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México

Indicios de renovación

Sin el Castro más viejo, los gobiernos de Cuba y México pueden establecer lazos que dejen atrás al pasado.

El presidente de México, Felipe Calderón, acaba de cumplir sus primeros cien días en el poder. Aunque no era mucho lo que se esperaba de esta primera etapa —que mostrara la fuerza eludida por su predecesor y ampliara su alcance tras una estrechísima victoria electoral—, lo ha hecho bien.

El despliegue en seis estados mexicanos de casi 30.000 soldados contra los narcotraficantes, mostró el temple del presidente y le ganó una opinión pública muy favorable. Pero pronto las nubes se le acumularon.

A mediados de enero, el aumento en el precio de las tortillas —un producto básico, así contenga langosta o ingredientes más humildes— causó su primera crisis interna. Esta crisis, que continúa, es emblemática del confuso laberinto mexicano, que ni el TLC-América del Norte (1994) ni el gobierno de Vicente Fox (2000-2006) han podido superar. Las relaciones exteriores, específicamente con Cuba, agitaron la perenne caldera en ebullición del nacionalismo.

El libreto es muy conocido. En América Latina, sólo México desafió a Estados Unidos y mantuvo relaciones normales con La Habana después que la Revolución llegara al poder. Para muchos políticos mexicanos, la no intervención en los asuntos internos de otros países era y es un principio sacrosanto.

Sin embargo, nada político es tan prístino. Durante décadas, los servicios de inteligencia mexicanos cooperaron con la CIA en los asuntos cubanos y, al denunciar los abusos de los derechos humanos de Augusto Pinochet, se echaron a un lado principios sagrados. La lista de ejemplos es larga.

Zedillo y Fox contra los dinosaurios

Más allá de los principios, Cuba ha sido un medio a utilizar para lustrar las credenciales nacionalistas de México. Al igual que en Estados Unidos, las consideraciones políticas internas pesan mucho sobre la política mexicana hacia la Isla. Aun antes de que Fox desalojara de la presidencia al Partido Revolucionario Institucional (PRI), la política hacia La Habana mostraba cambios. La ciudadanía hacía suyos los derechos humanos y la democracia, y así incidía en la política exterior mexicana.

Desafortunadamente, esto no era todo. Cuando el presidente Ernesto Zedillo comenzó a moverse fuera de las líneas trazadas por la política tradicional, el tema de Cuba entró a formar parte de las luchas internas del PRI. Los miembros recalcitrantes de este partido —conocidos como dinosaurios— se resistieron a los esfuerzos de aquellos que querían dejar el pasado atrás y mirar hacia el futuro. Golpear a Pinochet era una cosa, hacer lo mismo con Fidel Castro era otra, muy distinta.

Aun si se hubiese ideado a la perfección, la política de Fox hacia La Habana hubiera sido anatema para la vieja escuela del PRI y para su pariente, el Partido de la Revolución Democrática (PRD). El debate siempre ha sido más sobre México que sobre Cuba. México está hoy muy lejos de ser lo que fue hace 25 años: las libertades ciudadanas, las elecciones competitivas y la estabilidad macroeconómica son parte del panorama.

Sin embargo, queda mucho por hacer en cuanto a poder ciudadano, competitividad económica y justicia social. Cómo llegar de aquí a allá está en el centro de la discusión. La clase política mexicana se divide entre los que auspician una competencia total —económica y política— y los que favorecen los controles corporativistas del pasado. ¿Por qué México, que ya ha transitado la primera senda, no puede seguir una nueva política exterior también con La Habana?

Si México no es el mismo, tampoco lo es Cuba. Aunque no está ni cerca siquiera de una transición democrática, la Isla vive inmersa en una sucesión que hay que seguir al detalle. Para que hubieran tenido éxito las políticas de Zedillo y Fox, La Habana, esto es, el Comandante, tendría que haber aceptado las reglas nuevas del compromiso, a lo que él se negó. Siempre se necesitan dos para bailar un tango.

¿Qué hará Raúl?

¿Seguirá Raúl Castro la línea de siempre o abrirá nuevos caminos en las relaciones internacionales de la Isla? Ni México ni Cuba se han beneficiado de las tensiones de los últimos años. Hace dos días, Patricia Espinosa, canciller de México, anunció un acercamiento con La Habana. Sin el Castro más viejo, México y Cuba pueden establecer lazos que dejen atrás al pasado.

Calderón camina por una cuerda floja en las relaciones exteriores (en las interiores también). Está comprometido a darle a México un mayor perfil latinoamericano, sin descuidar la relación indispensable con Estados Unidos. Abundan los obstáculos: Brasil, por ejemplo, no quiere a México en América del Sur. Y hay oportunidades que no se pueden perder, como las de Cuba.

A través del diálogo y la democracia, México, Brasil y otros países de la región, podrían ayudar a que la Isla despierte sin sobresaltos de su larga pesadilla nacional. También, en ese camino, las víctimas de Fidel Castro por casi cinco décadas, deben —de una forma u otra— recibir el reconocimiento y el respeto que por tanto tiempo les han sido negados.

© cubaencuentro

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