Actualizado: 27/01/2022 17:36
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¿Otra vez Moscú?

El fortalecimiento de las relaciones bilaterales no significará un determinismo ruso sobre la Isla.

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El último número de la revista Encuentro de la Cultura Cubana (48/49-primavera/verano) trae un ensayo de Rafael Rojas, "Souvenirs de un Caribe soviético", que vale la pena leer con detenimiento, no sólo por su carácter abarcador y la profundidad del análisis, sino por la importancia que el tema comienza a cobrar en la actualidad, y que se deriva de acontecimientos internacionales aún no existentes en el momento de elaboración del texto.

Rojas habla del alcance de la influencia soviética en su mayor esplendor dentro de la relación metrópoli-colonia que en un momento logró establecer en la Isla, las limitaciones impuestas por el gobierno de La Habana cuando esta posible influencia tuvo la posibilidad de tornarse peligrosa, debido a las transformaciones que estaban ocurriendo en la ahora desaparecida Unión Soviética y, por último —y creo que este punto resulta el de mayor interés para el autor—, la posible permanencia o huella de esta influencia en la cultura cubana en general y, en particular, en las nuevas generaciones de intelectuales cubanos, ya sea en la Isla o en el exterior.

Como apunta Rojas, en las nuevas generaciones de escritores cubanos, y por una lógica que no admite otra posibilidad, hasta el momento el alcance se ha traducido en una referencia hacia lo ruso y lo eslavo en general que supera el momento histórico soviético para volver a los fundamentos de esta cultura. En este sentido, si algo tienen que agradecerle estos autores a la revolución cubana y a la penetración soviética en la Isla es una formación que le brindó el acceso al idioma y a la vida en un país que de otra forma no hubieran conocido.

Asesores ficticios

Pero, por otra parte, hay un elemento que señala Rojas que voy a comentar, aunque sea desde una limitada experiencia personal y anecdótica. De acuerdo con Souvenirs de un Caribe soviético, durante el período comprendido, aproximadamente, entre 1971 y 1992, "en casi todos los ministerios cubanos se creó la oficina del asesor soviético".

Fue precisamente a mediados de ese período en que, recién graduado de la Universidad de La Habana, y trabajando como investigador sociológico, estuve en contacto con una de esas llamadas "oficinas", por supuesto que como subordinado de baja categoría, en el Ministerio del Trabajo, donde los asesores soviéticos se contaban por decenas y llegaban puntualmente todos las mañanas. Eran trasladados en ómnibus especiales, desde sus apartamentos en un edificio reservado para ellos, para "asesorar" a los cubanos en los más diversos aspectos, desde la elaboración de leyes hasta el diseño de investigaciones.

Si pongo las comillas a la labor de asesoramiento no es con el interés de ser irónico, sino para enfatizar que ese objetivo nunca se cumplió. Los factores que llevaban a ese incumplimiento eran diversos y muchos tuvieron que ver con las características de la sociedad y el modelo cubano, e incluso nuestra idiosincrasia; pero fundamentalmente con el hecho de que existía una voluntad, por parte de los centros de poder, tanto en el ministerio en que laboraba como en otros organismos dedicados exclusivamente a la investigación, como la Academia de Ciencias, de escuchar con una paciencia y fraternidad socialista —que en muchos casos desembocaba en una actitud lacaya por parte de nuestros superiores cubanos— absolutas, para luego entregarse a un no hacer nada.

Nuestros hermanos soviéticos debieron juzgar el "no hacer nada" como pereza tropical, pero en realidad consistía en no permitir a los asesores tanto el acceso a importantes datos económicos como a una mayor influencia.

Investigaciones sobre la estructura de la fuerza laboral y sus características socioeconómicas fueron dilatadas por años (al menos nada se hizo en los tres años que trabajé allí, y tampoco posteriormente, según luego me contaron ex compañeros), debido al objetivo concreto, que comprendí mucho después, de aprovecharse de la ayuda económica que brindaban los soviéticos, pero al mismo tiempo impedir o dilatar lo más posible su penetración en la Isla.

Ello explica en buena medida el alcance temporal que tuvieron los esfuerzos de la URSS por alcanzar una mayor dominación ideológica y política en Cuba, y como resultara fácil posteriormente enfatizar el carácter autonómico y único del proceso cubano y emprender el camino de un nacionalismo renovado (algo en lo que el gobierno de la Isla se adelanta a lo que en la actualidad hacen los de China y Rusia).

La Habana se ofrece

Vale la pena tener en cuenta este aspecto en estos días, en que vemos que el gobierno cubano demuestra un evidente entusiasmo por formular declaraciones de apoyo a la invasión rusa a Georgia, así como una "reflexión" reciente de Fidel Castro en la que promulgaba no sólo una Cuba independiente que "no tiene que dar explicaciones a nadie", sino veladamente dispuesta a cualquier acción que juzgara adecuada a sus conveniencias, cuando surgió el rumor, luego desmentido, de la posibilidad de establecer una estación para el abastecimiento de los aviones estratégicos rusos en la Isla.

De mayor importancia aún es analizar con un mínimo de rigor histórico la posición pasada y presente de La Habana, respecto a las respectivas URSS y Rusia, sobre todo ahora que en Miami se comienza a hablar de un resurgimiento de la guerra fría, como si una falta elemental de agudeza pudiera suplirse con imponer las viejas categorías a los acontecimientos nuevos.

Ni asistimos al renacimiento de la guerra fría, ni un fortalecimiento de las relaciones entre Moscú y La Habana significará un determinismo ruso sobre Cuba (donde, por cierto, ya no hay socialismo).

Ello no quiere decir que la actual coyuntura internacional pueda resultar beneficiosa para la Plaza de la Revolución, por ello la premura en dejarlo bien claro, pero tanto de cara a Moscú como de Washington. Mientras que Rusia, a la manera tradicional de esa nación grande, continúa construyendo sus relaciones y antagonismos no a golpe de cincel, como hacen la mayoría de los países occidentales, sino de mandarria, La Habana sólo está diciendo que la Isla continúa siendo importante, tanto a unos como a otros.

Es en determinar el valor relativo de esta importancia, por parte de Washington, donde radica en buena medida la importancia de las declaraciones cubanas. Por lo pronto, La Habana seguirá ofreciéndole a Moscú una carta más para el juego. Una carta que además puede venir acompañada del comodín que representa Chávez. El Kremlin no se ha decidido a tomarla, pero ha comenzado a dirigirle más de una mirada.


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Fuerzas rusas chequean una zona cercana a la ciudad de Gori, en Georgia, el lunes 18 de agosto de 2008. (AP)Foto

Fuerzas rusas chequean una zona cercana a la ciudad de Gori, en Georgia, el lunes 18 de agosto de 2008. (AP)

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Souvenirs de un Caribe soviético

Rafael Rojas

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