Actualizado: 20/01/2022 14:54
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Conflicto en Sudamérica

La diplomacia del merengue

La Cumbre del Grupo de Río concluyó de la mejor forma posible, pero las heridas del enfrentamiento Bogotá-Quito-Caracas han cerrado en falso.

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La XX Cumbre del Grupo de Río concluyó de la mejor forma imaginable. Más allá de los resquemores que quedaron latentes, y la cara ácida del presidente ecuatoriano Rafael Correa, los apretones de mano y los aplausos acercaron momentáneamente la distancia entre los protagonistas.

Pero si se habla de protagonistas, tres tuvo sin duda la Cumbre: Álvaro Uribe, presidente de Colombia; Rafael Correa y el mediador Leonel Fernández, mandatario del país sede, República Dominicana, y presidente pro témpore del Grupo. Al término de la reunión, el cargo pasó al presidente mexicano.

El infaltable

Hugo Chávez no logró esta vez monopolizar las luces y cámaras de televisión, algo a lo que es afecto de manera casi enfermiza. Tampoco, es cierto, contribuyó a incendiar los ánimos y subrayó que "es tiempo de reflexiones y acciones. Paremos esto", dijo, siguiendo la opinión generalizada.

El ex golpista venezolano, como parte de su intervención, presentó un vídeo donde se ofrecen pruebas de vida de seis rehenes de las FARC, e hizo entrar al recinto de la cancillería dominicana a la madre de Ingrid Betancourt y a la senadora de la oposición colombiana Piedad Córdoba.

Sobre esta última olvidó decir que es la única entre los 102 miembros de la Cámara Alta colombiana —y seguramente entre los patriotas en su país— que exhortó en una ocasión a "los gobiernos progresistas de América Latina" a "romper relaciones diplomáticas con Colombia".

Leonel Fernández tuvo oportunidad de lucirse como mediador y diplomático, lo que sin duda le ganó puntos hacia su reelección en mayo venidero.

La ecuanimidad de Fernández calmó los ánimos en un tema muy complejo y al que ningún analista imaginó tan rápida resolución, al menos en las controversias principales, es decir, desestimación de la guerra y retorno a sus labores de los embajadores de Caracas y Managua en Bogotá. Según Correa, sin embargo, la normalización "tomará algún tiempo".

Uribe y Daniel Ortega, por su parte, acordaron, en esencia, esperar a que La Haya decida sobre el diferendo nicaragüense-colombiano en torno al meridiano 82.

La OEA resucita, pero Castro la ataca

El secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, a quien Fidel Castro llamó "bobito" y Chávez "insulso" algún tiempo atrás, mostró liderazgo para maniobrar y ayudar a destensar el clima enrarecido.

La presidenta chilena, Michelle Bachelet, indicó su labor como "central", pero Castro, en otra de sus incursiones en Granma, menoscabó la labor de la OEA y afirmó que el único perdedor era Estados Unidos. Pero, ¿por qué perdió? Castro no lo dice. Quizá sea por la edad, quizá por la brevedad del texto, pero si Castro comienza a plantear conclusiones sin mostrar fundamentos perderá hasta los pocos lectores que le van quedando: aquellos que lo leen para contradecirlo.

Mientras se alistaba la Cumbre, Insulza se vio obligado a responder a Correa, que pretendía condena y sanción contra Uribe en la organización continental. El ex jefe de gabinete de Ricardo Lagos dijo que "los organismos multilaterales no son para que un país le gane por nocaut a otro, sino para conciliar posiciones".

Una comisión diplomática de la OEA reunirá información sobre la crisis y la remitirá a los cancilleres de la región, con lo que cumplirá el mandato de su Consejo Permanente.

En un ataque reciente de Castro contra la OEA, la sableó de "corrupta, putrefacta y maloliente". Son adjetivos que muchos lanzan hoy contra las FARC, pero Castro prefiere destinarlos a la OEA y negarse a llamar terrorista a dicha banda.

Éticamente hablando, espacio de sobra hay aquí para la crítica. Por ejemplo, el mismo vocero internacional de las FARC, Raúl Reyes —muerto en territorio ecuatoriano a manos del ejército de Colombia—, en enero pasado se trasladó clandestinamente a Bucarest, con pasaporte venezolano, en busca de uranio.

Su propósito era preparar una "bomba sucia", es decir, sumamente letal pero sin el impacto de una explosión de kilotones, corroboraron agentes del servicio secreto del Reino Unido y un experto del Centro Británico de Energía Atómica.

Escasa moral y mucha crueldad

Todavía no concluía la Cumbre, cuando se amontonaron detalles sobre la red secreta internacional que apoya a las FARC, con células en países como México, Chile, Ecuador, Venezuela y Perú.

En el contexto de la reunión se supo del asesinato, por su lugarteniente, del miembro del secretariado de las FARC, Iván Ríos, otro alias por supuesto. Los pormenores del caso descubren la degradación moral de la narcoguerrilla y el nivel de crueldad con que actúa.

Como prueba de la debilidad de las FARC, el diario colombiano El Tiempo recuerda que entre junio de 2007 y marzo del presente año han muerto siete líderes de las FARC, en tanto, "por estrategia de pago de recompensas ha aumentado la entrega de información sobre jefes", suscribe el rotativo.

"El año pasado fueron casi cien mandos los que se entregaron cansados de la guerra", y reitera El Tiempo que muchos en las FARC han sido "tentados por las millonarias recompensas".

Uribe riposta

El más lúcido y firme actor en la Cumbre fue sin duda Álvaro Uribe. En los primeros momentos de la reunión parecía acorralado, atacado sin piedad por quienes el ex presidente colombiano Ernesto Samper calificó de "sindicato bolivariano", que se sostiene gracias a las "petrosimpatías" de Chávez.

Haciendo uso de su experiencia como gobernador, senador y presidente, Uribe se excusó, una vez más, por su incursión militar en territorio ecuatoriano, pero pareó la soberanía territorial con la salvaguarda de la soberanía humana, es decir, el derecho universal a la vida que viola las FARC. Y se transformó en franco acusador cuando señaló las decenas de veces en que los narcoterroristas han atacado Colombia después de esconderse detrás de fronteras vecinas.

Además de recordar la base democrática de la política colombiana, logró un compromiso integral de todos los países contra grupos criminales e involucrados en el narcotráfico, como se consignó en la declaración final, aunque sin aludir a las FARC. De igual manera, se desestimaron los intentos del "sindicato bolivariano" de otorgar categoría de beligerante a dicha banda.

Los colombianos atendieron el desarrollo de la Cumbre con la masividad de un partido de fútbol. En tanto, el corresponsal chileno de ADN Radio, Cristian Herren, recogía opiniones populares que en general expresaban que Uribe "fue muy sensato, muy centrado, y lo bueno es que no responde los insultos de Chávez y Correa". La actuación del mandatario acrecentó la ya elevada aceptación que goza en su país, algo que incluso sugirió, inadvertidamente, Correa.

La situación geoestratégica, sin embargo, enseña más de una coordenada que, por supuesto, no acaba con la Cumbre. Si es verdad que Uribe debilitó y puso a la defensiva el narcoterrorismo, prestigió el ejército y avanzó en el terreno económico, también debe cuidar, con la más exquisita diplomacia, sus vínculos con sus vecinos, y en especial con Chávez.

Aunque este tenga gran parte de la responsabilidad por lo áspero de la relación bilateral, la estructura económica colombiana depende en considerable medida del mercado de Venezuela, y ya Chávez amenazó a Colombia con nacionalizar empresas. Además, el discípulo de Castro posee los recursos para fortalecer las bandas armadas, brindarles refugio so pretexto de no poder cuidar los lindes territoriales y de algún modo desestabilizar Colombia.

Un país en tal circunstancia, en fin, debe afinar al máximo su diplomacia, pues no puede alcanzar sus difíciles objetivos internos en riñas constantes con sus vecinos, aunque sean estos quienes, en el fondo, las provoquen. Uribe ganó su pelea en la XX Cumbre de Río, pero, paradójicamente, debe evitar, casi a toda costa, un regreso a este campo batalla.


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