Actualizado: 26/11/2022 10:59
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Política

El pacto entre reformistas y demócratas

La clave para una transición pacífica en Cuba tras la muerte de Fidel Castro.

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Para lograr estos objetivos, por ejemplo, situó a militares o ex militares en las empresas mixtas creadas con capitalistas extranjeros, y limitó los contratos a períodos cortos. Si aceptaba socios extranjeros era porque necesitaba capital y know-how, y no porque estuviera dispuesto a desmantelar el sistema comunista. Varias veces recalcó públicamente que el capitalismo le producía una profunda repugnancia.

Como parte de ese período especial, aceptó la dolarización, autorizó algunas actividades privadas poco importantes, abrió las puertas al turismo, trató de revitalizar la industria azucarera y potenció el desarrollo de la biotecnología. De acuerdo con sus propias predicciones, en cinco años esas medidas le darían una vuelta total a la economía, incluido el suministro de alimentos. Él mismo se hizo colocar al frente de un plan alimentario que supuestamente terminaría para siempre la escasez crónica de comida que padecen los cubanos.

Fracaso parcial

Los resultados no fueron como Castro había previsto. La dolarización alivió la crisis, pero simultáneamente permitió que cientos de miles de cubanos pudieran escapar al control económico del Estado mediante las remesas de sus familiares o por los pequeños negocios privados que realizaban.

La industria azucarera colapsó, al extremo de que fueron desmantelados decenas de ingenios y la producción se vio reducida a los pobres niveles de hace un siglo. La biotecnología nunca se convirtió en un rubro verdaderamente importante de la economía nacional. Los alimentos siguieron siendo muy escasos y muy caros para el poder adquisitivo de la población. Sólo el turismo mostraba unos patentes logros al elevar el número de visitantes de unas pocas decenas de millares en 1990 a dos millones en 2005.

Sin embargo, esa estrategia comenzó a dar ciertos frutos a fines de los noventa. En esa época, se estabilizó la economía, aunque todavía los niveles de producción y consumo eran considerablemente menores que en 1989, cuando el Muro de Berlín fue derribado.

En quince años, Castro no había cumplido su promesa de recuperación económica, pero la sociedad había reducido sus expectativas y se había resignado a vivir peor. No obstante, el precio pagado por ese fracaso consistió en una disminución general del entusiasmo con la revolución y con su líder, al que percibían como un hombre terco e inflexible, indiferente a la realidad, al que culpaban directamente del desastre.

La interpretación de Castro, claro, era otra. Según el Comandante, la experiencia de esta etapa de leves reformas había producido un grave daño moral en la población y en la dirigencia. De acuerdo a su visión inflexiblemente colectivista, los cubanos, sobre todo los jóvenes, se habían tornado individualistas y alejado de la revolución, y no mostraban otro horizonte que el deseo de consumo de bienes materiales procedentes del decadente mundo occidental. La clase dirigente, por su parte, a juzgar por el implacable juicio del Comandante, se había vuelto corrupta y hedonista, más interesada en vivir mejor que en mantener encendido el fuego revolucionario.