Actualizado: 18/01/2022 16:22
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Conflicto hondureño

La debida secuencia

Promover la democracia es más que derrotar a los golpistas. La OEA debe adoptar mecanismos preventivos para evitar polarizaciones como la de Honduras.

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El golpe de Estado en Honduras ha generado un repudio internacional unánime. Todas las organizaciones regionales de las Américas, desde el Sistema de Integración Centroamericano (SICA) hasta el Grupo de Río, condenaron la asonada. La Asamblea General de las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos (OEA) fueron categóricas: el derrocamiento de Zelaya es una interrupción del orden constitucional y debe ser revertida.

La crisis hondureña demuestra que la Carta Democrática Interamericana debe mejorarse para que la OEA pueda actuar tempranamente ante alteraciones del orden constitucional. El secretario general de la OEA debe tener autoridad para mediar preventivamente o traer a la atención del Consejo Permanente disputas como la que dividió al presidente Zelaya, la Corte Suprema y el congreso hondureño, evitando que las crisis escalen.

Sin embargo, la Carta es diáfana con los golpes militares: son inaceptables. Los remedios también son explícitos. Según el artículo 20, se usarán medios diplomáticos y buenos oficios para persuadir un cambio de posición del gobierno golpista. Si no son efectivos, el artículo 21 prevé la suspensión inmediata de su participación en la OEA como respuesta mínima. Esa secuencia se siguió el pasado sábado. La Asamblea General de la OEA aplicó el artículo 21 y suspendió al gobierno golpista, haciéndolo responsable por cualquier violación de los derechos humanos, e instándolo a restaurar a Manuel Zelaya, el único presidente constitucional hondureño.

La cuarta urna y el golpe de Estado

A propósito de la crisis hondureña de los últimos días, algunos comentaristas se empeñan en justificar el golpe de Estado y recomendar al presidente Obama una complicidad con los golpistas.

En el The Wall Street Journal, Mary Anastasia O'Grady afirmó que los militares que madrugaron a Zelaya el domingo y amenazaron matarlo si usaba el celular son los verdaderos demócratas. O'Grady debería leer al coronel golpista Herbert Inestroza explicar cómo la cúpula castrense decidió por cuenta propia expulsar al presidente Zelaya. Los militares hondureños que derrotaron la subversión en los años ochenta —dijo Inestroza— no pueden vivir bajo un gobierno de izquierda. O'Grady necesita un maestro Zen para explicar cómo esa lógica es compatible con la democracia representativa donde los militares no tienen autoridad para vetar presidentes ni orientaciones ideológicas.

Carlos Alberto Montaner escribió en El Nuevo Herald que en Honduras no hubo "exactamente un golpe". La tanqueta en el palacio presidencial y los militares en el aeropuerto son decoración. Este domingo asesinaron a partidarios del presidente depuesto. Quizás Montaner pueda explicar por qué los militares falsificaron una carta de renuncia de Zelaya si estaban actuando por mandato constitucional. Huele a cuartelazo, camina como cuartelazo, suena como cuartelazo. Es…

Para justificar su complicidad, Montaner estrenó la tesis del "golpe de Estado humanitario a posteriori". Según esa lógica, el golpe debe respetarse para evitar "un baño de sangre", una frase usada primero por Hugo Chávez en su programa Aló presidente. Los argumentos sobre la pasión de los partidarios u oponentes del golpe son irrelevantes a su constitucionalidad. Zelaya Rosales fue electo por un período presidencial que termina en enero de 2010. Salvo que sea relevado de su cargo por medios constitucionales, debe terminarlo. Ni un día más, ni un día menos.

Quienes argumentan a favor del golpe apuntan a Zelaya como responsable del golpe por forzar su reelección a través de un referéndum. Esa historia tiene demasiados huecos. Tienen razón en rechazar la reelección presidencial, especialmente la indefinida. Amplifica el caudillismo y la corrupción. En México, el país latinoamericano que ha mantenido la no reelección de modo más consistente desde 1917, opiniones mayoritarias la consideran la mayor conquista de la revolución, por encima de la nacionalización petrolera y la reforma agraria. No es casualidad. En Cuba, con gobierno comunista o no, sería necesario adoptarla.

Sin embargo, los argumentos pro golpistas ocultan un golpe de Estado concreto con el dilema potencial de la cuarta urna. Primero, las boletas del referendo no tenían referencia alguna a la reelección presidencial. Preguntaban, en una consulta no vinculante sobre la pertinencia de convocar una constituyente, sin cambiar ninguna ley. Zelaya aclaró en la ONU que la reelección es imposible en Honduras, y que si fuera parte de la reforma constitucional, beneficiaría sólo a sus sucesores. La boleta no decía lo que sus detractores afirman.

Segundo, si Zelaya ignoró el balance de los poderes del Estado, esa es una cuestión a resolver legalmente. Nada en la constitución hondureña autoriza la remoción militar del presidente, no importa cuál sea la opinión de las iglesias cristianas, los partidos tradicionales, el congreso y la corte suprema. Si el presidente cometió —como afirman sus oponentes— dieciocho delitos, lo constitucional es juzgarlo, no deportarlo a Costa Rica, reprimiendo a sus partidarios.

Tercero, si Zelaya era un presidente impopular, a fin de mandato, el golpe de Estado demuestra que estupidez con iniciativa es una mezcla fatal. El golpe en este Estado pequeño es óptimo para que la OEA aplique la carta democrática interamericana y demuestre a coroneles como Ineztrosa que la hora de los sables acabó. Zelaya se transformó de presidente impopular en víctima de un golpe.

El Cuarto poder

En su último libro, el ex senador Gary Hart ha resaltado la importancia para Estados Unidos de lo que llama "el cuarto poder", definido en torno a los principios democráticos norteamericanos. Según Hart, Estados Unidos se debilita cuando, siguiendo objetivos cortoplacistas, respalda violaciones de las libertades constitucionales, la democracia representativa y otros valores que lo hacen atractivo a nivel mundial.

Desde esa lógica, el presidente Obama no ha seguido la propuesta autodestructiva de los defensores del golpe, la de ser demócratas martes y jueves, y apoyar a golpistas lunes, miércoles y viernes. Obama ha reiterado que las democracias se fortalecen al actuar en coherencia con lo que predican. Esa política, a diferencia del apoyo de Bush al golpe contra Chávez en 2002, perjudicial a la reputación norteamericana en las Américas, promueve los valores estadounidenses y refuerza su "cuarto poder".

En Honduras, la Casa Blanca ha negado categóricamente cualquier vínculo con el golpe, reforzando esfuerzos multilaterales en la OEA para restaurar la constitucionalidad. El embajador estadounidense en Honduras, el cubanoamericano Hugo Llorens, ha dicho que Estados Unidos sólo reconoce a Zelaya como presidente. Sin el apoyo norteamericano, los golpistas se complican cada día más, derogando garantías constitucionales, atacando a la prensa nacional y extranjera, y usando gases lacrimógenos y camiones de agua contra el pueblo. Por último, se han ido de la OEA, anticipando que los iban a separar, y han asesinado a por lo menos una persona en el aeropuerto de Tegucigalpa.

Promover la democracia es más que derrotar a los golpistas. La OEA debe adoptar mecanismos preventivos para evitar polarizaciones como la hondureña. Los referéndum no son sustitutos de la búsqueda de consensos y compromisos a través de las instituciones y la separación de poderes. Como ha dicho el presidente de Brasil, Lula Da Silva, la democracia participativa debe complementar, no socavar la representativa.

Pero todo a su tiempo. Lo primero es restaurar al presidente de Honduras con el cual ese diálogo es legítimo, Manuel Zelaya Rosales. Es la debida secuencia.


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