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El 'martillo' de Miami

Tormenta política en Washington: ¿Influirá la crisis de Tom DeLay en el rumbo de la política hacia La Habana?

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Aritmética electoral

Las campañas electorales que le han permitido al Partido Republicano llegar a la Casa Blanca y dominar al Congreso desde el año 2000 tienen que ver con la política, pero también con la aritmética: sumar distritos electorales diseñados con el objetivo de asegurarse la victoria, multiplicar las donaciones. Es aquí donde DeLay es un maestro. También la causa de su enjuiciamiento.

Está acusado de desviar el dinero de las corporaciones —a través de Washington— para el financiamiento de campañas políticas y lograr la redistribución de distritos electorales en Texas. Una saludable ley de ese estado prohíbe a las corporaciones hacer ese tipo de donativos, ya que considera con razón que estos no son más que un medio de influir en el gobierno.

No fue sólo la ideología —y mucho menos la ética— la responsable de que DeLay se convirtiera en el "martillo" y el "exterminador", en el Congreso y en la vida pública. Hay que tener cuidado con estos apodos, ya que no son del agrado del legislador. El primero porque pone de manifiesto la voluntad de hacer polvo al que se opone a sus dictados —algo que él y sus seguidores niegan— y el segundo por prestarse a confusiones: no es una referencia cinematográfica, apenas un recordatorio de su pasado de propietario de una compañía de fumigación.

El legislador debe gran parte de su fama a su estilo belicoso, su tono combativo y declaraciones altisonantes. Pero en los pasillos del Congreso norteamericano el líder republicano ha reinado —sigue reinando pese a haber perdido su corona de líder— gracias a su capacidad para someter voluntades y encaminar votaciones hacia los objetivos priorizados por la Casa Blanca. Y en esta labor, el dinero y el poder de otorgar cargos y fijar agendas han sido el hacha (DeLay, por supuesto, odia la hoz) y el martillo siempre al alcance de su mano.

La imagen del presidente Bush se asocia en todo el mundo a la forma de actuar del vaquero norteamericano que nos ha trasmitido el cine. Pero el verdadero cowboy de Texas es DeLay. En su amplia oficina del Congreso —la que ha tenido que abandonar, aunque conserva su asiento de representante— tenía dos látigos de cuero, que acostumbraba enseñar a los visitantes, y a chasquear para ilustrar la forma más adecuada de guiar a los legisladores de su partido.

No era el presidente de la Cámara —posición que ocupa Dennis Hastert—, pero se considera que su poder era aún mayor. El complicado proceso de mando legislativo norteamericano contempla no sólo el cargo de presidente en ambas cámaras, sino la función del whip —la palabra significa látigo en inglés y en DeLay ha encontrado su justificación mejor.

El líder o whip desempeña una función clave a la hora de decidir cuáles proyectos de ley serán discutidos y aprobados; juega un papel primordial en establecer el calendario para realizar las votaciones, coordina las audiencias, asigna los legisladores a los diversos comités e incluso influye de forma determinante en la forma en que deben votar los miembros —de ahí la referencia al látigo que guía al ganado.