Actualizado: 05/10/2022 21:23
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Rusia, Putin, Ucrania

Neozarismo del Siglo XXI (I)

Este trabajo aparecerá en tres partes

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Antecedentes

Por siglos, la explotación, el crimen, los abusos y todo tipo de violaciones a los derechos humanos han cobrado la vida de decenas de millones de ciudadanos rusos y de las repúblicas que una vez formaron parte de la extinta Unión Soviética.

Desde las guerras de rapiña del zarismo, pasando por la espantosa época comunista del estalinismo, mucho más despiadado y cruel que el anterior, hasta el fenómeno actual de un gobierno surgido de las cenizas que dejaron más de setenta años de dictadura totalitaria, esa desafortunada región euroasiática retorna al punto de partida de su tenebrosa pesadilla histórica.

Mucho antes de la injustificada invasión a Ucrania por parte de las tropas rusas. Los oligarcas que se apoderaron de las principales riquezas del país, atornillando en el poder a las figuras que mejor convenían a sus intereses, iniciaron el camino a la completa dominación neozarista.

Vladimir Putin, que ha cumplido ya 23 años en el poder, ha sido la persona que más tiempo ha gobernado Rusia desde la Revolución de Octubre, solo superado por Stalin. Su popularidad comenzó principalmente debido a sus acciones durante la segunda guerra chechena, en la que fue percibido por parte de la ciudadanía como un individuo fuerte que estaba “retomando el control” de Moscú sobre la República de Chechenia, y esto fue visto como un resurgimiento del poderío del Estado ruso. Chechenia se había escindido de facto de Rusia tras la caída de la URSS, hasta que Moscú decidió recuperar el control de la república norcaucásica en dos guerras (1995-96 y 1999-2009).

Una de las razones por las que el Estado ruso no colapsó en la década de 1990, coinciden los expertos, fue por la existencia de un acuerdo entre Yeltsin, sus aliados políticos y los oligarcas. Logrando alcanzar cierto equilibrio que permitía la coexistencia de todas las partes. Pero al convertirse en presidente de la Federación, Putin anunció que ese trato se convertiría en cosa del pasado. El líder permitiría a los oligarcas conservar la riqueza que amasaron en los años 90, pero ya no podrían involucrarse en cuestiones políticas. Para Putin, la política rusa estaba exclusivamente en sus manos.

Sin embargo, Mijaíl Khodorkovski, el principal oligarca del país, no estaba de acuerdo con esta visión. Se trataba del hombre más pudiente de Rusia y uno de los más ricos del mundo, según la revista Forbes, pero gran parte de su poderío económico se evaporó de la noche a la mañana tras ser acusado por el gobierno de Putin de evasión de impuestos y fraude durante la década de los 90.

Putin y su círculo le pasaron la cuenta. Lo arrestaron y le confiscaron sus bienes, entre los cuales se encontraba Loukos, que era entonces una de las compañías petroleras más grandes en todo el mundo. Se trató de un momento importante que explica cómo el mandatario ha logrado estar en el poder durante tanto tiempo.

El incidente de Khodorkovski se convirtió en una especie de vitrina que tuvo un efecto escalofriante sobre otros oligarcas que entendieron lo que podría pasarles si tomaban el mismo camino.

En septiembre de 2004, un grupo de hombres y mujeres enmascarados, armados con cinturones explosivos, irrumpieron en la Escuela Número Uno de Beslán, en Osetia del Norte, abriendo fuego en el momento en que terminaba una ceremonia que marcaba el comienzo del año escolar. Tomaron como rehenes a alrededor de 1.000 personas —entre alumnos y maestros— y tras más de 50 horas de secuestro, la operación culminó con 331 personas muertas, 186 de ellas niños. Putin utilizó maquiavélicamente el episodio en la escuela de Beslán para poner fin a la elección directa de gobernadores en las regiones rusas.

Ese evento daba continuidad a la segunda guerra chechena. Cuando Putin se convirtió en presidente su objetivo siempre fue el de mostrar una imagen de hombre fuerte que garantizaría el control de Moscú sobre la República de Chechenia. Pero el incidente de Beslán fue un intento de desafiar ese control en la medida en que los actores paramilitares involucrados pedían independencia, secesión y el fin del control de Moscú en esa zona. Putin lo vio como un ataque directo a su pretensión de ser un líder fuerte y también que no había hecho lo suficiente para centralizar el poder dentro de la Federación de Rusia. Era él quien tenia que tener control. No podía ser desafiado. Y si alguien se atrevía a desafiarlo, las cosas no iban a terminar muy bien para esa persona o para ese grupo de personas.

Bajo su gobierno se produjeron las intervenciones militares no solo en las antiguas repúblicas soviéticas de Chechenia, Georgia, Kirguizistán, Ucrania, Moldavia, sino también en Siria y otras naciones africanas que solicitaron a los mercenarios rusos del Grupo Wagner controlado por el Kremlin.

Hasta la invasión del 24 de febrero de 2022, todo resultaba un paseo para las huestes rusas. Tanto Putin como la mayoría de los analistas militares alrededor del planeta calculaban que el gobierno ucraniano colapsaría en 72 horas después de iniciada la invasión. Incluso así lo declaró frente al congreso norteamericano el general Mark A. Milley, jefe del Estado mayor Conjunto de Estados Unidos.

Para sorpresa de todos, el paseo que esperaba el presidente ruso se convirtió en un sorpresivo camino del infierno. La resistencia, el valor y el heroísmo de los ucranianos le demostró al mundo la fortaleza y el poderío de la razón contra la barbarie y el crimen.

Uno a uno fue fracasando los planes de los invasores, dejando sobre los campos de batalla millares de muertos y equipos de combate de todo tipo. El desastre de las operaciones militares rusas demostró claramente no solo la errónea apreciación de Putin sobre la voluntad de luchar de los ucranianos y la mala planificación de los jefes principales sino también la desmoralización de sus tropas que fueron factores clave en la debacle sufrida.

Después de dos meses y medio de encarnizados combates las fuerzas rusas han quedado tan diezmadas que ya las operaciones ofensivas se han ralentizado de tal manera que no tienen posibilidad alguna de cumplir los objetivos propuestos.

Por lo tanto, cuál podría ser el último recurso que puede tomar el presidente ruso para salirse de tan engorrosa situación que él mismo creó y que de extenderse indefinidamente pueda costarle el poder que tan férreamente ha mantenido.


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