Actualizado: 22/11/2019 12:19
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China

¿Quién apaga la llama?

El Comité Olímpico Internacional se ha equivocado dos veces: al otorgar los juegos a la Alemania de Hitler y a la China de Hu.

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China ha cambiado para no cambiar. Ninguna noticia. El dato es que mucha gente piensa que sí ha cambiado. Sin embargo, la diferencia entre la China de Mao y la actual es sólo tecnológica: una diferencia que en la filosofía del Oriente es insustancial. Para los orientales, el espíritu es lo fundamental, y el espíritu de los chinos sigue siendo el de la represión.

Junto a grandes remedios naturales para el cuerpo, los chinos siguen vendiendo su vieja pulsión imperial celeste. Decir que el Tíbet les pertenece es como afirmar que Taiwán es japonesa. Una extravagancia que China intenta legitimar por usucapión: es decir, apelando al viejo derecho romano que afirmaba que una cosa nos puede pertenecer de derecho porque nos pertenece de hecho, tras la pátina del tiempo.

Entonces China conquista el Tíbet y quiere hacer Olimpiadas para conquistar la complacencia del mundo, usando el glamour de sus patentes robadas, el peso de su población mundial y el inmenso crecimiento económico a costa del trabajo semiesclavo.

Y el mundo libre, compuesto casi siempre por ciudadanos y escasamente por gobiernos, protesta por esa complicidad con quienes tienen la tasa más alta de condenados a muerte, encarcelan a un disidente en las narices mismas de Jacques Rogge y aplastan a un pueblo que sólo se asemeja a los Han por el hecho universal de que son seres humanos. Menos mal.

¿Qué nos dice el Tíbet?

Los cubanos entendemos poco qué pasa en China. En realidad, no sabemos qué es China, con su multiplicidad de pueblos, lenguas de un mismo tronco y con un territorio inmenso. Si se nos dice, por ejemplo, que el cantonés y el pekinés son dos lenguas separadas por los mismos caracteres, pensaríamos que, como siempre, alguien intenta hacernos a nosotros, pueblo listo, algún cuento chino. Pero China es un país vasto, con una historia milenaria y unos problemas no tan largos como su historia, pero sí tan grandes como sus fronteras. Y el Tíbet es uno de esos problemas.

Si hay diferencias entre Confucio y Buda, entonces las hay entre el resto de China y el Tíbet: un territorio como tantos otros en el mundo, que intenta lograr una independencia que ve como ancestral. En una nación donde la autonomía no ha formado parte nunca de su visión geopolítica, decir que una región es autónoma compromete una cadena de historias ocultas que más vale conocer para evitar sorpresas aparentes, como las que llevaron a la desintegración de la ex Unión Soviética.

Para ponerlo en una perspectiva histórica más o menos contemporánea, podemos citar tres momentos distintos en los que la independencia del Tíbet ha estado en el calendario: 1949, 1962 y 2008. En este calendario, las distancias y las oleadas hablan de un sentimiento profundo que pone en tensión la sensibilidad de muchos cubanos por la independencia de los pueblos. Y alguien pregunta: ¿por qué Puerto Rico sí y el Tíbet no?, ¿por qué Kosovo no y Timor Oriental sí?

El asunto no es fácil. Particularmente, no estoy a favor de la desintegración de los Estados. Diversas naciones pueden vivir bajo un mismo Estado; los particularismos pueden ser tan letales como lo ha sido el multiculturalismo extremo.

Pienso, por ejemplo, que los pequeños Estados del Caribe deberían confederarse en un Estado multinacional, sin bolivarianismos, por supuesto, privilegiando las identidades culturales y la libertad. Pero, ¿cómo olvidar que estamos en una época de lucha por el autorreconocimiento y por las identidades propias?

De Bélgica a Pekín, de Bolivia a España, de África al Medio Oriente y al Pacífico Sur, el dilema es el mismo. ¿Cuál es la diferencia?: la democracia con sus dos resortes básicos: el diálogo y la negociación. Pero Pekín sólo conoce Tiananmen, es decir, la postergación represiva de todos los conflictos.

Un riesgo y un fiasco

Debemos admitir, no obstante, que el contacto es una manera positiva de cambiar las cosas en las culturas cerradas. En el ritmo y los estilos de vida, es mejor estar del lado del vetusto Oriente. Y en materia de libertades y respeto a los estilos de vida ajenos, es bueno tener a China del lado de Occidente. Pero esa perspectiva es gradual y actúa a lo largo del tiempo, quizá en un par de generaciones.

Sin embargo, premiar a China con la celebración de unos Juegos Olímpicos se ha revelado como un inmenso riesgo y un fiasco para el Comité Olímpico Internacional. Es bastante cínico decir que quienes protestan contra una antorcha son "manifestantes profesionales" que sienten odio por China.

Es el gobierno chino quien apaga una llama, encendida por primera vez en libertad para el libre intercambio de pueblos libres. Los que administran el asunto de las Olimpiadas se vuelven a equivocar: primero en 1936, cuando otorgaron la sede a la Alemania de Hitler, y ahora, cuando otorgan y defienden la celebración de los Juegos Olímpicos de Pekín. Ciertamente, la vida de los tibetanos vale más que el esplendor y las ganancias de hombres realmente poderosos. Ciertamente, China no es la potencia del siglo XXI. Eso demanda algo más que economía.

* Publicado en Noticias Consenso.


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