Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Emiratos Árabes, Abu Dhabi, Dubai

Cinco días y cuatro noches árabes (III)

Tercero de una serie de cuatro partes

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Dubai

Babul me observa mientras me acerco a la barra y sonríe. El personal de servicio es gentil; además, una propina siempre ayuda.

¿Double expresso?”, pregunta. “Machiatto...”, respondo en automático. “Add a little milk, please...”, aclaro, ante la mirada inquisitiva. Mientras revuelvo el azúcar me explica que si deseo rentar un carro debo ir al hotel contiguo. “Pregúntele al guardia de seguridad: él le dirá dónde está la oficina de rentas...”, añade, y se retira presuroso tras las cortinas, al interior de restaurante; es la hora pico del desayuno de los infieles.

Encontramos la renta de autos con facilidad: un buró enfrente de las recepcionistas. Dollar Rent a Car. “Ah, carajo...”, dice mi esposa. Yo digo algo peor. Pero no hay remedio: al parecer es la única opción para rentar un auto en este lugar.

“Dubai acaba de instalar cinco mil cámaras más el mes pasado...”, me cuenta el encargado de las rentas, un filipino amable, obeso y amanerado que tiene un hermana en Michigan y que me pregunta dónde está New Hampshire. “Tengo un amigo virtual por allá...”, me dice con coqueto recato.

Nos renta el auto —treinta dirhams adicionales por el GPS— y nos advierte de lo estricto en los controles de velocidad y de tráfico. Exagera en un detalle o dos; sin embargo, en esencia, tiene razón.

No hemos visto policías, pero la seguridad en los Emiratos es impresionante.

“¿Asalto? Eso no existe. Mire...”, me había dicho el taxista afgano, señalando una cámara que estaba montada bajo el espejo retrovisor, “En la central están observando todo el tiempo lo que sucede en el taxi. También por esta otra cámara...”, añadió mostrando un punto negro en la esquina del aparato que cuenta los kilómetros, multiplica por las tarifas y presenta la suma a pagar por el viaje. “Además, nos escuchan...”, concluyó.

“Entonces no hay mucha privacidad, ¿no?”, hurgué un poco más. “¿Para qué?”, me respondió sorprendido, con una rápida mirada de soslayo, y se concentró en manejar.

Ya lo habíamos notado: hay cámaras por doquier.

Para colmo, al intentar conectarse a los WiFi en lugares públicos, el diálogo en el teléfono pregunta de qué país vienes, y a veces va más allá: solicita tu nombre y el número de teléfono.

Los Emiratos, que fueron uno de los tres países en reconocer al Talibán antes del 9/11, ahora se alinean con los que fomentan la estabilización de los gobiernos tradicionales, en contra de primaveras árabes, y combaten el terrorismo islámico, que es enemigo de los buenos negocios.

La omnipresente —aunque discreta— vigilancia, los servicios de inteligencia, y la justicia expedita de los emires, hasta ahora ha logrado mantener a raya a los fanáticos y la violencia.

***

En los Emiratos Árabes Unidos:

Besarse en público es ilegal y puede resultar en deportación.

Las injurias en Whatsapp están prohibidas, y se penalizan con el equivalente a más de $68.000 de multa, y prisión.

La homosexualidad es ilegal y es una ofensa capital.

La sodomía es castigada con hasta catorce años de prisión. Si es consentida, conlleva una pena de hasta diez años.

La amputación es un castigo legal.

La crucifixión es un castigo legal.

Bailar en público es ilegal.

***

Como cada calle y avenida en los Emiratos, la autopista que une Abu Dhabi y Dubai también está señalizada con pedante minuciosidad.

Los ciento veintiocho kilómetros, asfaltados a la perfección —todas las calles lo están—, están jaloneados por luminarias, una cada cien metros, en algunos tramos cada cincuenta. Las cámaras para el control de velocidad se suceden con machacona frecuencia, de lo cual nos alerta oportuna y afortunadamente la voz británica del GPS.

Tenemos un amigo que trabaja para una compañía inglesa que diseña ciudades en lugares como este; en él pienso, al comentar con mi esposa sobre la obvia influencia europea, y británica en lo particular —los Emiratos fueron protectorado británico hasta 1971—, en el trazado urbano y la organización en general; montones de roundabouts, los elevadores son lifts, la gasolina es petrol, los locutores de las emisoras pop con sede en Dubai tienen un sonoro acento británico, y la electricidad es de 220 volts (el transformador de viaje que compré en Amazon es una maravilla).

El viaje es rápido, y pronto arribamos a una gran zona industrial en la cual se amontonan edificaciones y estructuras con los nombres más fuertes de la industria del planeta. A nuestra derecha, sobre un elevado de concreto, corre un tren suburbano que se detiene en estaciones idénticas, de diseño elipsoidal, futurista.

Sobre la autopista, de cuatro carriles por senda, cruza un inmenso puente aun sin terminar, parte de un enorme complejo vial. Una pancarta cuelga justo en el centro, con el nombre de la compañía que allí construye, un nombre que es una transcripción fonética de los caracteres chinos que aparecen a renglón seguido.

Los chinos construyen el país. Occidente lo colma con tecnología. Filipinos, indios y pakistaníes hacen funcionar la infraestructura. Los emires pagan —se dice que solo la familia Al Nahyan, una de las seis familias gobernantes, posee una fortuna de $150.000 millones. Mientras, los emiratis, minoría privilegiada, parecieran llevar una vida muelle y bitonga.

De la bruma gris amarilla, seca, de finísima arena que flota sobre todas las cosas, en lontananza van apareciendo, como espejismos que solo pudo imaginar Ray Bradbury, los rascacielos de Dubai.

Dubai es uno de esos lugares que necesitan ser vistos en persona.

De un lado, edificios. Qué digo edificios: maravillas de la arquitectura y la creatividad. De este otro lado, la aridez del desierto. La ciudad es lujo, osadía, desafío. Una imposibilidad. Un megaoasis artificial que, a pesar de su magnificencia, se me antoja frágil ante la enormidad del desierto que la rodea.

Por primera vez encontramos tráfico de cierta intensidad.

Es sábado, último día del fin de semana, y algo pasado del mediodía. El hotel Burj Arab no me impresiona, pero la torre Burj Khalifa, neo futurista, elegante, la estructura más alta del planeta con 830 metros de altura, 163 pisos y 57 elevadores, construida con un costo de $1.500 millones, es imponente.

El GPS nos lleva a una garita con cristales de espejos que custodia la entrada al área que rodea la torre. Una voz con acento imposible crepita en una bocina y nos pregunta qué deseamos. “Visitar la torre...” Y siguieron unas instrucciones que entendimos a medias.

Después de un par de vueltas por los alrededores, y de regresar frustrados al mismo lugar, el custodio logró hacernos entender que el acceso para visitar la torre es a través del Dubai Mall, que esta entrada es para residentes de la Burj Khalifa, algunos de los cuales, como para ayudar al señor en su tortuosa explicación, pasan raudos por una senda paralela y expedita en Maseratis, Porsches, Bentleys y Ferraris.

Yo, que hago la mayoría de mis compras por internet, y que abomino de multitudes y centros comerciales, quedo deslumbrado con el Dubai Mall.

A tono con la torre, la ciudad, y el pensamiento faraónico de los emires, el Dubai Mall es el más grande del mundo, parte además de un complejo de más de mil doscientas tiendas y comercios, con un costo de $20.000 millones.

En su interior, restaurantes de todo tipo —cerrados a esta hora; ya se sabe: Ramadán—, acuarios, una librería inmensa (“Aquí te pudieras quedar a vivir...”, me dice ella), galerías, belleza, lujo, buen gusto, decoraciones fastuosas, y la inevitable multitud multiétnica en la que, de nuevo, destacan indios y chinos, tan invasivos: no rehúyen ni les importa el contacto corporal, no respetan orden en las filas, no piden permiso, empujan, atropellan blandamente.

Pero lo que más nos llama la atención es el aroma que hay todas partes. Es mirra, almizcle, sándalo; olores dulces, sabrosos. “Deben usar metros cúbicos de eso al día para lograr perfumar este lugar. Vamos, este mall es una ciudad pequeña” comento.

Entrar a la torre es fácil. Los controles de seguridad, como en un aeropuerto. Los precios, exorbitantes. Subir al observatorio más alto cuesta $100 por persona. El del piso 117 cuesta la mitad. “Con la bruma que hay, vamos a ver lo mismo desde uno que desde el otro...”.

El paisaje es desolador. De nuevo, la arquitectura de los rascacielos es despampanante, pero lo que salta a la vista —al menos a la mía—, además de que las ventanas estén absolutamente limpias y transparentes, es el desierto. Está ahí, como esperando su oportunidad para tragarse la ciudad, tal vez asombrado de la tozudez y el delirio de estos jeques visionarios.

Dubai es, en primer lugar, un milagro en medio de un desierto mortal; a pesar de su imagen de prosperidad y fuerza, debe su existencia y continuidad al generoso rescate financiero de su hermana mayor, Abu Dhabi.

Dubai es un sueño, un emblema, un megaespejismo. Hoy, es paraíso financiero, exotismo, meta de millonarios snobs, nuevos ricos y oportunistas. Mañana, sin petróleo, puede ser la ciudad más abandonada del planeta.

Pero Dubai es, sin duda, una maravilla digna de verse.

(continuará)


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