Actualizado: 15/10/2019 9:25
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Portugal

'Después de mí, el diluvio'

Conversación con Fernando Dacosta, autor del libro 'Máscaras de Salazar', sobre los últimos días del dictador portugués.

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Entre septiembre de 1968, cuando sufrió una trombosis cerebral y tuvo que ser operado, hasta el 27 de septiembre de 1970, cuando falleció, el dictador portugués Antonio Oliveira Salazar pensó (o por lo menos fingió que así lo creía) que seguía siendo el presidente del Consejo de Ministros, cuando ya había sido sustituido por el profesor Marcello Caetano.

Lo afirma con lujo de detalles el historiador y escritor Fernando Dacosta, en una larga entrevista con Encuentro en la Red.

Dacosta, con apenas 20 años, era el corresponsal en Lisboa de la agencia de noticias española Europa Press. Pero su madre era amiga de la "gobernanta" del Palacio de Sao Bento, donde vivía y trabajaba Salazar. María de Jesús Caetano era el nombre de aquella mujer, quien conocía a Salazar desde su época de estudiante en la Universidad de Coimbra. Teóricamente, María era la mayordomo de la casa: daba órdenes a los otros criados, organizaba las tareas domésticas, pero en realidad era la primera dama del Estado luso.

Según Dacosta, ella tenía "una influencia tremenda" y eso se puso en evidencia cuando Salazar quedó incapacitado para gobernar, aunque tenía algunos momentos de lucidez. Durante mucho tiempo, la versión oficial acerca del hematoma que produjo un coágulo de sangre en el cerebro del dictador, era que había caído de una silla de lona en el Fuerte Sao Juliao da Barra, donde acostumbraba a descansar durante el verano, junto al río Tajo.

Dacosta descubrió que no había caído de aquella silla, que, por cierto, nunca apareció, porque la gobernanta la hizo pedazos y la lanzó al río.

"Él estaba con los periódicos en la mano, calculó que la silla estaba en su sitio normal y se lanzó. Cayó de espaldas y se dio un golpe muy fuerte en la parte posterior del cráneo. El único testigo de aquello fue el barbero, que le ayudó a levantarse. Entonces, Salazar le dijo que nadie podía enterarse de aquel incidente", cuenta el historiador luso.

Dos presidentes

La situación se complicó cuando un mes después Salazar sufrió una grave trombosis y tuvo que ser operado. Los médicos declararon que no tenía capacidad para seguir gobernando el país. Después de algunos titubeos, el entonces presidente de la República, el contralmirante Américo Thomaz, decidió nombrar como nuevo presidente del Consejo de Ministros a Marcello Caetano, un distinguido profesor universitario y ex rector de la Universidad de Lisboa, que en el largo gobierno de Salazar había sido ministro de las Colonias y de la Presidencia.

Según explicó a Encuentro en la Red el historiador, sólo dos personas se atrevían a "contradecir" a Salazar, "la gobernanta Doña María y Marcello Caetano".

Cuando asumió el gobierno, los médicos que atendían a Salazar quedaron "perplejos" ante la orden que recibieron del nuevo presidente del Consejo de Ministros: "si otro ciudadano necesita de las máquinas que mantienen con vida a Salazar, las desconectan y las usan para salvar otra vida". Pero Salazar se fue recuperando y los médicos dictaminaron que ya podía regresar a su casa.

"Entonces se produjo un insólito acontecimiento. Querían que fuese para la casa de la familia de Salazar, en Santa Comba Dao, en el centro de Portugal y a más de 200 kilómetros de Lisboa. La gobernanta montó un tremendo escándalo en el hospital y dijo que la casa de Salazar era el Palacio de Sao Bento, la sede del gobierno. Los médicos, atemorizados, llamaron entonces al presidente Thomaz y éste aceptó que regresase a la residencia que había ocupado durante casi cuatro décadas", relata el historiador.

Fue entonces, recuerda Dacosta, que se produjo uno de los episodios singulares de la vida del dictador.

"La gobernanta María recordaba que una vez Salazar le había contado que cuando Stalin estaba ya muy enfermo, y no podía gobernar, los otros miembros del Buró Político mandaban que se imprimiera un diario Pravda sólo para que él lo leyera. Entonces, ella decidió hacer lo mismo con Salazar, que seguiría siendo presidente del Consejo de Ministros", dijo Dacosta.

Antes de entregarle los diarios a Salazar, eran recortadas todas las referencias acerca de que Caetano estaba al frente del gobierno. "Eran periódicos llenos de huecos". Nunca se sabrá a ciencia cierta si el dictador luso verdaderamente creyó en la obra de teatro montada para hacerle pensar que seguía siendo el gobernante del país, o si fingía para seguir el juego.

"La gobernanta pasó entonces a citar a ministros en ejercicio, y a otros que ya habían sido sustituidos, para que se presentasen en el Palacio, por orden de Salazar. Claro que ninguno se negaba, aunque supieran que ahora las órdenes las daba Caetano", comenta Dacosta.


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