Actualizado: 23/09/2019 10:00
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Comienza la sesión

El juicio contra el asesor del vicepresidente Cheney extiende el debate sobre la manipulación informativa con fines estratégicos del gobierno de Bush.

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Manipulación informativa

La tendencia a recibir información de inteligencia que sólo es analizada por sus subordinados de mayor confianza —los que indudablemente comparten o se inclinan ante los criterios de sus jefes—, ha llevado a importantes miembros del gabinete de Bush a lanzar afirmaciones cuestionables, confiando siempre en que los ciudadanos tienen poca memoria.

La intimidación y las campañas de desprestigio han sido utilizadas para restarle valor a los argumentos del contrario y dañar su reputación. La falta de una solución visible a la situación en Irak, junto al hecho de que la prensa norteamericana ha vuelto a asumir un papel más crítico —luego de un período de ausencia de críticas a la gestión presidencial tras los ataques terroristas—, han hecho que las tergiversaciones no se olviden y algunas campañas sucias comiencen a salir a la luz.

No es casual que el mismo día en que se formularon los cargos contra Libby, el dueño de The New York Times, Arthur Sulzberger, admitió que su periódico actuó con demasiada lentitud en corregir sus informes indicando que Husein poseía armas de destrucción masiva. Tras la liberación de la periodista Judy Miller —encarcelada por negarse a divulgar que Libby era una de sus fuentes de información—, The New York Times comenzó a distanciarse de la reportera, por considerarla poco confiable y difícil de controlar. Ahora el periódico neoyorquino considera que los trabajos de Miller sobre Irak y las armas de exterminio masivo estuvieron influidos por los vínculos de ésta con la Casa Blanca.

Han transcurrido sólo nueve meses desde la toma de posesión del presidente Bush para su segundo mandato. La euforia republicana se ha evaporado. El ardor inicial de lo que fue visto como el comienzo de una era de dominio conservador —capaz de transformar para siempre a la sociedad norteamericana— yace en un montón de cenizas. La confianza en un mandatario invencible y un partido unido junto a su líder anda por el suelo. En tan corto tiempo, la victoria cacareada ha cedido el paso a los reproches. El avance con pasos de gigante a la marcha atrás. La firmeza a la vacilación. El entusiasmo a la duda. La gloria de Bush se ha hecho humo.

Falta por ver si el enjuiciamiento de Libby es el comienzo de un proceso de grandes proporciones o el principio del fin de una investigación judicial con matices políticos. La suerte del asesor presidencial Rove es el barómetro que todos miran. En el caso Watergate, tres de los miembros más cercanos a Richard Nixon —el jefe de personal, H. R. Haldeman, el secretario de Justicia, Richard Kleindienst, y el asesor de Seguridad Nacional, John Ehrlichman— lo precedieron en la caída.

Es exagerado aún hablar de "un nuevo Watergate'', como carece de fundamento decir que Irak es "otro Vietnam''. Hay, sin embargo, una lección ejemplar, que se tiende a olvidar al llegar a la Casa Blanca: gobernar con la mentira no es una buena política en un país democrático. La verdad termina por salir a la superficie, pese a los intentos por ocultarla. El engaño no paga. Un ciudadano orgulloso de vivir en esta nación debe alegrarse cuando se investigan las sospechas de una conducta errónea, queda al descubierto un farsante o se desenmascara a un demagogo. La confianza en la nación está por encima de la depositada en mandatarios, legisladores y políticos de cualquier partido.


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