Actualizado: 17/08/2018 22:24
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México: entre una novela de Yáñez y un cuento del Gabo (I)

Artículo en dos partes. La segunda parte aparecerá mañana viernes

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La pared

Se acaban de cumplir 70 años el pasado 2017 cuando Agustín Yáñez publicara su novela Al filo del agua, donde daba cuenta del estado mental ambiental de México entre la cuaresma y el mes de noviembre de 1910, en la antesala de lo que después se llamó la Revolución Mexicana. Las circunstancias que formaron entonces la visión del escritor jalisciense, recuerdan en mucho a las actuales.

En este año 2018 que apenas inicia, México enfrenta una de las peores situaciones a través de su milenaria y compleja existencia. Hoy, múltiples factores se acumulan para formar una peligrosa “tormenta perfecta”, como la llamó recientemente Jorge G. Castañeda, en cualquier dirección que se miren los acontecimientos. Por así decirlo, México se encuentra, una vez más en su accidentada e intensa historia, entre la espada y la pared.

Advierto de entrada que es imposible, en las pocas páginas de un artículo (o varios), resumir la rica multiplicidad de sucesos y personajes que han formado la historia mexicana del último siglo, y sólo enfilaré algunas notas muy sintéticas.

Hoy el país padece una zozobra equivalente —aunque no idéntica, pues son otros los factores que inciden— al umbral prerrevolucionario de principios del siglo pasado. No es algo nuevo: ya desde antes, en 1519, fueron muchos los “presagios” que convencieron a los dominantes aztecas que su ciclo había terminado, cuando se cumplieron las viejas profecías y aparecieron aquellos extraños hombres blancos y barbados.

Y es que, en México, país con un intenso pensamiento escatológico (México mágico, dijo un bien entendido en esdrújulas), las premoniciones suelen ocurrir con pasmosa circularidad, ya sea en 1521 (la Conquista), o en 1821 (la Independencia) a 300 años exactos de distancia. En 2010, a doscientos años del inicio de la guerra de Independencia y cien de la Revolución, muchos esperaban —y así quedó publicado en múltiples ocasiones— que comenzara una nueva gesta… Pero, aunque finalmente nada ocurrió, subsistió una profecía flotante.

Un dato nada despreciable para quizá también tener en cuenta, es que México es una potencia en la producción y consumo de telenovelas para el mercado internacional. El pensamiento mágico en México es una realidad evidente y multiforme y las telenovelas son sustancia y expresión de esto.

Circunstancias actuales que influyen en la situación mexicana apuntan a que, en lo externo, la política del presidente de Estados Unidos Donald Trump, afectará (ya lo está afectando) de varias formas a México: la reiterada disposición para terminar de construir el muro divisorio en su frontera, la previsible cancelación del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLC-NAFTA), la reciente reforma fiscal que seguramente dañará las inversiones norteamericanas y la estabilidad del peso mexicano, y el reforzamiento de los controles para impedir al máximo la inmigración ilegal, también se vinculan con el mantenimiento del principio constitucional estadounidense de la venta libre de armas de alto poder, y el consumo de drogas en progresivo aumento en el país vecino.

Los hechos probados indican que las mismas mafias del narcotráfico mueven hacia un lado grandes cantidades de droga y regresan con ingentes lotes de armamento muy letal, que sirve para sostener la terrible matanza que ocurre en México cotidianamente.

Si el muro divisorio finalmente sirve para detener este doble flujo, bienvenido pues. Aunque lo dudo. Si algo han demostrado los hechos, es la inagotable capacidad de invención de los delincuentes para sortear todas las barreras en uno u otro sentido, en las condiciones actuales del enfrentamiento, pues al mismo tiempo que se manifiesta una corrupción alarmante de las autoridades —y no sólo del lado mexicano— también se está sujeto a los procedimientos legales y los estándares establecidos por un mundo con activa presencia de defensores de los derechos humanos, donde aún no resulta bien precisa —al menos para mí— la definición de ambos términos: ¿hasta dónde los “derechos”? y ¿hasta qué punto “humanos”? Pero eso sería materia de otro artículo, y quizá origen de una inacabable polémica.

Canadá, el otro socio del trío, contempla desde cierta saludable distancia la conflictiva situación, pero no puede hacer mucho de forma efectiva por México, más allá de las declaraciones políticas, pues también será afectado, de una u otra manera. Al menos, como cierto paliativo, México ha procurado desde hace años, y ahora lo ha incentivado, la creación de otros mercados potenciales, entre ellos los del Extremo Oriente, para lo cual ha reforzado su actividad en el Acuerdo Comercial Trans-Pacífico, del que Estados Unidos apenas se separó, dejando a Japón como líder del grupo. Pero, de todos modos, el golpe será fuerte, aunque sea asimilado.

La economía mexicana, por su parte, con el apoyo de una clase empresarial activa y progresiva, concentrada sobre todo en el norte del país, también se ha diversificado, dejando de ser el petróleo la fuente principal y casi única de sus ingresos como lo fue hasta no hace mucho tiempo. El bienestar relativo de esta región norteña aún no se ha expandido hacia el sur del país, todavía con gran marginación y desigualdades, de tal suerte que parecen coexistir, al menos, dos países distintos en México. De hecho, en las redes sociales hace tiempo circula un proyecto separatista que es casi tan antiguo como el de los catalanes. A pesar de los lamentos y las quejas que nunca faltan de sectores interesados, la economía mexicana está hoy mucho más estable y controlada que en los terribles años 70 y 80, la inflación se mantiene en promedios bastante aceptables, pero el país no crece en la medida de los pronósticos, y la deuda pública se ha multiplicado alarmantemente por el gasto del gobierno actual.

En el plano interno, el Gobierno mexicano combate al mismo tiempo en varios frentes: un generalizado descrédito de todos los políticos (animado poderosamente por los medios tradicionales y los más modernos), una angustiosa situación de inseguridad en la percepción de grandes grupos, una creciente violencia de los grupos criminales enfrentados entre ellos y contra las fuerzas del orden, y una lucha feroz de los partidos políticos de oposición, que aprovechan cualquier tropiezo, real, imaginado o fabricado, del gobernante, para minar su autoridad y, de paso, la credibilidad de las instituciones democráticas.

La voracidad sin límite de los políticos mexicanos, atenidos sólo a sus metas partidistas y ambiciones personales, y su irresponsabilidad carente de sentido común y menos aún de un cierto compromiso patriótico, encierran al Gobierno en un escenario de desconfianza, negatividad y carencia de diálogo siquiera medianamente constructivo. Tanto en el Palacio Legislativo como en la Cámara de Senadores, incrustado en un enorme muro frontal con grandes letras de oro, es inevitable ver un glorioso lema que dice: “La Patria es primero” … Pero, al parecer, nadie lo lee. El descrédito de los políticos hoy es clamoroso.

El Gobierno mexicano, por su parte, también ha contribuido decisivamente a este clima, pues además de una insuficiente disposición al diálogo y la negociación, sobre todo ha adolecido de una pésima política comunicacional, que ha permitido ganen espacio las voces descalificatorias, sin contraste ni auténtica polémica. El llamado “delito de opinión” no existe en México, con una democracia precaria pero hoy real a todos los efectos, y la difamación y la injuria, están penados sólo con multas en la legislación mexicana actual, después de prolongados y complejos procesos judiciales. La prensa compite por vender, no por informar con responsabilidad.

La amplia disponibilidad de las redes sociales, el carácter anónimo de muchos de sus activos participantes y una legislación tolerante, forman un caldo explosivo perfecto, a lo cual se añade la tolerancia, la ineficacia y la falta de una activa política informativa de Estado. Esas redes hoy son campos de batalla artera y tramposa donde en la mayor parte de los casos se descalifica a todos, se opina de todo y se cuestiona todo, sin pruebas ni argumentos, y con total impunidad. Las nuevas tecnologías son veneros de odio e ira.

Cualquier opinión levemente discrepante, aunque comedida y razonada, de inmediato es motejada como “vendida”, “embute”, “chayote” o “peñabot”. Las redes mexicanas son hoy un permanente acto de repudio, un escrache que haría avergonzarse al mismo Pablo Iglesias, si ello fuera posible. Hay una activísima presencia de “calls centers” con claras agendas políticas, que vienen trabajando incansablemente desde hace muchos años, con financiamiento abundante y de origen misterioso. Existen hoy numerosos profesionales de las redes, aplicados con tesón a su tarea de demolición.

Pero llama la atención su densidad e intensidad alrededor de algunas consignas muy marcadas y nítidas que las rigen periódicamente, cuestionando su “espontaneidad”. La entidad de vigilancia mexicana, el CISEN (Centro de Inteligencia y Seguridad Nacionales) es tan discreto, que nunca da muestras de existencia, y posiblemente sea muy efectivo, pero no podría afirmarlo. Acaban de designar a un nuevo Director del CISEN, persona cercana al Presidente y al también flamante secretario de Gobernación, en este tiempo previo a las elecciones más disputadas en la historia nacional.

Esos polvos trajeron estos lodos

Considerados en su momento los “vasallos más difíciles y conflictivos, y los súbditos más levantiscos de la corona española” (desde el siglo XVI), los mexicanos tuvieron un proceso independentista en dos etapas —una primera, fallida, y la segunda triunfal, la cual culminó con un Primer Imperio fugaz— que luego dio paso a un período de casi 50 años de guerras civiles y caudillos, cuando el país sufrió varias invasiones extranjeras —estadounidenses en 1847, con la pérdida de más de la mitad del territorio nacional, y después franceses en 1862, para imponer el Segundo Imperio— tuvo algo de paz general y prosperidad socialmente concentrada, con el gobierno autoritario de Porfirio Díaz, hasta que en 1910 estalló otra guerra civil, conocida como “Revolución Mexicana”, que en cuanto a su propósito inicial —destituir al gobernante— sólo transcurrió del 20 de noviembre de 1910 al 31 de mayo de 1911 (poco más de seis meses), cuando Díaz sale del país rumbo al exilio en Europa, y luego ocupó los 14 años siguientes en las feroces luchas entre facciones, en las cuales alguien calculó perdió la vida el 10 % de la población entonces.[1]

El país, devastado por la guerra, la crisis general y la ruina, pareció recuperar algo de gobernabilidad con el llamado “Maximato”, impuesto por el general Plutarco Elías Calles, creador del Partido Nacional Revolucionario, más tarde Partido de la Revolución Mexicana y que poco después se bautizaría finalmente con un magnífico pleonasmo: Partido Revolucionario Institucional, el PRI.

Finalmente, el autoritarismo personalista de Díaz fue sustituido por el autoritarismo de un partido, si no único, sí hegemónico, que logró controlar el país con las llamadas “presidencias imperiales” (así retratadas por Enrique Krauze), hasta el año 2000, cuando se interrumpió esta sucesión con lo cual pensamos muchos entonces podría ser el esperado “cambio” real, y apenas fue una tibia “alternancia”: Vicente Fox se vendió como un Gorbachov, pero apenas llegó a Yeltsin; tan frágil fue su gobierno, que el PRI regresó a gobernar en 2012, sólo con dos sexenios de descanso. El esperado cambio resultó sólo una modesta alternancia.

Pero el PRI que regresaba parecía haber aprendido la lección de que el poder no le pertenecía en exclusiva, ni por mandato divino: en las nuevas condiciones, los votos había que ganarlos, lo cual en principio se supuso beneficiaría a la naciente democracia mexicana en vías de esperanzada plenitud.

Debe acotarse, en gracia a la equidad histórica, que aparte de sus muchos defectos, crímenes, taras y atropellos, al menos el PRI, caso singularísimo en la historia latinoamericana, sostuvo una relativa calma social, creó e impulsó instituciones sociales de gran beneficio, y logró que durante la mayor parte del siglo XX no hubiera golpes de Estado militares, con un ejército disciplinado y respetuoso de las instituciones democráticas, por muy precarias y cuestionables que resultaran estas.

Aunque Mario Vargas Llosa calificó con una frase brillante pero levemente superficial —que cuestionó con severidad y más conocimiento de causa Octavio Paz— al México del PRI como “la dictadura perfecta”, lo cierto es que politólogos, filósofos e historiadores y muchos otros científicos sociales, analizaron con empeño durante numerosos años el caso singular de ese partido como un fenómeno digno de particular estudio. Y no faltó quien asegurara que más que un partido, el PRI era una forma del ser nacional, no pudiendo precisar si uno se había formado a la imagen y semejanza del otro … “o todo lo contrario”[2].

Una vocación muy antigua

Desde fecha muy temprana, en México ha habido una presencia sumamente activa de las ideas de la izquierda extrema: fue particularmente intenso a partir de los hermanos Flores Magón, y hasta el Gobierno de Lázaro Cárdenas, que culminó con el fraude electoral más sangriento de la historia, al imponer como ganador a Manuel Ávila Camacho contra Juan Andreu Almazán. En esos difíciles años, desde Plutarco Elías Calles (El Maximato) hasta “El Tata” Cárdenas, México coqueteó intensamente con el comunismo internacional, y hasta pretendió tomar cartas en el juego de la política mundial, al recibir en asilo al perseguido Trotsky, así como abrazar la derrotada causa de los republicanos españoles, a quienes concedió generoso hogar.

Luego de Ávila Camacho (“el último general” y también llamado “el presidente caballero”), siguieron gobiernos ya civiles como los de Miguel Alemán, Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos, y Gustavo Díaz Ordaz. Durante todos estos años, la izquierda se mantuvo trabajando activamente, animando desde huelgas de ferrocarrileros, maestros y mineros, hasta movimientos estudiantiles como el de 1968, fecha que se considera el parteaguas de la historia política mexicana contemporánea, y es referente siempre presente en uno u otro sentido. Proscrito y vuelto a legalizar durante todo este período, el Partido Comunista Mexicano —en sus diversas denominaciones o advocaciones, presentaciones y alianzas— en general siguió fielmente el dictado de la ortodoxia proveniente de Moscú, lo cual ocasionó frecuentes disputas internas, y las consecuentes expulsiones de aquellos miembros díscolos que no aceptaban la “disciplina”, como Diego Rivera o David Alfaro Siqueiros, entre muchos más.

Los presidentes siguientes al episodio de 1968, el voluntarioso Luis Echeverría Álvarez (“¡Arriba y adelante!”), y el eufórico José López Portillo (“¡Aprenderemos a administrar la riqueza!”), quisieron proyectar una imagen más progresista hacia el exterior, después del anatematizado por todos Gustavo Díaz Ordaz y su complejo desempeño en los días anteriores a las Olimpíadas, animando las relaciones con países comunistas, como Cuba y Yugoslavia, pero mantuvieron el mismo control interno de forma autoritaria y represiva. Es decir, fueron “candil en la calle y oscuridad en la casa”.

Durante estos dos sexenios también se produjo un progresivo deterioro de la economía nacional, en gran parte por errores de la política financiera con un descontrolado y dispendioso gasto social, y en buena medida también por el turbulento contexto internacional. Una cierta débil transición para corregir el rumbo económico, empezó con Miguel de La Madrid, alcanzó su punto más alto con Carlos Salinas de Gortari, quien impulsó una economía liberal y fue peyorativamente calificado como “neoliberal”, y cristalizó con Ernesto Zedillo Ponce de León, quien después de un sexenio especialmente complejo y difícil (aunque en gran parte continuó las reformas emprendidas por su antecesor, y enfrentó las críticas del modelo al calificar de “globalifóbicos” a los apasionados detractores), tuvo el enorme mérito democrático de aceptar la derrota electoral; así, dignamente reconoció el incuestionable triunfo de Vicente Fox Quesada en 2000. Todo el mundo esperó entonces que se produjera el muy esperado Cambio.

Fox tuvo una presidencia respetuosa de los derechos civiles, pero poco efectiva para las transformaciones que se esperaban; sobre todo, en cuanto a la depuración de la clase política y especialmente del PRI. Quizá en esa sensación de frustración posterior, influyó el alto nivel de las expectativas creadas al calor de las campañas electorales y las promesas emitidas. Pero muchos analistas consideran que en su sexenio se desaprovecharon numerosas oportunidades para realizar ese gran giro, reiterada y expresamente comprometido.

Su sucesor, del mismo partido, el PAN, pero no el candidato personal de Fox, Felipe Calderón Hinojosa, declaró que tuvo que enfrentar la creciente situación de inseguridad con el empleo del ejército, en lo que se ha llamado comúnmente “la guerra contra el narcotráfico”. Hoy suman centenares de miles de muertos durante este proceso, que tampoco —hay que decirlo— comenzó durante su sexenio, sino desde mucho tiempo antes, en la mayor parte de los muertos, con sangrientos narcotraficantes enfrentados entre ellos, así como pérdidas de numerosos efectivos militares, e infortunadas bajas civiles casuales, eufemísticamente llamados “daños colaterales”.


[1] Recientemente, se ha ajustado esta cifra: no todas fueron por causas bélicas, pues también hubo numerosas víctimas de varias epidemias, y por la aguda desnutrición generalizada debido a las hambrunas.

[2] Fue el entonces presidente Luis Echeverría Álvarez quien, en uno de sus muy recordados discursos, expresó un concepto que resultará extraño para los no mexicanos, pero que en el país se entendió perfectamente: “Eso no nos perjudica, ni nos beneficia… sino todo lo contrario”. Ciertamente, el pensamiento lógico nacional tiene características muy específicas y complejas.


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