Actualizado: 23/09/2022 21:11
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Angola, Gorbachov, Castro

Castro, Gorbachov, Angola y la posibilidad de una guerra atómica

De acuerdo al relato de Fidel Castro, tanto las golpeadas fuerzas angolanas como la errónea estrategia soviética contribuyeron a la victoria cubana

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Hace dos meses el lector EQUINONGO1 preguntaba en un comentario si Fidel Castro y el general Arnaldo Ochoa conocían de la existencia de siete bombas atómicas sudafricanas, que este país poseía durante la época de la guerra civil angoleña y el conflicto fronterizo. Ahora y tras la muerte de Gorbachov vale la pena volver sobre el tema.

Castro afirmó en una “Reflexión” de octubre de 2008 que Mijaíl Gorbachov, al frente de la Unión Soviética en 1983, respondió “positivamente” a un pedido suyo urgente de aviones durante la guerra en Angola, que resultó vital para la derrota posterior de Sudáfrica.

Pero al mismo tiempo criticaba fuertemente la actuación del principal asesor militar soviético, general Konstantín Kurochkin, y se refería de pasada a la posibilidad de una guerra atómica.

“Gorbachov había ascendido a la máxima dirección del Partido y el Estado. Le envié un mensaje personal solicitándole con urgencia 12 aviones de combate MiG-23 adicionales. Respondió positivamente”, señaló Castro en un artículo publicado en el sitio digital Cubadebate.

“La columna blindada de Menongue era fuertemente reforzada, y con ella el frente sur, con los nuevos batallones de tanques enviados desde Cuba que ya fueron mencionados. Éramos más fuertes. Pero hubo que esperar todavía otros cuatro años y soportar las consecuencias de las erráticas estrategias de Konstantín, que costaron muchas vidas angolanas”.

Cabe preguntarse si estas “erráticas estrategias” no tuvieron como resultado, de una forma directa o indirecta, la muerte de cubanos.

“El asesor soviético había llegado a la República Popular de Angola a fines de 1982 como Jefe de la Misión Militar de su país. Cumplida su misión regresó a la URSS en 1985, y volvió al país africano con mayor jerarquía militar en 1987. Fue el estratega de las absurdas ofensivas hacia Jamba en el remoto sureste de Angola”.

Más adelante agregó: “La última de esas ofensivas con resultados desastrosos siempre, dio lugar, sin embargo, a la batalla de Cuito Cuanavale, que marcó el principio del fin del apartheid, cuando las unidades angolanas, inútilmente golpeadas, retrocedían y el ejército de Sudáfrica chocó con la brigada de tanques, los BM-21 y las fuerzas cubanas enviadas a defender la antigua base aérea de la OTAN”.

“En ese momento decisivo, el Presidente de Angola dio su apoyo total a nuestros puntos de vista. Más de 30 mil soldados angolanos y 40 mil combatientes internacionalistas cubanos, con sus oficiales y jefes, bien entrenados y curtidos en la lucha, apenas terminaron los últimos disparos en el distante baluarte, avanzaron por el suroeste de Angola hacia las líneas sudafricanas en la frontera de Namibia. Gran número de los tanques, artillería coheteril antiaérea, otras armas y el personal correspondiente fueron enviados desde Cuba”.

O sea, que de acuerdo al relato de Fidel Castro, tanto las golpeadas fuerzas

angolanas como la errónea estrategia soviética contribuyeron a la victoria cubana. La Habana logró sacar un provecho momentáneo (militar y político) no solo de un enemigo que “no soportó el desafío” sino de los errores de los aliados.

“Con un número relativamente pequeño de aviones MiG-23 y la audacia de nuestros pilotos, nos hicimos dueños del aire, pero eran pocos si se comparaban con las cifras de aviones de combate de Sudáfrica. La URSS existía todavía. Fue el país que más se solidarizó con Cuba. Gorbachov había ascendido a la máxima dirección del Partido y el Estado. Le envié un mensaje personal solicitándole con urgencia 12 aviones de combate MiG-23 adicionales. Respondió positivamente”.

Sin embargo, el momento más interesante del relato del ya fallecido mandatario es cuando se refiere a la posibilidad de que el conflicto se convirtiera en una conflagración atómica.

“Sudáfrica disponía sin embargo de siete armas nucleares que el gobierno de Reagan les suministró. Adivinamos, por determinados elementos de juicio, que podían poseerlas; colocamos cargas explosivas en la cortina de una importante presa dentro de Angola construida por los colonialistas portugueses casi en los límites de la frontera con Namibia, próxima a las posiciones principales del Ejército sudafricano en ese país. Previendo que llegaran a emplear aquellas armas contra las tropas cubanas y angolanas, estas fueron convenientemente desplegadas para enfrentar un eventual ataque de ese tipo. No existía nada capaz de superar el heroísmo desinteresado de los combatientes internacionalistas decididos a liquidar el apartheid”.

De acuerdo a este texto, la guerra de Angola fue la segunda ocasión en que Cuba

estuvo envuelta en un conflicto que podría haber desencadenado una hecatombe nuclear. No hay comparación entre la Crisis de Octubre y la Guerra de Angola en cuanto a la dimensión y las implicaciones del diferendo, pero ambas tienen en común que muestran que el gobierno cubano, con Fidel Castro al frente, no estaba dispuesto a detenerse frente a una amenaza de ataque nuclear, al menos de acuerdo a éste y otros testimonios similares.

Pero junto a este panorama de combatividad, peligro y una posible destrucción de grandes dimensiones, hay una historia más vulgar y menos heroica.

“Sudáfrica no soportó el desafío y negoció, después que recibió los primeros golpes en esa dirección, todavía dentro de territorio angolano. En la misma mesa se sentaron durante meses los yanquis, los racistas, los angolanos, los soviéticos y los cubanos.

Allí estaba, entre los que discutían en favor de nuestra causa, Konstantín. Lo conocía ya, había tratado de evitar que se sintiera humillado por nuestra discrepancia y nuestros éxitos. Tenía sin duda influencia en el mando militar del glorioso Ejército soviético. Sus errores fueron la más importante contribución a la decisión adoptada por nuestro país de prohibirles a los racistas intervenir en Angola y de rectificar los errores políticos que había cometido la Dirección de la URSS en 1976”, escribió Castro.

“Generosos con el adversario en cuestiones estratégicas, decidimos otorgarle la Orden ‘Che Guevara’. La recibió con aparente satisfacción. Su peor falta no fue lo que hizo antes, sino después. La URSS desapareció y Konstantín hizo declaraciones oportunistas calumniando a Cuba, que tan generosa se comportó con él. El militar profesional de Cangamba, partidario de las absurdas iniciativas que propuso, e inventor de las estériles ofensivas hacia la remota Jamba, se había dejado conquistar por la ideología anticubana del enemigo. No habrá muchos que lo defiendan en su patriótico pueblo.

Konstantín fue su nombre de guerra. El suyo propio, sin más apellido, lo mencioné un día; era el que recordaba bien en ese momento. No deseo reiterarlo”, añade.

Así que para Castro Konstantín se convirtió en un “adversario”. Lo que sin duda fue una acción oportunista, el exgobernante lo presentaba entonces como un gesto de generosidad.


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