Actualizado: 10/07/2020 19:25
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Emiratos Árabes, Abu Dhabi, Dubai

Cinco días y cuatro noches árabes (II)

Segundo de una serie de cuatro partes

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Ramadan Kareem

El Ramadán, que yo conocía en teoría gracias a Julio Verne y Kerabán el Testarudo, y que ahora experimento en la práctica, es uno de los pilares de la religión mahometana. Todo un mes, en el que se medita, se ejercita la paciencia, se fortalece la perseverancia. Y ni se come ni se bebe entre la salida y la puesta del Sol.

Los no musulmanes, por respeto, deben beber y comer en privado durante el día. Es temporada de recogimiento, de ser cuidadoso con lo que se viste, con la música, el estruendo, con las expresiones de cariño en público y, como si fuera poco, se debe hacer abstención de pensamientos y acciones impuras mientras el sol esté sobre el horizonte.

Las religiones abrahámicas están sostenidas por pilares de esa índole: rituales estrictos, prohibiciones, rutinas, disciplina, obediencia, fe, todo incondicional. Los católicos tienen misas y Cuaresma. Los judíos tienen sus shabats y shaboos. Los musulmanes, como si rezar cinco veces al día fuera una minucia espiritual, tienen encima todo un mes santo.

Una gran incomodidad el Ramadán Kareem. O al menos, así lo parecía.

Traje mi mochila al viaje y nos viene de perilla. Ademas de la cámara, y algunos accesorios, cargamos para los paseos cinco botellas de agua; imprescindible, pues no es cosa de juego deambular en un clima como este, con la deshidratación amenazando.

En Ramadán, todo el que puede, permanece en sus casas durante el día. Los negocios se inician tarde, permanecen abiertos hasta la medianoche y la sensación general es de parálisis, como tuvimos ocasión de enterarnos un poco más tarde ese mismo día.

Tampoco fue cosa que nos molestara demasiado la soledad: después de la perenne multitud de Nueva York, se agradece un poco de espacio. Pero con este calor infernal, mi idea de hacer fotos callejeras se desploma por sí misma, así que serán fotos “turísticas”; al cabo el lugar se presta para ello.

“Pueden tomar agua en el baño, o en el carro”, nos aconseja un mesero —se llama Lama, y es del norte de la India, de padres tibetanos— en el restaurante donde desayunamos, tras la protección de cortinas dobles, colocadas a la entrada para evitarles a los emiratis que ayunan el espectáculo de nos, los no musulmanes, comiendo como posesos en un magnífico buffet a plena luz del día.

Son apenas las nueve de la mañana, temprano aún —tarde para mí, obsesivo compulsivo que cuenta los minutos— cuando salimos del hotel. Nos vamos a visitar el Emirate Palace, un hotel de superlujo que se dice de siete estrellas, cuyo costo de construcción fue de tres mil millones de dólares —el segundo hotel más costoso del planeta—, que cuenta con ochenta y cinco hectáreas de jardines, 1,3 kilómetros de playa privada, y suites de mármol y oro.

“¡Qué calor!”, comento, y el taxista me responde que cincuenta grados centígrados es lo normal en julio y agosto. El muchacho, disfrutando mi estupor, sonríe, mostrando unos dientes descuidados. Es un afgano pashtún, de un pueblo cercano a Pakistán, que ya ha vivido en los Emiratos por ocho años. “Trabajando todos los días: no hay día de descanso”, apunta.

Habla seis idiomas pero no sabe qué es Cuba. “¿Fidel Castro?”, intenta ayudarlo mi esposa, citando el producto más conocido de la triste isla. “I don’t think so...”, responde el taxista algo apenado, y pienso que Fidel Castro, que ya era olvidable, ahora es un desconocido que no ha necesitado morir para que su huella absurda se haya desvanecido. Como si fuera poco, también me percato de que Cuba es un exotismo para gente exótica.

Demasiadas revelaciones para una mañana de paseo.

No nos dejaron entrar al hotel. “Tiene que ponerse pantalones”, me dice enérgico el hombre uniformado que cuida la garita de entrada, y que puede ser paquistaní o indio, señalando mis bermudas como si fueran un pescado podrido.

Plan B: nos vamos a un parque temático bajo techo, Ferrari World, adjunto a un centro comercial descomunal, que encontramos vacío y con pocas tiendas abiertas: en Ramadán, no pasa nada antes del mediodía.

***

Los Emiratos solo tienen desierto, gas natural, y petróleo.

A cambio del petróleo, todo lo demás viene del extranjero. Los ingresos altos y estables les han permitido a los emires importar a Occidente en pleno. Hasta el agua: en un país donde el preciado líquido es prácticamente inexistente, toda el agua potable que se consume es producida mediante la desalinización de agua de mar.

Sin embargo, hay un notable esfuerzo en la diversificación económica: telecomunicaciones, satélites, biotecnología, turismo, industria de alta tecnología, servicios de salud, y hay un plan ya en marcha para generalizar el uso de la energía renovable. La visión de futuro de los emires es admirable.

A la vez, sin llegar a ser una teocracia, los Emiratos son un Estado que gravita alrededor del Islam en una de sus variantes más conservadoras.

La lapidación es legal, la vestimenta adecuada es exigida por el código penal y los latigazos son el castigo más común: el aborto es penado con cien latigazos y hasta cinco años de prisión, mientras el sexo premarital se castiga con cien latigazos.

Junto a mezquitas y tiendas que solo venden las babuchas tradicionales que usan los hombres —hay solo dos modelos: uno en piel negra, y otro en charol blanco— se apiñan boutiques de las marcas más lujosas. Las emirati visten abayas pero se gastan fortunas en Pradas y Vouiton. “Si les quitas el trapajo negro, verás que debajo están vestidas como princesas”, nos dice un amigo.

Curioso aspecto del Islam pudiente que coquetea con el Occidente liberal: cubrir la riqueza con la modestia de la vestimenta tradicional. Doble moral a lo emirato, dátiles y caviar, petróleo y Corán, Ramadán y Ferraris.

***

Tercera noche

“¡Te juro que esa mujer me estaba vigilando! Ya me ha sucedido dos veces...”, me comenta mi esposa. Ha notado que cuando va a un baño siempre hay una persona de intendencia esperando a que ella salga y que entra al baño de inmediato a limpiar y perfumar el lugar.

Los emires quieren un país pulcro, funcional, organizado, y no escatiman para lograrlo. Los espacios públicos están impecablemente limpios en este lugar donde, a falta de lluvia, cae polvo. En los fantásticos centros comerciales el mármol y el granito brillan sin una mácula de suciedad, y el aire huele a incienso y almizcle.

Los amplios pasillos y plazas del Yas Island Mall, relucientes, están desiertos a esta hora. Es una sensación extraña caminar y ver tan pocas personas en un lugar tan enorme, pero todavía pasa casi una hora antes de que comiencen a llegar más visitantes.

También se extraña la omnipresencia niuyorquina del idioma español. Acá, junto al árabe y el inglés, los lenguajes de instrucciones y servicios son ruso y chino.

Es un indicador de los gustos exóticos de los nuevos ricos. Los millonarios rusos, que ya acapararon casas en Paris y villas en el lago de Como, vienen de compras a Dubai y Abu Dhabi, al igual que los magnates chinos. Es por ello que, a pesar de que la mayoría de los visitantes parecen ser indios —los indios andan en familias numerosas, o en grupos de hombres solos—, no es raro encontrarse numerosos asiáticos o a turistas eslavos.

Un grupo de ellos estaría más tarde ese mismo día en la piscina del hotel. Bullangueros, bebiendo, escuchando música pop en bocinas Blue Tooth a todo volumen, fumando dentro del agua, inquietando a los que cuidan de la piscina, haciendo caso omiso de las costumbres locales, las limitaciones del Ramadán y la tranquilidad de los demás huéspedes. Grupo interesante, de hombres ceñudos y maduros acompañados por muchachas muy jóvenes. “¿Putas...?” Mozhet byt'.

Cinco horas más tarde regresamos al hotel, mi hijo feliz, nosotros cansados. “Esto de los taxis, pues no da la cuenta”, coincidimos mi esposa y yo.

Cae el sol, y comienza el iftar, el banquete post-ayuno que tiene lugar en las noches de Ramadán. Nos vamos a cenar a otro hotel, cercano, caminando: nos han recomendado un restaurante de comida libanesa. El paseo es corto, unos trescientos metros quizá, pero llegamos boqueando, agobiados por el remanente del calor de día, que todavía no baja de treinta y seis grados.

La cena es opípara, y tanto emiratis como infieles comemos desaforados —es nuestra segunda comida del día. Un pastelillo tipo baclava, relleno con un agradable queso tipo mascarpone acapara mi atención.

Regresamos, despacio para evitar sofocos. El aire acondicionado de la habitación es un bálsamo. “Hay que rentar un carro”, es la conclusión a la que llegamos.

Justo antes de cerrar los ojos veo, en el techo de la habitación, en una esquina, una flecha verde: señala en dirección de La Meca.

(Continuará)


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