pateado por la apatía de los establecidos el poeta cubano Osvaldo Navarro, quien terminó colocando latas en los estantes de un Winn Dixie, hasta que pudo regresar a México, país en el que falleció con la entereza y dignidad de un poeta. Miami es indiferencia frente a la cultura cubana. Miami es finanza y anticastrismo exacerbado. No puedo olvidar mis diligencias como acompañante de la poeta María Elena Cruz Varela, caminando largas avenidas de la ciudad en busca de alguien que le ofreciera trabajo. Pero nada. Ya ella había dejado de ser la protagonista de un suceso político que pocos recordaban, y del que muchos sacaron sus mejores lascas. Ya era solo la gran poeta que ha sido siempre. Había dejado de ser la candidata al Premio Nobel de la Paz por su probado coraje en las cárceles cubanas. Ninguna de las sagradas instituciones culturales del exilio, ninguna de las televisoras que lucraron con sus entrevistas, ninguno de los llamados mecenas que dicen arrodillarse ante la cultura cubana, se acordaron de que la poeta necesitaba trabajo, de que a la poeta le urgía comer. Tuvo que regresar a España. Los ejemplos sobran. Reinaldo Arenas lo dejó escrito magistralmente en sus memorias: huyó despavorido de una ciudad que se solaza humillando a los poetas. En eso Miami también se parece a Cuba, que en plena época republicana, con el gran desarrollo alcanzado en los años 50, dejó de ser un país abierto a las grandes manifestaciones de la cultura, para convertirse en una suerte de municipio de Alquízar, sin ánimos de ofender a los nacidos allí.

¿Puede la poesía y los poetas cubanos del exilio convivir dentro de los engranajes económicos de una ciudad tan eficaz y pragmática, desbordada de “bussiness” y asuntos financieros, como Miami?

ROA: Cuando la poesía acepta que vive en el país más poderoso del planeta sin atreverse a oler la mierda que la rodea: muere, se convierte en baba de viejo tuberculoso que aguanta sin chistar todas las patadas que le dan por el culo. Pero no todos los poetas cubanos que viven en Miami se empeñan en cantarle al paraíso y al sueño de las idílicas ventajas económicas del capitalismo. Poetas como el propio Eddy Campa, Néstor Díaz de Villegas, Carlos A. Díaz Barrios, Esteban Luis Cárdenas, Osvaldo Navarro, Elena Tamargo y muchos más, saben que “la poesía será siempre amor absoluto o definitivo rencor”, como sentenció en 1936 José Lezama Lima en su coloquio con Juan Ramón Jiménez.

¿De ese contexto nacen los versos agrios que leo en Sin grasa y con arena?

ROA: Yo mejor diría que es el eje temático vital de Sin grasa y con arena. Un manual difícil, un libro que nace de la impotencia, de la rabia. Hablar del odio no debe ser tarea de un poeta, pero siempre lo ha sido y lo será porque es una de las maneras más auténticas que tiene para expresar su amor. “El odio también es una forma de conocimiento”, confesó el escritor mexicano Guillermo Fadanelli.

¿Proyectos? Sé que también escribes novelas. ¿Qué hay de tu oficio como narrador?

ROA: Después de mi retorno a México he tenido que empezar de cero; algo positivo ya se vislumbra con relación a mi narrativa. Siempre he sido un poeta publicado; pero, desafortunadamente, un narrador inédito. Nunca he dejado ni dejaré de escribir narrativa. De mis varias novelas inéditas existe la posibilidad de que una salga el año entrante en Tusquets Editores, y otra posiblemente en Planeta. Ya veremos. Lo cardinal es seguir escribiendo, no rendirse, no claudicar. En cuanto a la poesía, espero que su semilla no me abandone, que me regale de vez en cuando algún verso en flancos de cabalidades líricas recordables. Soy padre, ha nacido mi hija Izumi: el mejor poema que he escrito hasta hoy, estoy seguro que será insuperable.

El mediodía ha desplazado a la mañana. Entre cervezas, quesadillas de gusanitos de maguey y trocitos de salmón ahumado con queso oaxaqueño empozados de salsa mexicana, terminamos la conversación.

Pongo a disposición de los lectores de Cubaencuentro uno de los poemas de Singrasa y con arena

La fe

Cuando era como un tren de carga sobre los rieles del torrente
sanguíneo, un aleteo insomne; discreta como una vieja chismosa
detrás de la ventana, o calzaba pantuflas para caminar por el
corazón de la gente, no niego que la fe sirviera para algo.
Ahora sale en la tele, en un reality show donde hay que defecar
y revolver con un palito, para que el rival adivine los ingredientes de
la última cena.
La fe, un asco, en fin: una figura pública.

(Sin grasa y con arena, Editorial Velámenes, enero de 2011. Puede adquirirse en la Librería Universal de Miami: 3090 Southwest 8th Street, Miami, FL. Teléfono: 305- 642-3234)


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