Actualizado: 26/06/2019 9:43
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Venezuela, Maduro, Ayuda

En reversa: la guagua no va a parar (II)

A ciertos choferes no les importan ni los pasajeros ni los inspectores

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No basta saber, se debe también aplicar.
No es suficiente querer, se debe también hacer.
Goethe

Hace apenas un par de meses la caída del régimen venezolano era inminente. La ayuda humanitaria, una manera suave de derrumbar moralmente a la dictadura, iba a entrar “sí o sí”. Las masas ardían en la calle. Faltaba poco para marchar sobre Miraflores. La mayoría de las democracias de Europa, Latinoamérica y Norteamérica apoyaban al presidente encargado, Juan Guaidó. Incluso se decía día y noche “que todas las opciones estaban sobre la mesa”, lo cual traducido al leguaje profano era como si el Comando Sur tuviera desplegados en el Caribe sus fuerzas combativas, listas para el asalto final.

De pronto, todo empezó como a desinflarse. La “frase mágica” era “no a la intervención militar”. Comenzó a oírse en el Viejo Mundo, el mismo que por omisión o quien sabe que tibieza, ha permitido a los rusos ir a la nueva conquista de los que considera sus territorios históricos. Después el Grupo de Lima replicó el rechazo a la acción punitiva. Muchos de ellos fueron víctimas de guerrillas foráneas y de gobiernos militares represivos, y saben bien que es el totalitarismo. Por último, ha sido Estados Unidos por boca de Elliot Abrams: no hay planes de intervención militar, por ahora.

Pero quizás las primeras voces en rechazar, de plano, toda posibilidad de una coalición militar para derrocar el ilegitimo gobierno madurista vinieron desde adentro, desde la mismísima y legitima Asamblea Legislativa venezolana. Al menos, así lo han informado varios comunicadores venezolanos. Desde el punto de vista ético, es una acción justificada. Desde el ángulo practico, es un sinsentido. A Juan Guaidó le han cortado la mano derecha. Y van por la izquierda, y hasta los pies ¿Cómo quitarse de encima un gobierno que tiene todo el poder de las armas y no se esconde para decir que las usará si es necesario? ¿Estaremos otra vez en los tiempos de la Marcha de la Sal o de la Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad?

Como otros tantos articulistas han referido en estas páginas, la llamada Revolución Bolivariana es una experiencia casi única en Latinoamérica y en el mundo. No solo lo es por la forma de gestación, democrática, sino por su deriva totalitaria, incapaz de ser comprendida en toda su magnitud y complejidad por quienes no hayan vivido bajo esa férula. Escapa a la imaginación democrática cuantos recursos de todo tipo tienen esos regímenes para sobrevivir y ejercer un férreo control social a pesar —y quizás por eso mismo— de la escasez, los embargos y los “bloqueos” exteriores.

A ello debe añadirse un fenómeno aún más complicado: durante dos décadas han convergido en Venezuela los intereses de dos de las grandes potencias militares y económicas del mundo, la sobrevivencia económica de Cuba y los remanentes de las guerrillas izquierdistas y los grupos islamistas. En fin, lo que pudiéramos llamar un Aleph político: el punto donde la realidad y la ficción se tuercen, confluyen, retan toda lógica. Llegada la hora de definiciones, no se pueden sustraer de la formula liberadora; están ahí, cuentan, y acaso, influyen en el cómo y cuándo se produce el cambio.

Puede que los opositores venezolanos hayan pensado bien la fórmula de cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres. Pero para algunos analistas, aquí el orden de los factores si altera el producto. Un importante político boliviano apuntaba hace unos días que, en su opinión, siendo Juan Guaidó el presidente encargado, lo primero que debía haber hecho era nombrar un gobierno de transición, al ministro de Defensa en primer lugar. Un gobierno paralelo que asumiera las funciones del impostor. Según cuentan desde Caracas, esa opción también ha sido descartada por una fracción de la Asamblea Nacional.

Otro grupo propone celebrar elecciones “libres” como inicio de la ecuación. En este punto coinciden algunos actores internacionales, como gran parte de la Comunidad Europea y los gobiernos de México y Uruguay, de conocida postura izquierdista. El problema es cómo competir bajo las mismas reglas con las cuales el chavismo y el madurismo han timado a medio mundo durante veinte años. Parece increíble, pero es cierto. Así de tontos o pasados de listos son algunos.

Por último, lo primero: el cese de la usurpación. ¿Cómo? Las marchas no tumban tiranos. Agotan. Cansan. Desestimulan. El régimen tiene miles de bolsas CLAP y todavía millones de bolívares para premiar sus contramarchas. Ningún alto oficial va a revelarse con su tropa, como mismo no dejaron pasar la ayuda. No solo es el miedo inducido, ni la desconfianza en un gobierno de transición que promete amnistía y solo existe en intenciones. Aunque se diga que hay fracturas en el Ejército, nunca puede descartarse la ideologización de la tropa. Son dos décadas de proselitismo con símbolos muy fuertes: Bolívar, el Profeta, y Hugo, el Salvador. Cuando Diosdado y Nicolás dicen que hay miles de soldados y ciudadanos dispuestos a dar su vida por el Chavismo, créanles por favor.

Todos estos análisis y muchos más deben haberse hecho en La Habana y en Washington, ambos juntos una vez más en lo que Heráclito, y Hegel después, definirían como origen del movimiento mecánico o la conocida ley de unidad y lucha de contrarios —por cierto, un error conceptual de la filosofía marxista aplicar esta regla del movimiento de los objetos inanimados al pensamiento humano y la práctica social. Un pequeño detalle, nimio, imperceptible en este juego de ajedrez político, podría inclinar el partido hacia un solo lado. Por ahora se juegan milímetros de terreno cada día. No es la oposición con Juan Guaidó quien está ganando, pues no gobiernan. Y tampoco Nicolás Maduro y el chavismo “duro” están perdiendo porque continúan desgobernando a su aire.

La guagua que Nicolás puso en reversa no se ha detenido. Sigue su marcha, indetenible. En Cuba, como ahora parece que sucede en Caracas, el ómnibus nunca paraba donde debía porque llegaba repleto de pasajeros, apelotonados en las puertas y colgados de las ventanillas. Los más perspicaces y atléticos se colocaban unos metros antes o después, previendo que la guagua iba a parar allí. Unas veces había que correr detrás del ómnibus. Otras, bastaba adivinar las intenciones del chofer y esperar algunos metros antes de la parada.

Era una especie de “deporte” peligroso, enervante, retador. De ilusos —y perdedores— era creer que el chofer detendría la guagua delante de tanta gente. A ciertos choferes no les importan ni los pasajeros ni los inspectores. De modo que este es el consejo de los viejos y experimentados cubanos de a pie a sus hermanos venezolanos: nunca esperen que el chofer se detenga dónde debe. Hay que “adivinar” donde van a parar, correr hacia allá, y montarse a como dé lugar. La misma guagua no parará dos veces, Heráclito “dixit”.


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