Actualizado: 16/05/2022 14:14
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Sociedad

Entre 'Montecristi' y 'La historia me absolverá'

El problema racial cubano bajo el prisma de la historia, la política y la academia.

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Un Manifiesto

Vamos a abordar, de manera muy sucinta, el tratamiento del negro en el Manifiesto de Montecristi, un documento programático escrito por Martí para dar a conocer al mundo la sustancia de la revolución que se iniciaba y cuáles eran sus expectativas, razones y problemas. Para De la Torre, este documento es el único de su tipo en el hemisferio occidental que menciona a los negros como una fuerza positiva en la sociedad.

Martí refiere aquí la mentira que formulaba a la raza negra como un peligro de dictadura, lo cual el poeta deprecia como "temor insensato" que en el fondo pretendía abortar la guerra. Y un poco más allá afirma que cubanos hay ya "olvidados para siempre del odio en que los pudo dividir la esclavitud".

He aquí un deseo de Martí y no una realidad. Pero los lectores de su tiempo conocen estas manifestaciones del poeta, sus debe ser, sus ilusiones con verbo en presente. Si este tipo de declaraciones disgusta a los cubanistas, sin duda que desde mucho antes de 1895 se habían hecho tan comunes entre sus lectores, que no había isleño que lo leyera o escuchara y no supiera dónde había que pararse y qué entresacar de la conjunción de idealista y hombre práctico que cifra a Martí; dualidad frecuentada entre otros por Manuel I. Mendez, Nöel Salomon y Le Riverend.

Revísense los artículos de Rafael Serra, uno de los más cercanos amigos de Martí, y se verá cuáles porciones de su obra selecciona y se reconocerá por qué a uno de sus periódicos le llamó La Doctrina de Martí. ¿Quién inspiró y qué ideas refleja, por otro lado, La república posible? Este opúsculo es el más brillante homenaje que se haya rendido jamás al antirracismo martiano. Y Serra fue, sin duda, el líder negro más radical desde finales del siglo XIX hasta 1909, en que fallece. No sin perspicacia dice Aline Helg que fue Serra quien mejor articuló el desafío contra la ideología dominante. Olvida sin embargo que tal desafío se redondea a través del poeta.

El tabaquero y autodidacto divulgó bases teóricas —de resistencia pacífica martiana desatendidas luego—, en momentos en que cuajaban los ánimos para la fundación de lo que sería el PIC. Serra mantuvo relaciones de amistad con Evaristo Estenoz y con otros dirigentes negros. Recuérdese que resultó electo en dos mandatos a la Cámara.

No por gusto Michelle Van Beusekom plantea que el olvido de la obra martiana durante la República es un mito entre los estudiosos, y añade que su pensamiento jugó un gran papel durante los primeros años de la República entre los cubanos que se hallaban con él en Estados Unidos y luego fueron a Cuba. Entre aquellos isleños están Serra y otros negros exiliados. Hugh Thomas asegura que Martí y Maceo eran los horizontes ideológicos de los Independientes, y Fernández Robaina corrobora la presencia del Maestro entre ellos.

¿Por qué habla Martí en el Manifiesto de subordinados generosos en la guerra de 1868? Generosos porque eran mayoría y no intentaron prevalecer sobre la revolución. Nace también de la actitud no confrontacional de casi todos los negros ante los oficiales y políticos racistas. Estos son los que el poeta cataloga de "revolucionarios señoriales", que "echaron en brazos de España más guerrilleros, en el desconsuelo de una aspiración engañada, de los que se ganó por la paga o el terror" (III:351-52).

A quién más que al negro afecta este desconsuelo. De los revolucionarios señoriales recordará, además, sus manos extraviadas (IV: 204). Eran aquellos que querían continuar tratando a los negros como esclavos, sostiene Rebecca J. Scott, que, aclaro, no asume las ideas de los cubanistas mencionados.

Y habría que preguntarse también por otros significados de la subordinación. En la guerra, desde el punto de vista militar, subordinarse implicaba amor a la causa por sobre todas las cosas, pues las indisciplinas abrieron el camino de la traición y la paz. A los cubanos —escribe el poeta— no les quitaron la espada, la entregaron (IV: 248). Para Antonio Maceo, el Zanjón fue lisa y obviamente una rendición.