Actualizado: 27/01/2022 17:36
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Conflicto en el Cáucaso

Más allá de la guerra fría

La hostilidad entre Rusia y Georgia, ¿un episodio pasajero o el inicio de una época más difícil para el mundo?

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Mientras se viene insistiendo, tras la entrada de las tropas rusas en Georgia, sobre un retorno a la época de la guerra fría, la posible situación que se avecina es mucho más compleja, al punto que en un futuro algunos analistas y políticos mirarán con añoranza los tiempos pasados, en que las dos superpotencias definían su conflicto en términos de hegemonía mundial, zonas de influencia y una disparatada carrera armamentista.

Mientras que de momento no parece existir el peligro de que la confrontación entre Estados Unidos y Rusia —o en un sentido general, entre Occidente y Rusia— escale al punto de una amenaza de destrucción masiva del planeta, lo que sin duda ha demostrado Moscú es estar dispuesta a imponer sus puntos de vista, en lo que considera la salvaguarda de sus intereses y el reconocimiento de su papel como potencia de primer orden, sin detenerse en consideraciones ante las consecuencias, ya que sabe que la capacidad de acción de Washington es extremadamente limitada.

Dicho de forma rápida: en estos momentos la Casa Blanca tiene más que perder que el Kremlin, y una Rusia renacida, en gran parte gracias a su riqueza petrolera y un gobierno fuerte, sabe que puede obstaculizar más de una jugada norteamericana, tanto en el terreno político como el económico.

En este sentido, es posible que en las próximas semanas y meses el mundo sea testigo no de un aumento del enfrentamiento entre dos países poderosos, sino de un acomodo de estrategias donde —y pese al rango de superpotencia única— Estados Unidos tendrá que echar a un lado la política de imponer criterios que ha caracterizado los ocho años de gobierno de George W. Bush.

De aliado a factor de riesgo

La Casa Blanca tendrá que iniciar una reevaluación de objetivos, que le permita lidiar con éxito frente a una nación que hasta ayer, con ingenuidad, desconocimiento y prepotencia, consideraba una aliada y es ahora, más que un enemigo, un factor de riesgo y cautela, capaz de mostrar un comportamiento agresivo cuando lo considera necesario, sin dejar por ello de ser un socio útil en otras ocasiones.

Para expresarlo con palabras a la moda: el Kremlin ha pasado de una relativa disidencia, mayormente verbal, a una oposición manifiesta, lo suficientemente poderosa para entrar en facción sin mediar declaraciones. Para complicarle aún más las cosas a Bush —y sobre todo al próximo presidente norteamericano—, Washington no se enfrenta a un bravucón al estilo de Chávez, sino a un político taimado como Putin, para el que la verdad y los compromisos verbales no son más que papel mojado.

Curioso que esto ocurra en las postrimerías de un gobierno que creyó que los nuevos desafíos a su poderío se limitaban fundamentalmente a la amenaza del fundamentalismo islámico y al peligro de una banda de terroristas desalmados. Significativo además que la situación ocurra con la presencia en el gabinete, en la función clave de la dirección diplomática, de la figura mejor capacitada, dada su formación, para enfrentar el problema: la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, una experta en la cultura, la historia y la política —incluso con conocimiento del idioma— de la nación que de pronto ha convertido lo que parecían unos meses apacibles, de final de período presidencial de Bush, en una etapa definitoria para la situación que va a enfrentar el próximo gobierno.

Un hombre 'de fiar'

¿Cuánto hay de error político en la estrategia que hasta hace poco parecía la más adecuada en el trato con Moscú? Mucho, si se recuerda aquella conferencia de prensa del año 2001, ofrecida en el Kremlin por el entonces presidente de Rusia, Vladimir Putin, y el flamante presidente Bush. Ante reporteros norteamericanos, Bush hizo una declaración apresurada: que el ex espía de la KGB era un hombre "de fiar", a partir del criterio ridículo de que le había bastado con mirar a los ojos a su interlocutor.

Con anterioridad a esa reunión, durante la cumbre de Eslovenia, Putin había advertido contra la puesta en marcha unilateral de un escudo antimisiles. Pero en aquella primera ocasión sus palabras habían sido sorpresivamente moderadas. El mandatario ruso se había permitido darle un espaldarazo tácito a la propuesta de Bush de una nueva estrategia de seguridad post-guerra fría.

Pero durante el encuentro en el Kremlin, el líder de lo que ya entonces avanzaba rumbo a convertirse en una nueva Rusia, había enfatizado que si bien confiaba en la promesa del gobernante norteamericano (de que Washington y Moscú colaborarían para encontrar un espacio común dentro de las ramificaciones de la visión estratégica de la Casa Blanca —que por supuesto comprendía la creación del escudo antimisiles—), Rusia se encontraba muy alerta ante cualquier acción unilateral por parte de los norteamericanos.

Lo que ocurrió tras el encuentro es de sobra conocido, desde los ataques terroristas del 11 de septiembre del mismo año, la llamada "guerra contra el terrorismo" y las invasiones a Afganistán e Irak, hasta la persistencia de la Casa Blanca en fundamentar su política exterior de acuerdo con los criterios aislacionistas proclamados por los extremistas de la ultraderecha republicana.

Por otra parte, para Putin, las prioridades eran otras: necesitaba recobrar para su país el orgullo perdido —doblemente mancillado teniendo en cuenta el mesianismo ruso.

Lo mejor es no aislar a Rusia

Ahora, Washington y el mundo saben que a Estados Unidos no le resulta tan fácil imponer el dominio militar, como ha demostrado Irak, no porque no puedan vencer militarmente en una confrontación abierta con un ejercito, sino por las consecuencias de una campaña de hostigamiento continua y las dificultades para lograr la estabilidad en una región; pese a los avances en la seguridad en Irak y los retrocesos en el control de la situación en Afganistán, factores ambos de un mismo problema.

Rusia, por su parte, ha mejorado su situación económica y se ha beneficiado con los altos precios del crudo. Siete años más tarde de aquel encuentro en el Kremlin, puede afirmarse que Putin ha logrado sus objetivos en un porcentaje mucho mayor que Bush.

Sin embargo, las consecuencias de este reordenamiento de factores no pueden medirse sólo en términos bélicos y de definición de zonas de influencia. Rusia tiene quizá su lado más flaco en el frente económico. El principal indicador bursátil ruso cayó abruptamente en días recientes, lo que ha significado una pérdida de unos $11 mil millones a los inversionistas nacionales, muchos de ellos con lazos estrechos con el círculo inmediato de poder de Putin, ahora primer ministro pero en realidad con las riendas del mando en sus manos.

Lo más conveniente en este sentido —a diferencia de lo que propone el virtual candidato republicano a la presidencia, John McCain— es no tomar acción alguna para alejar a Rusia del Grupo de los Ocho, que agrupa a las principales potencias mundiales.

Colaboración en peligro

Tampoco es probable que al Kremlin le interese que Irán desarrolle armas nucleares y, por el momento, seguramente continuará apoyando pasivamente a las fuerzas de la OTAN que combaten a los talibanes en Afganistán. Pero en otros frentes, como la venta de armas y el acercamiento a naciones hostiles a Estados Unidos, lo más probable es que Moscú intensifique sus acciones.

En este sentido, de pronto adquiere una mayor importancia no sólo la relación con el gobierno de La Habana, sino especialmente con el presidente venezolano Hugo Chávez, quien ha estado comprando cantidades sustanciales de armamento en Rusia.

De igual forma, es muy posible que se afecte la colaboración rusa en la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, así como que Moscú adopte más posiciones contrarias a Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Nuevas dudas también han surgido sobre hasta cuándo y dónde continuarán vigentes los tratados de control y verificación de armas nucleares, firmados por la Casa Blanca y el Kremlin.

A estas alturas, pocas esperanzas quedan de que el conflicto bélico en Georgia sea apenas un episodio pasajero, y no el inicio de una época más difícil. Falta por ver los resultados para las diversas piezas en este complejo tablero, donde La Habana no es aún siquiera un peón, pero quizá no por mucho tiempo.


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