Actualizado: 07/04/2020 22:06
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Rusia

Katyn

La masacre de Katyn fue parte de un genocidio destinado a privar a Polonia de sus ciudadanos más cualificados

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Hace unos meses, el 7 de abril, el primer ministro de Rusia, Vladimir Putin, y el de Polonia, Donald Tusk, honraron la memoria de los polacos asesinados en Katyn. Putin recordó en ese acto que Stalin tuvo el cinismo de decir que los oficiales ejecutados por orden suya “habían escapado a Manchuria”.

Recién iniciada la II Guerra Mundial, en la primavera de 1940, decenas de miles de polacos (se ha dado la pavorosa cifra de 21.857), entre oficiales del ejército y profesionales de diversas disciplinas, prisioneros del Ejército Rojo, fueron asesinados a tiros en la nuca en distintas localidades de la URSS, en una operación de exterminio organizada por el ministerio del Interior soviético, entonces llamado Comisariado del Pueblo para Asuntos Interiores (NKVD, siglas en ruso).

La masacre, un genocidio pensado para privar a Polonia de sus ciudadanos más cualificados, alcanzó la suma de 4.143 ejecutados solamente en el bosque ruso de Katyn (región de Smolensk), donde los verdugos al servicio del NKVD se esforzaron en disimular las fosas comunes en que apilaron los cuerpos de los victimados.

Contradiciendo el informe de la comisión internacional que en 1943 investigó la matanza de Katyn a petición del Gobierno polaco en el exilio, y a pesar de que en 1990 las autoridades rusas confirmaron la culpabilidad de la URSS, durante 70 años los comunistas no han dejado de apuntarles los muertos de Katyn a los alemanes, que fueron los que descubrieron las enormes tumbas en ese bosque cuando invadieron la URSS. Al término de la II Guerra Mundial, en el proceso seguido en Nuremberg a los cabecillas hitlerianos, el fiscal soviético consiguió que se añadiera a la lista de cargos la matanza de Katyn, pero el tribunal no llegó a juzgarla.

Cadáveres de la matanza en el bosque de KatynFoto

Cadáveres de la matanza en el bosque de Katyn.

Hace unos días, la Duma (Parlamento de Rusia) reconoció que este crimen monstruoso fue ordenado por el Gobierno soviético —o sea, por Stalin—, y lo reconoció con el único voto en contra de los diputados comunistas. El mantra, ya viejo, de los camaradas para negar la verdad, o al menos dejarla colgando de la duda, es que los documentos que la acreditan son fraudulentos, falsificaciones hechas por los nazis. No estaría mal que lo demostraran.

Por lo pronto, los documentos que se dan por falsos son los presentados por el régimen estalinista para quitarse los muertos de encima. Un párrafo de la declaración emitida por la Duma, hace pocos días, dice: “Los materiales publicados, que durante muchos años estuvieron guardados en archivos secretos, muestran no sólo la magnitud de esa terrible tragedia, sino también que el crimen de Katyn fue perpetrado por orden directa de Stalin y otros dirigentes soviéticos”. (Entre esos otros dirigentes soviéticos figura en primer lugar Lavrenti Beria, entonces Comisario del Pueblo para el tiro en la nuca, fusilado poco después del óbito de su omnímodo jefe.)

En 1989, en plena perestroika, Mijaíl Gorbachov confirmó que Katyn no es el único paraje del territorio soviético donde se perpetraron ejecuciones de prisioneros polacos ordenadas por el NKVD. Un año más tarde, Boris Yeltsin admitió oficialmente la autoría soviética de la masacre de Katyn. En 1992 se descubrieron en Jarkov (Ucrania) y a sólo cien kilómetros de Moscú más de 30 fosas comunes con polacos fusilados. Algunas casi tan grandes como las de Katyn.


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