México
Calderón a Los Pinos
La batalla que comienza: riesgos de un presidente débil y un jefe de la oposición insurrecto.
Al declarar al derechista Felipe Calderón Hinojosa presidente electo de México (Partido de Acción Nacional, PAN), el Tribunal Electoral de la Federación puso remate legal a un prolongado y crispado proceso electoral que se inició en octubre de 2005.
En los comicios del pasado 2 de julio, la ventaja de Calderón (14.916.927 votos) sobre su más cercano competidor, Andrés Manuel López Obrador (14.683.096 votos), fue de menos de un punto porcentual. Eso y una campaña que se caracterizó por un ríspido duelo de agresiones, dicterios y propaganda sucia, mantuvieron en vilo al país durante dos meses. En medio de los dos colosos, el PRI pasó a un discreto tercer plano, lejos de su áurea posición de partido dominante (más de 8 millones de votos, 124 diputados y 33 senadores).
El ambiente de mutuas descalificaciones y diseminación de temores en caso de que ganara el adversario, hace suponer que buena parte del electorado asistió a votar, no a favor de una de las figuras propuestas, sino en contra del otro. Durante las primeras horas del escrutinio la ventaja favorecía a López Obrador, pero apenas fueron fluyendo los votos del norte del país el panista fue alcanzando al perredista, hasta que finalmente le ganó por un estrecho margen.
Mientras López Obrador se empeñó en cerrarse puertas y cortar de tajo alianzas con los sectores empresariales —a algunos de cuyos personajes llegó a amenazar con retirarles privilegios y hacerlos pagar impuestos omitidos—, el PAN dispuso ampliamente del favor de las televisoras y de un obsecuente presidente Fox, que intervino directamente en la campaña impulsando el temor de que López Obrador llevara al país a la catástrofe, mandando a sus colaboradores a ofrecer apoyos a los gobernadores y, sobre todo, utilizando los vastos recursos asistenciales del gobierno para la compra de votos y voluntades.
Curiosamente, en algunos spots se le imputó a AMLO ser un clon del venezolano Hugo Chávez, paradigma de la violencia y la descompostura democrática para los mexicanos.
Política desde la calle
Apenas empezó a intuir Andrés Manuel que el litigio post-electoral no le sería favorable, adoptó una estrategia de acción directa. Desde mediados de julio ocupó la plaza principal de la capital (el Zócalo) y un eje de 19 kilómetros de la principal avenida capitalina, con campamentos de sus partidarios.
Las huestes que participan en el bloqueo urbano están integradas por militantes de organizaciones de vendedores ambulantes, taxistas piratas, precaristas urbanos, grupos de ancianos subsidiados y otras organizaciones clientelares, a los cuales se otorgan puntos por hacer turnos de cuatro horas. Los puntos se contabilizan después para obtener prebendas. Según informes periodísticos, a los asistentes se les reparten alimentos preparados, en los reclusorios controlados por el gobierno perredista de la Ciudad de México.
Aparte de esta población pacífica, López Obrador cuenta además con grupos de golpeadores con estructura muy cercana a la paramilitar, capaces de participar en actos de violencia contra la policía y entre los cuales figuran los Pancho Villa de la zona de Culhuacán.
Estos megaplantones han tenido el objetivo de llamar la atención nacional e internacional sobre el supuesto fraude que se habría operado contra el candidato populista y, en lo inmediato, presionar a los magistrados del Tribunal Electoral de la Federación (TRIFE), encargado de examinar las pruebas y alegatos que se presentaron para su consideración.
A lo largo de dos meses de impugnación, López Obrador alegó fraude cibernético; después, fraude a la antigüita con relleno de urnas (estas son transparentes), colusión de funcionarios electorales en un fraude masivo (en las casillas participaron medio millón de ciudadanos sin partido), etcétera.
Ninguna de sus acusaciones pudo ser sustentada, salvo las evidentes intervenciones públicas del presidente y los empresarios del Consejo Coordinador Empresarial. Si bien la empresa Televisa no simpatizaba con sus afanes, AMLO dispuso de un programa matutino diario, dirigido por él, en la competidora Televisión Azteca, además de la cobertura diaria del periódico La Jornada y la presencia constante en decenas de radiodifusoras.
La exigencia inicial fue que se llevara a cabo un recuento "voto por voto y casilla por casilla". El Tribunal ordenó la revisión de los documentos del 9% de las casillas y los resultados no alteraron sustantivamente el cómputo inicial.
Importantes diarios occidentales ( The New York Times, The Washington Post, El País) se persuadieron de que la protesta lopezobradorista no tenía bases para apoyar sus impugnaciones y lo contradijeron. Y las clases medias urbanas se comenzaron a cansar de tanta necedad. Un humorista sentenció: "Sí, que se abran todas las casillas para retirar el voto que deposité por él". El chiste revela una situación ampliamente difundida: muchos de sus votantes están arrepentidos.
El pánico evitó la sangre
El pasado 1 de septiembre, Vicente Fox debió haber rendido su último informe de gobierno en la sesión inicial de la nueva Legislatura del Congreso. Se trataba de una ceremonia ritual en la que el mandatario ofrecería su perspectiva personal sobre la situación política del país. Es una fecha de señalada importancia política.
Previamente, las fuerzas de AMLO expresaron que sabotearían la junta parlamentaria e hicieron un intento por tomar el local, un vasto palacio que ocupa diez hectáreas. El grupo fue rápidamente desalojado y para la ceremonia presidencial se desplegó un operativo de miles de policías y soldados vestidos como tales, que acordonaron —mejor dicho, blindaron— el recinto y la zona aledaña, con un impresionante dispositivo de fuerza que incluyó tanquetas antimotines.
El temor se apoderó de los dos actores. O el pánico. Se temía un encontronazo con muertos y heridos y fue el pánico precisamente, el miedo, el que salvó la situación. Los diputados y senadores del PRD tomaron la tribuna antes del arribo de Fox, con lo que impidieron que éste entrara a la sala de sesiones. El presidente entregó su documento en el vestíbulo y se retiró. El saldo fue blanco: cero heridos, cero muertos y cero escándalo.
Si los legisladores izquierdistas hubieran tomado la tribuna con el presidente en el recinto, quién sabe hasta qué grado hubiera llegado el encono y las agresiones entre los contendientes. El Estado Mayor Presidencial —un cuerpo militar de élite— habría tenido que intervenir para resguardar la dignidad presidencial.
Fox no ocupó la tribuna y la sangre no llegó al río.
La disputa por los héroes
Pero el conflicto sigue. Después de la declaratoria de presidente electo a favor de Calderón Hinojosa, el mes de las fiestas patrias sigue dando lugar a que los políticos jueguen con los símbolos nacionales. La noche del 15 de septiembre es la fiesta más popular y auténtica de los mexicanos: la conmemoración del Grito de la Independencia, que consiste en que el presidente sale al balcón central del Palacio Nacional empuñando una bandera y gritando vivas a la patria y a los héroes, y es coreado por una abigarrada multitud desde la plaza.
Al día siguiente, en la mañana del 16 de septiembre, suele desplegarse desde ahí, y por todo el corredor, ahora ocupado por los perredistas, el tradicional desfile militar. Pero sucede que ahora López Obrador tiene su campamento más importante precisamente en esa plaza y él también se dispone a dar el Grito, en una disputa por la apropiación de los símbolos patrios.
Estos dos actos, que desde siempre han simbolizado la unión de los mexicanos, se colocarán ahora en medio o cerca de la pugna.
Precisamente para el 16, AMLO convocó la celebración de una llamada Convención Nacional Democrática (CND), a la que invitó a centenares de miles de sus seguidores. Ahí les propondrá, para que se apruebe de viva voz, que se desconozca al presidente electo y se nombre a un "jefe de Gobierno en Resistencia", a un encargado del Poder Ejecutivo o a un "Coordinador de la Resistencia Civil Pacífica".
Esa persona sería el "encargado" de defender a los pobres, el patrimonio de la nación (no a la privatización del petróleo, electricidad, educación, servicios de salud y seguridad social); de garantizar el derecho a la información, desaparecer el Estado patrimonialista, renovar las instituciones políticas y, finalmente, de que la CND decida si el nuevo órgano que se instale y quien lo representa, tomará posesión el 20 de noviembre (aniversario de la Revolución Mexicana de 1910) o el 1 de diciembre (fecha de la toma de posesión del presidente electo).
En su impaciencia, AMLO no esperó al 16 de septiembre y la noche del martes 5, de plano, declaró a Calderón Hinojosa "presidente ilegítimo, espurio y pelele", al que no reconocerá. Los legisladores de su partido suscribieron un compromiso para impedir que tome posesión el indicado día 1 de diciembre.
Según se ve, la izquierda se propone —si antes no se fractura— una operación tenazas: por un lado, el PRD y sus aliados, PT y Convergencia, actuarán en la pista institucional con sus 158 diputados (de un total de 500), 35 senadores (de un global de 128) y 2 gobernadores, mientras su ex candidato presidencial, López Obrador, una especie de campeón sin corona, desconoce desde la calle todo el sistema legal y se propone reformarlo sin pasar por los poderes. Una extraña dualidad de partido político y movimiento social contestatario.
Un arriesgado juego de ajedrez
Del otro lado de la valla, pese al triunfo legal, las cosas no se miran tan tranquilas. Felipe Calderón asumirá la presidencia severamente cuestionado por la magra distancia que obtuvo de AMLO y por las malas artes empleadas en su promoción. No era el candidato de Fox ni de su beligerante esposa Marta Sahagún, y mucho menos del presidente del PAN, Manuel Espino, un combativo líder de la logia fascista conocida como El Yunque.
Débil ante la población, lo es también en el interior de su partido; tanto, que los coordinadores parlamentarios del PAN en el Congreso fueron impuestos por su adversario Santiago Creel Miranda y no le reconocen lealtad alguna.
Si quiere congraciarse con los ciudadanos, Calderón tendrá que emprender una acción contra los delincuentes del foxismo —la señora Sahagún y sus hijos, los hermanos Bribiesca—; pero si lo hace, arriesga el quebradizo apoyo del panismo.
Por otra parte, Calderón carece de interlocución ante AMLO y los perredistas, que tienen tomada la yugular de la capital y cuentan con un alto potencial de movilización en casi toda la República. Se verá precisado a atender las peticiones de la fracción priísta, que en silencio y con paciencia espera arrancarle costosas concesiones, a cambio de aprobar en el Congreso propuestas de gobierno —los cruciales presupuestos anuales de ingresos y egresos— y de reforma legislativa.
El enfrentamiento parece transcurrir en espera de que alguno de los contendientes se debilite y pierda fuerza su capacidad de amenaza y chantaje. En todo caso, lo que viene es un torneo de ajedrez en el que cada parte irá moviendo piezas y ganando espacios a costa del contrario.
En esta tesitura habrá que acostumbrarse a que una parte de la política se haga desde la calle —con ira, gritos y dicterios—, mientras otra batalla desde las vapuleadas instituciones. También a que el tiempo entre a jugar como una variable independiente, que vaya otorgando triunfos al que sepa mover mejor sus fichas. Claro, siempre y cuando no llegue alguien y dé un manotazo o empuje accidentalmente la mesa, y derribe el tablero y las piezas terminen en el suelo.
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