Actualizado: 21/04/2019 15:40
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El carácter del presidente y cómo predecir el rumbo de su presidencia

El libro de James D. Barber recupera su relevancia

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La personalidad de los presidentes de Estados Unidos es meticulosamente observada y estudiada porque ella en gran medida funde el quehacer diario del presidente, el carácter de su presidencia, y el rumbo de la nación en general. El libro The Presidential Character: Predicting Performance in the White House (Prentice Hall, 1992), de James D. Barber, ha sido un clásico en ese sentido. Al menos fue el primero de su tipo.

Publicado por primera vez en 1972, el objetivo primordial del libro era ayudar a los votantes a evaluar y elegir al presidente de Estados Unidos, para lo cual Barber estableció cuatro categorías o tipologías psicológicas. Ellas fueron: a) activo-positivo; b) activo-negativo; c) pasivo-positivo; d) pasivo-negativo. Barber creó esas tipologías según la personalidad de previos presidentes y con ellas intentaba predecir el comportamiento de futuros presidentes.

Para Barber, los presidentes con carácter activo-positivo disfrutan del poder, el cual utilizan para crear oportunidades favorables a sus deberes y obligaciones. Esos presidentes suelen ser flexibles, optimistas y amigables. Seguros de sí mismo, se adaptan a distintos contextos sociales y políticos. Son pragmáticos y actúan según el sentido común, pero también investigan, consultan, hacen preguntas y analizan múltiples opciones. Entre los presidentes con personalidad activa-positiva, según Barber, se destacan Thomas Jefferson, Franklin D. Roosevelt, Harry Truman, John F. Kennedy y Gerald Ford.

Los presidentes con personalidad activa-negativa tienden a ser compulsivos. Se preocupan demasiado por sus éxitos y fracasos y tienden a utilizar el poder para beneficios políticos personales. Emplean gran cantidad de energía y horas trabajando, pero lo hacen sin entusiasmo porque en el fondo no lo disfrutan. Son inseguros y pesimistas, con un estilo administrativo agresivo y rígido. Tienden a ignorar sugerencias y opiniones dadas por sus propios ayudantes y consejeros, quienes de hecho callan y/o asienten disciplinadamente por temor a la reacción del presidente. Ejemplos de presidentes activo-negativos son John Adams, Woodrow Wilson, Hebert Hoover, Abraham Lincoln, L. B Johnson y Richard Nixon.

Los casos de Johnson y Nixon son muy interesantes. Del presidente Johnson se dice (leer, por ejemplo, Groupthink in Government: A Study of Small Groups and Policy Failure de Paul Hart) que su personalidad imponente y autoritaria fue una de las causas fundamentales de la escalada de la guerra en Vietnam: sus consejeros le mentían sobre el rumbo de la guerra para evitar los regaños e insultos de Johnson. De hecho, fue Johnson quien primero aconsejó a Nixon a grabar las conversaciones en la Casa Blanca. El presidente Nixon, un hombre muy inteligente y políticamente astuto, pero con personalidad bastante enfermiza, abrazó el consejo como forma de protegerse de sus enemigos. Y bueno, esas grabaciones resultaron ser evidencias claves contra él mismo, su actividad criminal.

Por su parte, presidentes pasivo-positivos son pésimos líderes. Pocas veces dicen lo que piensan y casi nunca toman la iniciativa. Más bien esperan a que las cosas sucedan para solo entonces actuar, “hacer algo” para luego poder decir que “hicieron algo”. Son obedientes y fáciles de manipular. Son inseguros, de baja estima, y gustan de ser consentidos y admirados. Son superficiales, hipócritas, serviles, falsamente respetuosos y ridículamente optimistas. Ejemplos de pasivo-positivos son James Madison, William H. Taft, Warren G. Harding, Ronald Reagan y Bill Clinton. En efecto, Barber puso a Reagan y Clinton en la misma tipología.

Por último, los pasivo-negativos son, claro está, pasivos. No son perezosos, sino que detestan y evitan a toda costa el poder, la política, las apariciones públicas, discusiones y conflictos en general. Son hombres serios, de convicciones y principios fuertes. Obedecen las leyes, normas y valores. Son incorruptibles y tienen un sentido muy alto de la responsabilidad y el honor. Básicamente, se postulan por patriotismo y un sentido muy claro del deber, porque sienten que servir a su país es una obligación (para algunos era un llamado de Dios). Pasivo-negativos fueron Calvin Coolidge y Dwight D. Eisenhower. Sin embargo, el ejemplo clásico es George Washington, quien delegaba sus responsabilidades a Alexander Hamilton y evitaba las reuniones con su propio gabinete y las discusiones políticas. El presidente Washington pudo haberse postulado tres, cuatro, todas las veces que hubiese querido porque la Constitución estadounidense en aquel entonces no establecía un límite de postulaciones para los presidentes. Sin embargo, durante su segundo mandato reusó a postularse a pesar de que le pidieron encarecidamente que lo hiciese por una tercera vez. George Washington no aceptó porque detestaba el quehacer diario de la presidencia.

Barber murió en el año 2004, así que no pudo apreciar el carácter presidencial de Barak Obama y Donald Trump. Ciertamente, hubiese sido interesante leer la evaluación que Barber hubiera dado a esos dos presidentes, tan distintos y controversiales.

Ahora bien, puede que las tipologías presidenciales creadas por James D. Barber no merezcan mucha atención. De hecho, críticos no les faltan. De ellas se ha dicho, entre otras cosas, que carecen de rigor científico, que la conducta de los seres humanos es muy subjetiva y compleja porque depende de muchos factores y que la psicología humana es demasiado diversa como para encasillarla en cuatro tipologías. Es más, Barber mismo reconoció inmediatamente después de haber publicado su libro que su estudio era incompleto porque él, Barber, no era psicólogo sino politólogo. También consideraba que su estudio era de segunda mano porque se basaba en observaciones hechas por otros, en investigaciones previas hechas no por psicólogos sino por historiadores que escribían desde la perspectiva histórica y por periodistas que escribían con objetivos, técnicas y puntos de vistas periodísticos. Además, lo hacían cuando aún no existía la psicología comparada, cognoscitiva y de conducta entre otras.

Con los años y a medida que la psicología evolucionó y se expandió hacia otras sub-disciplinas, Barber enriqueció y actualizó sus tipologías con datos nuevos, más “confiables” y más en tono con los factores psicológicos y políticos que afectan la conducta de los presidentes en sociedades modernas, especialmente en Estados Unidos.

No obstante, y como ya dijimos, probablemente el mérito mayor de Barber es el haber iniciado un análisis académico de la presidencia de Estados Unidos desde la personalidad de los presidentes. Es cierto que antes de Barber, Richard E. Neustandt había causado mucho interés —todavía lo causa— con su libro Presidential Power and Modern Presidents: The Politics of Leadership (The Free Press, 1960), pero Neustandt enfocó su estudio solamente hacia el proceso de toma de decisiones, los poderes constitucionales de la presidencia, y cómo esos dos factores afectan el carácter de los presidentes estadounidenses. Por tanto, es justo decir que el trabajo de Barber inauguró una subdisciplina dentro la ciencia política: la psicología política.

Hoy ya tenemos una literatura vasta y diversa sobre cómo la personalidad de los presidentes estadounidenses afecta el carácter de sus presidencias. Incluso, por la importancia que la economía y política exterior de Estados Unidos tiene para el resto del mundo y la globalización, existe ya toda una literatura dedicada exclusivamente a investigar cómo la personalidad de los presidentes estadounidenses afecta la economía y política internacional.

En fin, leyendo The Presidential Character: Predicting Performance in the White House de James D. Barber aprendemos, entre otras cosas, que siempre hubo presidentes muy controversiales con personalidades muy complicadas, las cuales determinaron el carácter de esas presidencias y el rumbo de Estados Unidos en general. Es por ello que dicho libro cobra nueva relevancia ahora que un presidente con personalidad bastante volátil —y ciertamente inusual en un presidente— ocupa la Casa Blanca y dirige la nación y, en gran medida, el mundo de hoy.

Manuel Rivero de León tiene un Doctorado en Filosofía por la Universidad Internacional de la Florida. Es profesor universitario de Ciencia Política.


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