Actualizado: 24/02/2018 12:28
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México: entre una novela de Yáñez y un cuento del Gabo (II)

Esta es la segunda y última parte de este artículo

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La espada

Desde que el hijo del expresidente Lázaro Cárdenas, Cuauhtémoc, fuera elegido —por primera vez después de la Revolución— como jefe de gobierno de la Ciudad de México, empezó a promoverse una figura de gran actividad política: proveniente del pueblo de Macuspana en el estado tropical de Tabasco, un aguerrido y apasionado expriista —autor de la letra del himno del partido en su entidad—, hijo de obreros españoles, empezó a ubicarse en el círculo más cercano a Cárdenas, de tal suerte que cuando tuvo la oportunidad, lanzó con éxito su candidatura para sucederlo en el puesto, que ocupó casi al mismo tiempo que la presidencia de Fox.

Graduado de la carrera de Ciencias Políticas en la UNAM —después de 14 años de estudios y con un promedio muy mediocre, con abundantes reprobados en materias como economía, política internacional y otras básicas— reveló de inmediato dotes no como un orador capaz, sino como un “comunicador” eficaz: tiene un olfato nato para conectar con mucha gente humilde, mediante frases breves y elementales, que no llegan a ideas coherentes y concretas, y no pasan de consignas, algunas veces sarcásticas y otras burlonas, de forma entrecortada y exageradamente pausada, y con una pronunciación costeña muy marcada. Viudo y vuelto a casar, hasta ahora nadie ha podido demostrar que tenga propiedades obtenidas fraudulentamente (sus bienes los puso a nombre de sus hijos hace años), y ha intentado dos veces ganar la presidencia (2006 y 2012) por varios partidos, con los cuales ha terminado en agrias disputas posteriores.

Finalmente, en reciente fecha, logró por fin registrar una agrupación propia, llamada Movimiento de Regeneración Nacional, que por sus siglas —MORENA algunos identifican con una filiación religiosa, aludiendo a la “Morena del Tepeyac”, la Virgen de Guadalupe, Patrona de México y Emperatriz de las Américas. Se confiesa unas veces católico y otras ambiguamente cristiano, de acuerdo al auditorio. Hasta muy reciente fecha, cuando empezó a efectuar intensos recorridos internacionales, los únicos viajes que había realizado eran a Cuba, pero no se sabe nada de ellos.

Aunque ha logrado sumar muchas personalidades que lo han apoyado durante estos últimos 20 años, también casi todas estas se han apartado de él posteriormente, acusándolo de personalista, voluntarioso, traicionero, ambicioso, dogmático, desconfiado y arrogante, lo cual al parecer no ha repercutido en su popularidad entre diversos sectores. En su expresión pública cada día asume más la actitud de un apóstol, un redentor y un hombre intachable, sin mancha alguna, que reparte anatemas y absoluciones a su gusto y conveniencia. Algunos lo llaman “El Mesías”, y otros “El Peje”, apócope de un pez de agua dulce tabasqueño llamado pejelagarto, conocido en Cuba como manjuarí. Ahora, con nuevos informes que lo vinculan con la órbita rusa, quizá habrá que renombrarlo finalmente como el esturión.

Hoy entre sus más cercanos colaboradores hay figuras prominentes y poderosas que proceden del viejo PRI y, a pesar de su feroz crítica a la economía liberal, hay varios multimillonarios que se cuentan entre sus seguidores. No tiene todavía un programa social, económico y político definido, pues todo se reduce al “cambio” y a la lucha contra la corrupción y la impunidad del “pueblo bueno” contra “la mafia del poder”. Los libros que ha publicado a su nombre, han sido escritos por asesores cercanos, y muchas veces niega lo que ha dicho en ellos, y suele contradecirse. A pesar de esas limitantes, hoy está al frente en las encuestas, aunque apenas se encuentra en la etapa de precandidaturas de los otros partidos y él comenzó la suya desde 2000. Al menos son 18 años en campaña (desde su comienzo como jefe de gobierno de la Ciudad de México, con sus célebres conferencias matutinas, con las que marcaba la agenda nacional, torpemente respondida por Fox y su equipo), sostenida nadie sabe bien por quiénes y cómo. Él asegura que ha sido por “aportaciones voluntarias” de sus “partidarios”, pero no exhibe documentación probatoria ni realiza —que se sepa— declaraciones de ingresos a la Hacienda mexicana.

Dijo un filósofo griego que “resulta trágico cuando un loco exaltado conduce a una multitud de ciegos incautos hacia el abismo…”.

Y no fue un griego, sino quizá un aldeano español analfabeta, quien dijo, anónimamente, “nadie aprende por cabeza ajena”.

Los hados proponen y los hombres disponen

Cuando perdió las elecciones del año 2000, el antiguo PRI, lejos de desmoronarse y desaparecer como algunos pronosticaron, se reagrupó. Comprendieron que eran unos tiempos nuevos, y ya desde mucho antes ideólogos como Jesús Silva Herzog y Daniel Cossío Villegas habían llamado su atención para impulsar desde el poder hegemónico un sistema progresivamente abierto. La primera reforma política de los años 70, fue ensanchándose y para el gobierno de Salinas de Gortari se creó una Defensoría de los Derechos Humanos, sistema jurídico paralelo no vinculante, pero sí vigilante del poder judicial y de los otros poderes. Para fundarlo se designó a un antiguo abogado, rector de la UNAM y quien antes fuera procurador general de la república, Jorge Carpizo.

A partir de Salinas y luego más decididamente con Zedillo, el antiguo sistema fue abriendo diques antes sellados: se independizó el IFE (Instituto Federal Electoral, hoy INE) y se financió con dinero público a los partidos políticos de forma muy generosa, y que muchos hoy califican de escandalosamente dispendiosa.

La prensa, antes hábilmente sujeta con riendas de seda o de acero según se requiriera, fue ejerciendo cada día más una libertad de expresión desconocida en la tradición periodística mexicana y las antiguas prácticas de soborno como el “embute” y el “chayote” se trasmutaron en la compra de espacios para la difusión gubernamental. En su tiempo, el izquierdista Echeverría —así se proclamaba— presionó al antiguo diario Excélsior, de tal suerte que renunciaron muchos de sus directivos y articulistas para formar por una parte la revista Proceso y luego sucesivamente los diarios unomásuno y La Jornada, pero ya en la época de José López Portillo, quien inició una leve apertura, advirtió: “No pago para que me peguen”. La prensa tenía una cierta libertad, pero con límites que no debían traspasarse. Los asesinatos de algunos periodistas que investigaban temas especialmente conflictivos, como el de Manuel Buendía, recordaban que esta era todavía una profesión de riesgo. El Estado mexicano tenía el control monopólico del papel, a través de PIPSA, y sólo con cortar el suministro de éste podía esfumar una publicación, como ocurrió varias veces. Por otra parte, la servicial complicidad del Sindicato de Voceadores y Expendedores de Revistas y Periódicos, garantizaba otro dogal, ajustable según la necesidad y la proporción del ataque.

Luego de un mandato que no alcanzó especial brillo por ser una persona más bien reservada y austera, De la Madrid eligió como sucesor al joven y activo Salinas de Gortari, quien se propuso con un equipo de funcionarios educados en importantes universidades tanto nacionales como extranjeras, transformar el país y pretendió lanzarlo súbitamente hacia la modernidad. Algunos temas como el histórico conflicto entre México y la Santa Sede, fueron solucionados y se restablecieron relaciones, suspendidas desde la época del caudillo Plutarco Elías Calles en los tiempos de la llamada Guerra Cristera.

Activísimo —solían llamarlo burlonamente como “La Hormiga Atómica”— Salinas logró firmar un favorable tratado comercial con los vecinos del norte, Estados Unidos y Canadá, y continuó emprendiendo la modernización de México y hasta insinuó que pronto estaría en el llamado Primer Mundo.

Sin embargo, entonces comenzaron a “crecerle los enanos”: primero el estallido de la insurrección neozapatista el mismo día que entraba en vigor el TLC, y luego el asesinato del candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio, lo llamaron a una dura realidad. “Los demonios de México se han soltado”, cuentan que comentó en su avión presidencial cuando le informaron del magnicidio.

Algunos observadores han hecho notar que gran parte de estos problemas brotaron después que Salinas removió (con todas las consideraciones: de hecho, fue lanzado como gobernador del rico estado de Veracruz, de donde era originario), de la Secretaría de Gobernación —virtual vicepresidencia mexicana pero aún con más poder real— al experimentado policía Fernando Gutiérrez Barrios, con antiguos y sólidos lazos de amistad con Fidel Castro desde su estancia mexicana cuando preparaba su desembarco en Cuba.

Los periodistas cada día paladearon más el sabor de la libertad y empezó a gestarse un grupo de opinadores que fue denominado como “comentocracia”, expertos en todos los temas que se presentaran. Ya siendo presidente Zedillo —un hombre de proceder recto y sólida convicción democrática, respetuoso de la libertad de expresión, aunque tajante en ocasiones— el proceso de progresiva liberalización continuó desarrollándose hasta llegar al mandato de Fox, quien, a pesar de ataques constantes, incluso algunos feroces, se atuvo a respetar escrupulosamente las voces discrepantes y críticas. Entre las muchas tachas que se le achacan a Fox, en gran parte justamente, no hay elementos para afirmar que persiguió a nadie por sus opiniones. Algo semejante ocurrió con el mandatario siguiente, Calderón, de quien una parte de la prensa se burló abiertamente —los caricaturistas o “moneros” fueron especialmente vitriólicos— y no faltó quien hasta lo acusó de ser un enfermo alcohólico, de lo cual tuvo que desdecirse. Pero el daño ya estaba hecho.

Hoy esos “moneros”, antes tan obsecuentes con el poder hegemónico, se solazan cada día en burlas y descalificaciones contra el Gobierno, como una consigna general de “la izquierda” quizá con la única y honrosa excepción en el diario Reforma de Paco Calderón (Francisco José Calderón Lelo de Larrea), al que López Obrador ha distinguido llamándolo “el monero de la derecha”.

El estado de histeria colectiva general así gestado, ha obsequiado recientemente la figura de un iracundo y exaltado gobernador de Chihuahua, enamorado de los reflectores y de su propio discurso incendiario, quien se declaró dispuesto para encabezar “una segunda Revolución Mexicana”.

En muy poco tiempo, la relación de la prensa mexicana con el poder presidencial había realizado un giro de 180°, de aquellas épocas cuando la disyuntiva era tan simple como “plata o plomo”, hasta la irónica reflexión de uno que padeció la etapa anterior: “Antes había que ser muy valiente para hablar mal del presidente. Ahora hay que ser aún más valiente para hablar bien de él”. Se ha ido de un extremo al otro, como tantas veces ha ocurrido en la historia mexicana.

Actualmente el escenario general es aún más complejo y conflictivo: a los medios tradicionales —televisión, radio, revistas y periódicos— se han añadido las redes sociales: el desarrollo tecnológico ha hecho posible que cualquiera que posea un gadget, emita y haga circular su opinión sin depender de los antiguos canales. Esto hoy se realiza en México con libertad y sin ningún tipo de control. Pensadores como Enrique Krauze, de talante y constitución liberal, se han quejado del ambiente de división y enfrentamiento que se ha ido creando en el país, con marcadas polarizaciones irreductibles: en las redes, anónimamente o no, los navegantes se insultan, descalifican, se agreden, amenazan, mienten y alteran los hechos con gran facilidad y ligereza, a lo cual se añade —también merced a la tecnología— que las imágenes sean alteradas con photoshop y otros programas, creando todo esto una atmósfera cada día más asfixiante e irresponsable.

Tal parece que la práctica democrática y su beneficio, la libertad, en ese sentido, todavía no ha sido asimilada de forma responsable en México, como en muchas otras partes del mundo.

En este contexto, la figura de Andrés Manuel López Obrador (aseguran algunos que en su partida de bautismo original era Manuel Andrés, pero que luego lo alteró para que sus iniciales no fueran MALO, sino AMLO), ha aprovechado hábil y pícaramente todas las oportunidades, y con frecuencia ha saltado sobre la ley, logrando una permisibilidad pasmosa de las autoridades, que lo han dejado hacer a su gusto, “para no crear un mártir”. Sin embargo, él se presenta en todo momento como una víctima perseguida y acechada por “la mafia del poder”.

Entre las numerosas transgresiones que se le han tolerado, están desde permitirle competir para ser jefe de gobierno del Distrito Federal sin reunir las condiciones establecidas por la ley (residencia previa); el desacato abierto y desafiante de legítimas resoluciones judiciales (una de ellas casi ocasiona su remoción, por haber favorecido con la expropiación ilegal de unos terrenos a un hospital… privado y de los más costosos del país); la negativa para aceptar los resultados avalados por las autoridades electorales, que lo llevaron a realizar una “autoproclamación” como “Presidente Legítimo de México”, con un pomposo acto de resonancias porfirianas en el lugar más emblemático del país, la Plaza de la Constitución, más conocida como Zócalo, y la ocupación durante varios meses, con ruinosas consecuencias para el comercio y la ciudadanía en general, de la avenida más importante de la capital, el Paseo de la Reforma. Todo no sólo se le ha perdonado, sino se le ha premiado: esto ha construido la figura de López como la de un ser intocable, bajo cuyo cobijo todo es posible. Aunque las leyes electorales mexicanas lo prohíben explícita y terminantemente, lleva desde 2006 en campaña buscando la presidencia, aunque muchos argumentan que su empeño comenzó desde que era jefe de gobierno de la Ciudad de México, con unas famosas conferencias cotidianas que ofrecía a la prensa a las siete de la mañana, en las que sentaba la pauta para la agenda política nacional del día.

Por otra parte, hasta que finalmente logró registrar como partido político su agrupación personalista de MORENA, donde manda como amo y señor absoluto, se desconoce el origen y la cuantía de los fondos que durante estos doce años le han permitido recorrer en nutrida caravana con sus numerosos colaboradores todo el país, así como abundantes viajes al extranjero.

Por la inseguridad, la falta de credibilidad de las instituciones, el desprestigio de la clase política, la crisis económica interna y la crisis política externa, así como la rispidez creciente y constante de los ánimos, en la prensa y muchos de los ciudadanos, y además con la activa presencia disolutiva de López, respaldado fanática y decididamente por sus seguidores, que se niegan a cualquier tipo de confrontación de argumentos y razones, México hoy se encuentra en el umbral de una tormenta perfecta.

Algunos señalan que el Gobierno ha sido omiso o débil para defender las instituciones hasta las últimas consecuencias, y ha transigido frecuentemente con López y lo que éste representa. Otros, por su parte, creen que el equipo de Peña, además de falta de visión y compromiso, aunque ha trabajado notablemente, ha sido incapaz de posicionar su imagen ante el público. En México reza un dicho: “No le basta a la gallina poner los huevos; hay que saberlos cacarear”. Y esto ha faltado: una política comunicacional débil, difusa y a la defensiva, ha sido reactiva y no proactiva, lo cual ofrece una imagen de debilidad que socava el respeto de las instituciones. Heredero de una larga tradición de autoritarismo y excesos, el PRI de hoy buscó negar su pasado y se propuso cambiar la percepción respetando escrupulosamente la división de poderes; por ello, tanto el legislativo como el judicial han adoptado una agenda propia, ajena a los intereses nacionales. El nuevo PRI paga y purga los pecados del vejo PRI, a los que en ocasiones supera, con los escandalosos casos recientes de gobernadores ya no corruptos, sino putrefactos.

En muchas ocasiones el Gobierno ofrece lamentables espectáculos de dispersión de esfuerzos, y hasta se contradice públicamente, quebrando la solidez monolítica de antaño. En sus apariciones públicas, aunque el presidente Peña Nieto demuestra una actividad incesante y multiplicada, y maneja discretamente la expresión de sus ideas (con mucho muy superior a la de López) sin embargo la prensa y sus detractores sólo están atentos a cualquier tropezón o desliz que tenga, magnificándolo. El juvenil Peña Nieto del principio de su mandato hoy se muestra agotado, macilento, ojeroso y delgado, aunque todavía abundante de energía. Sus enemigos —ya no cabe hablar de adversarios— han difundido varias veces que se encuentra muy enfermo, pero esto ha sido falso… Muy lejos han quedado “aquellos tiempos que los antiguos llamaron dorados” cuando el presidente, al preguntar la hora a alguno de sus colaboradores incondicionales y solícitos, se le respondiera untuosamente: “La que usted quiera, Señor Presidente”. Existe, pues, una peligrosa crisis de autoridad en México hoy. Y esto puede convertirse en un vacío de poder ante cualquier situación anómala que se presente.

La estrategia de López es clara y efectiva: promete sin medida ni control, cuanto crea que puede satisfacer a las multitudes y obtener de ella el voto: becas generosas para todos, pensiones universales, ingreso sin ninguna restricción a las universidades, eliminación instantánea de todos los males históricos del país, supresión de las reformas estructurales que el Gobierno de Peña Nieto emprendió sorprendentemente desde el mismo inicio de su mandato con su Pacto por México, suscrito por todas las fuerzas políticas. Y, al mismo tiempo, López asegura que para lograr todo esto que promete, no subirá impuestos, ni afectará propiedades y sólo lo hará anulando instantáneamente la corrupción por decreto personal e iluminado. Otro dicho mexicano dice: “El prometer no empobrece; el dar es lo que aniquila”.

Los conocedores, incluso algunos de sus más allegados, han declarado que muchas de estas propuestas son totalmente irrealizables, pero voluntariosamente López los ha apartado de su lado y generalmente los ha descalificado como “cómplices de la mafia del poder”, su leitmotiv más sostenido y efectivo. Él está plenamente convencido que posee la verdad absoluta y sólo él puede salvar al país. Cuando hace unos años le señalaron que con sus ataques ponía en peligro la industria petrolera mexicana, con el grave daño nacional que eso ocasionaría, declaró sin ambages: “Que se hunda: luego yo vendré a rescatarla”.

Sus seguidores se encuentran tanto en una masa importante de beneficiarios de sus programas y dispendios, a quienes halaga constantemente con el título de “el pueblo bueno” que se opone a “la mafia del poder”, como sectores intelectuales llamados “de izquierda”, provenientes de varias generaciones, aunque también ha aceptado, borrándole mágicamente todos sus pecados anteriores, a personajes tan connotados de la vieja política mexicana del PRI como Manuel Bartlett y Porfirio Muñoz Ledo: sobre ellos ha extendido generosamente sus manos para exculparlos de toda mancha anterior. Históricamente se ha rodeado también desde viejos militantes comunistas como Dolores Padierna (de Bejarano), Marti Batres y Yeicdkol Polevnsky (su nombre originario es otro, pero ella decidió cambiárselo por razones muy confusas), hasta personajes captados en flagrantes actos de soborno como René Bejarano (de Padierna), Carlos Ímaz y varios más, entre sus más cercanos colaboradores y personas de confianza. Más recientemente, John M. Ackerman, un nativo norteamericano —hijo de dos prominentes académicos de la left wind de EEUU— nacionalizado mexicano al casarse con una destacada política morenista, está en el círculo más cercano de Obrador, y se le ha vinculado con los rusos de Putin, lo cual él ha negado, obviamente, pero desde Russia Today TV y Sputnik News no dudan referirse a él como “nuestro hombre en México”.

Como el teflón, nada de esto ha logrado impregnar ante la multitud la imagen de López como profeta no sólo puro sino hasta purificador. Según dijera el poeta (y multiasesino) mexicano Salvador Díaz Mirón: “Hay plumajes que cruzan el pantano y no se manchan: mi plumaje es de esos”. Una versión irónica del mismo poema, enmienda que “hay plumajes que pasan por el pantano… y manchan el pantano”.

Los escándalos por corrupción han alcanzado grandes titulares, no así las magnas obras de Gobierno. Por ejemplo, pocos saben que en México hoy se realiza la obra de ingeniería civil más grande del mundo: el Túnel Emisor Oriente del Sistema de Drenaje de la Ciudad de México. La ampliación de la red de carreteras, la construcción de abundantes y bien equipados centros de salud y educativos, todo se oscurece y se oculta bajo la espesa fronda de los escándalos que, por otra parte, no han sido formalmente denunciados ni correspondientemente comprobados. Hoy prevalecen “la duda” y “la convicción personal” sobre los argumentos sólidos. A quienes afirman lo contrario, bastaría invitarlos para que presenten sus denuncias como los buenos ciudadanos que dicen ser. Pero no lo hacen. La opinión señorea sobre la demostración.

Sin embargo, por cualquier motivo, actualmente la descalificación más socorrida contra otro es tildarlo de “corrupto”, lo cual además debe producir en el emisor la gratificante sensación de pureza e integridad que seguramente está muy distante de merecer: dicen que “una conciencia tranquila es síntoma de una muy mala memoria”. No obstante, más que la corrupción, la cual debemos aceptar sinceramente es una lacra inherente a la misma condición humana y por lo tanto es realmente inevitable y permanente, lo que sí se impone y sin embargo los actores políticos se han resistido para hacerlo, es garantizar un sólido y efectivo Estado de derecho que impida —esto sí es lograble— la impunidad. Todos los seres humanos pueden errar, pero deben ser castigados para que su crimen no se convierta en costumbre. Mienten —y lo saben— quienes prometen acabar con la corrupción: en el mejor y más deseable de los casos, lo urgente es terminar con la impunidad.

La putrefacción y en el mejor de los casos inoperancia del sistema judicial, es quizá lo más grave de la escena mexicana actual. El Estado se ha mostrado lento, y hasta remiso, para adaptar el sistema de impartición de justicia a las circunstancias particularmente graves que se padecen en el país. En circunstancias muy parecidas cuando la lucha contra el terrorismo de las Brigadas Rojas y de la Mafia calabresa y siciliana, en Italia, cuna del Derecho Romano, se aplicó la medida de protección de los jueces por sorteos secretos y ejercer su ministerio encapuchados para proteger sus identidades, expediente que ni remotamente ha sido considerado en México. Los impartidores de justicia por una parte ceden a tentaciones, pero también obedecen a justificados temores por su seguridad, y emiten sentencias no tan correctas jurídicamente, sino motivados por lo “políticamente correcto” y la vigilancia implacable del sistema paralelo judicial que son los derechos humanos, quizá una de las instituciones con menor prestigio en México hoy, pues es un clamor generalizado que protege a los delincuentes y deja desamparados a los ciudadanos cumplidos y ejemplares. A esto se agrega una copiosa proliferación de ONG y entidades tanto nacionales como extranjeras, que constantemente fiscalizan, cuestionan y condenan a priori al Estado mexicano, siendo mucho más agresivas con este precario sistema democrático que lo que suelen serlo con otros regímenes impúdicamente dictatoriales del área, como Cuba y Venezuela.

El Gobierno mexicano no sólo ha tolerado, sino hasta apoyado, las investigaciones realizadas por los equipos extranjeros que han recibido todas las facilidades —y sustantivos apoyos económicos— para realizar su labor de fiscalización y revisión de los procedimientos de investigación, en casos muy publicitados como el de los manipulados estudiantes normalistas de Ayotzinapa, en uno de los mejor montados espectáculos propagandísticos de la oposición de izquierda contra el Estado, y que han sido financiados por intereses muy poderosos y anónimos. Se menciona como posibles fuentes de este y otros movimientos, tanto a las fundaciones de George Soros, como a las del multibillonario mexicano Carlos Slim Helú, descontento y resentido por haber perdido el monopolio que durante muchos y fructíferos años gozó de la industria telefónica en el país, y que el equipo de Peña Nieto lastimó. Las críticas contra éste desde Estados Unidos han sido focalizadas de forma especialmente destacada por The New York Times, del cual Slim es (o era hasta hace poco) precisamente uno de los accionistas mayoritarios.

Empecé estas líneas con una novela mexicana, Al filo del agua, de Agustín Yáñez, y termino con un premonitorio cuento del colombiano Gabriel García Márquez: “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”… Y nunca antes he querido tanto estar equivocado.


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