Actualizado: 24/09/2018 12:05
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EEUU, Rusia, Trump

Trumpada rusa

El vicesecretario de Justica Rod Rosenstein considera que la intromisión rusa en las elecciones no alteró ningún resultado. Sin embargo, produjo un efecto devastador en el orden democrático de EEUU

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Todas las inversiones de capital político y mediático para ensartar a Trump con el pincho de la confabulación con Rusia acaban de perderse al salir el pliego de acusación del procurador especial Bob Mueller. Al no dar con ninguna prueba en contra de Trump, Mueller echó mano a 3 corrales corporativos rusos con 13 chivos expiatorios para sentar la interferencia electoral, pero sin poder vincularla criminalmente a la campaña de Trump.

Sólo que, al igual que los combatientes verticales del anticastrismo tardío, los alabarderos de la bandería anti-Trump no se atienen a los hechos, sino a sus emociones y sentimientos. David Chalian, director general de cobertura política de CNN, largó ya que nada en el pliego de acusación indica que la campaña de Trump “did nothing wrong”, a pesar de que:

  • Los rusos principiaron sus operaciones de interferencia electoral “by approximately May 2014” y Trump anunció su candidatura el 16 de junio de 2015.
  • No sólo buscaron apoyar a Trump, sino también a Sanders contra Hilaria, amén de abogar por abstenerse de votar o hacerlo por Jill Stein u otro candidato terciario.
  • Organizaron rallies como “Florida Goes Trump” y “March for Trump”, pero también “Trump is NOT my President” y “Support Hillary. Save American Muslims”.
  • Se comunicaron con partidarios de Trump y miembros o voluntarios de su campaña, pero el Vicefiscal General Rod Rosenstein, quien nombró al procurador especial Mueller y supervisa su investigación, aclaró que “any American had any knowledge” de las operaciones rusas de interferencia electoral.

Desde luego que la prensa liberal no cambiará el paso para seguir el ritmo de los hechos. Si Trump presentara hoy mismo la cura del cáncer, CNN y The New York Times, Político y el resto de la comparsa sacarían titulares como “Trump deja cesantes a miles de investigadores”, tal y como El Nuevo Herald sacó “La victoria de Fariñas” tras la desvergüenza de la huelga de hambre que concluyó con el embeleco de no se sabe qué enmienda.

Proyectos fallidos

A través de Internet Research Agency en San Petersburgo y las firmas Concord Management Consulting y Concord Catering, del oligarca ruso Evgeny Prigozhin, alias “El Cocinero de Putin”, los 13 rusos se engolfaron al menos en dos proyectos para interferir las elecciones de 2016. El Proyecto Traductor adolecía de la misma ilusión de los lidercillos de la oposición anticastrista con los llamados medios sociales: que la voluntad política de la gente se puede forjar o cambiar por YouTube, Facebook, Instagram y Twitter. El Proyecto Lakhta englobó audiencias tanto en la propia Rusia como en otros países, entre ellos Estados Unidos.

Así y todo, el presupuesto destinado a estas operaciones de influencia electoral en USA era tan magro que acaso no hubieran surtido efecto ni siquiera concentradas en el Distrito 25 de la Florida, donde abundan más cocodrilos que electores. A la postre los agentes de influencia rusos cometieron delitos — fraude bancario y electrónico, robo de identidad, entrada fraudulenta con visado de turista, destrucción de pruebas— para llevar adelante operaciones que de antemano resultaban ineficaces en el mercado político de USA.

Estos agentes continuaban, por medios más sofisticados, la vieja tradición bolchevique de enfilar campañas contra USA y el resto de Occidente, que principió hacia 1923 con la creación del Buró de Desinformación. Quizás lo más irónico estriba en que entraron con visa expedida bajo la administración Obama y sus operaciones en el ciberespacio de habla inglesa fueron detectadas ya en 2015, sin que el FBI moviera un dedo hasta que el infame “dossier Steele” contra Trump viniera a prender un foco delirante en la contrainteligencia americana.

Así mismo resulta irónico que los rusos se entrometieran infructuosamente en elecciones ajenas tal y como —según la denuncia del senador Marco Rubio en entrevista radial del 24 de marzo de 2015 con Hugh Hewitt— hizo Obama en las elecciones de Israel, al enviar a su ex asesor de campaña Jeremy Bird con una suerte de Super PAC en contra de Netanyahu.

La otra interferencia

La intromisión rusa en las elecciones no alteró ningún resultado, pero surtió efecto devastador en el orden democrático de EEUU. El resentimiento demócrata por perder la presidencia se tornó delirante. Funcionarios de la administración saliente recurrieron a filtraciones que animaron el circo mediático sobre la confabulación criminal de Trump con Rusia. Esta interferencia en el sentido común ensordeció al público con el ejercicio indecente del periodismo que allanó las noticias a fake news y el razonamiento, a wishful thinking.

Para mantener a flote a Hilaria en la elección presidencial, James Comey procedió a encubrirla en delito que cualquier otro hubiera tenido que afrontar por borrar correos electrónicos tras haber sido requeridos por el Congreso. Para dárselas de J. Edgar Hoover, Comey montaría el espectáculo de dar por cerrada, re-abierta y vuelta a cerrar la investigación contra Hilaria.

Para seguir dándoselas de Hoover, Comey trató de mangar a Trump con que no estaba bajo investigación y los informes en su contra eran “solaces y sin verificar”, aunque ya se había apoyado en ellos para meter escuchas en la campaña de Trump y contenidos falaces se irían filtrando con ánimo de desprestigiar al presidente electo. Sin embargo, Comey se topó con que Trump no temía las intrigas del FBI ni de los demás círculos del poder invisible o visible en Washington. Comey terminó como uno más entre los perdedores del show The Apprentice.

Igual desenfado mostró Trump al enfrentar la chismotería sobre la collusion con Putin, que tachó atinadamente de hoax y witch hunt. El quid no radica en que, de vez en cuando, estos calificativos se extendieran confusamente a la investigación de la intromisión rusa, sino en que las clases políticas y mediáticas anti-Trump confundieron sin cordura ni decencia la intromisión rusa y la campaña de Trump como una misma cosa que forzaría el impeachment para sacar a Trump de la Casa Blanca luego de haber fracasado en impedir que entrara por elecciones.

Coda

Los tres corrales corporativos y los trece chivos expiatorios rusos acusados por Mueller no pudieron ni podían asestar un trompón al electorado, pero sí dieron uno que tiró a muchos actores del teatro político y mediático americano a la lona de la estupidez. Sobre ella seguirán arrastrándose con el jueguito lingüístico obstruction of justice, tras haber caducado la cantaleta de collusion como fundamento del impeachment.


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