Actualizado: 26/11/2022 10:59
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Política

El pacto entre reformistas y demócratas

La clave para una transición pacífica en Cuba tras la muerte de Fidel Castro.

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¿Quiénes eran esos reformistas? Los había en todos los estamentos aunque no tenían organización ni compartían un diagnóstico único. Abrigaron ciertas ilusiones de cambio durante los congresos IV (1991) y V (1997) del Partido Comunista —los últimos celebrados en el país—, pero ni siquiera pudieron hacer oír sus voces. Fueron aplastados. Eran prestigiosos académicos como Manuel Moreno Fraginals; escritores como Jesús Díaz; diplomáticos y analistas como Alcibiades Hidalgo, Juan Antonio Blanco y Hernán Yanes; jóvenes profesores universitarios como Rafael Rojas o Emilio Ichikawa.

También había entre ellos líderes sindicales, funcionarios del Partido Comunista, militares, miembros del MININT, parlamentarios, músicos y artistas. Unos marcharon al exilio, otros pasaron frontalmente a la disidencia, como Raúl Rivero, y algunos permanecieron en el gobierno o en sus aledaños sin atreverse a protestar. En general, se trataba de la capa más ilustrada de la clase dirigente, aunque eso no siempre quería decir que integraran la cúpula. Simplemente, participaban del poder y, en algunos casos, tenían ciertos privilegios.

Los inmovilistas, por su parte, custodios de las esencias totalitarias del régimen, opinaban que la revolución debía resistir a pie firme sin alejarse sustancialmente del modelo colectivista de partido único creado en 1959. ¿Quiénes eran? Grosso modo, algunos viejos miembros del Partido Comunista o personas con fama de muy dogmáticas, como era el caso del médico José Machado Ventura, el periodista Lázaro Barredo y otros funcionarios también afines al aparato de Seguridad, convencidos de que cualquier apertura significaría el principio del fin del sistema.

El tercer grupo, los que carecían de criterio, abdicaban dócilmente de su capacidad de pensar y le asignaban al Comandante la responsabilidad de decidir el curso de acción que le pareciera más conveniente para todos. Era la manera más económica de no tener problemas.

Desgraciadamente, Fidel Castro estaba entre los inmovilistas y así lo hizo saber con toda claridad desde el principio de la crisis: "primero la Isla se hundirá en el mar antes que renunciar a los principios del marxismo-leninismo", gritó fieramente desde la tribuna en varias oportunidades, sofocando con sus palabras el mensaje de los reformistas, quienes, como José Luís Rodríguez, Raúl Roa Khourí o Abel Prieto, incluso Eusebio Leal, Alfredo Guevara y Ricardo Alarcón, desde entonces optaron por callarse, obedecer, aplaudir, y esperar mejores tiempos, si alguna vez llegaban, para airear sus ideas y convicciones más ocultas.

La estrategia del inmovilismo

Pero, además de cavar trincheras, Castro se dio a la tarea de cortejar a sus viejos aliados "antiimperialistas" latinoamericanos, y, junto a su amigo brasilero Lula da Silva, estimuló la presencia internacional de una organización llamada Foro de Sao Paulo en la que se daban cita todos los grupos enemigos de la democracia, de Occidente y de la economía de mercado: desde las guerrillas narcoterroristas de las FARC, hasta los sandinistas nicaragüenses, pasando por los tupamaros uruguayos o el FMLN salvadoreño.

El propósito de Castro al respaldar este empeño era bastante obvio: fortalecer un mecanismo internacional capaz de amparar a su gobierno y de compensar en el terreno político la orfandad en que lo había dejado la desaparición de la URSS. Castro, como muchos de sus partidarios, pensaba que la revolución sólo podía subsistir en medio de un conjunto de países y vociferantes organismos aliados, dispuesto a proteger a la Isla ante la eventualidad de un ataque norteamericano.

En el campo económico, Castro adoptó otra decisión: aceptar la menor cantidad de reformas que le garantizaran la supervivencia del sistema, siempre tomando precauciones para que esas reformas fueran controladas por la inteligencia militar mientras estuvieran vigentes, y pudieran revertirse cuando las circunstancias cambiaran. A esta etapa excepcional le llamó periodo especial.