Alemania
¿Quién le teme a Angie? (I)
El incontenible ascenso de la 'dama de hierro' alemana.
Angela Merkel es ya la octava jefa de gobierno de la República Federal de Alemania. El 22 de noviembre de 2005, Angie, como la llaman sus leales, saltó la última valla en su abrupta carrera por la conquista de la cancillería federal. El recién estrenado presidente del Bundestag (Cámara Baja) dio a conocer puntualmente los resultados del escrutinio en el hemiciclo parlamentario del antiguo Reichstag: 397 votos a favor, 202 en contra, 12 abstenciones y una boleta anulada.
Además de las falanges opositoras, un total de 51 diputados de la coalición gubernamental rojinegra (SPD-CDU/CSU) inclinaron el pulgar hacia abajo. Se esperaba que lo hicieran a lo sumo entre diez y veinte. El inútil gesto, no por serlo, deja de presagiar discordias futuras susceptibles de romper la actual armonía entre los aliados.
Como era de esperar, los tres partidos minoritarios de la oposición, que veían esfumarse como por encanto sus halagüeños resultados en los comicios, hicieron uso de su legítimo derecho al pataleo frente a una correlación de fuerzas tan abrumadora que, ni siquiera aunando fuerzas, les permitirá jugar un papel efectivo durante la próxima legislatura.
Y es que, entre Alianza 90/Los Verdes (ya sin el carismático ex ministro del Exterior Joschka Fischer, una de las tantas cabezas que rodaron en el proceso), los liberales del FDP y el nuevo partido La Izquierda-PDS, capitaneado al alimón por el renegado Oskar Lafontaine y el socialista democrático Georg Gysi, controlan apenas 164 escaños, más que insuficientes para frenar al gobierno o imponer sus iniciativas, aunque lograran poner a un lado sus enormes discrepancias ideológicas y recibieran algún refuerzo de los diputados democristianos y socialdemócratas inconformes con la gestión de Angela Merkel.
Sin embargo, no hay que engañarse. Gobernar con una mayoría tan aplastante como la lograda por la Merkel tiene —sobre todo cuando hay que hacer recortes que afectan sensiblemente el nivel de vida de una población mimada por las bondades de la sociedad de consumo— el inconveniente de canalizar forzosamente la protesta ciudadana hacia los partidos minoritarios y, a la larga, erosionar la base popular de los dos grandes partidos gobernantes, comprometiendo el futuro. Igual pudiera ocurrir lo contrario. Todo dependerá, por tanto, del éxito o el fracaso de esta gran coalición rojinegra, con la cual Alemania se desintoxica al fin, ideológicamente, tras dos siglos de enconada, a ratos cruenta, lucha de clases, y dos totalitarismos de la peor especie.
Pero, para hacernos una idea documentada de si Angela Merkel es capaz de dar la talla al frente de la cancillería federal en esta desbocada era de la globalización, veamos primero quién es en realidad esta mujer.
Breve biografía de Angela Merkel
Angela Dorotea Kasner nació el 17 de julio de 1954 en el seno de una familia de clase media profesional oriunda de Hamburgo. Sin ser lo que se dice un fanático religioso, su padre, el pastor evangélico Horst Kasner, debe de haber sido un protestante de ley, pues semanas después del nacimiento de la Merkel hizo lo que apenas unos pocos comunistas convencidos y un par de despistados: por consejo de sus superiores evangélicos, abandonó la pujante RFA del Milagro Económico para sentar sus reales junto a su fiel media naranja en Templin, una mísera aldea brandeburguesa de 15 mil almas en Alemania Oriental.
La vida en la RDA era dura en aquellos años de posguerra. Ángela: "Mi padre tuvo que aprender a ordeñar chivas, y a mi madre una anciana la enseñó a hacer espinaca de ortigas. Nuestros medios de locomoción eran una estrafalaria vespa y una bicicleta". Sobre su educación puritana comenta: "Como niño uno no lo tiene nada fácil cuando ha de hacerlo todo en forma ordenada e impecable". Para completar el rigor puritano en el hogar de los Kasner, la madre, Herlind Jentzsch, era pedagoga.
Su primer recuerdo de un hecho político está relacionado precisamente con la imagen de su madre llorando en un banco de la iglesia el 13 de agosto de 1961, día del inicio de la construcción del Muro. Los Kasner les metieron en la cabeza a la niña la idea de que, siendo hija de un clérigo en país ateo, estaba condenada a sobresalir en la escuela si deseaba matricular una carrera universitaria. Tan cierto como que su propia madre, profesora de inglés y latín, nunca pudo ejercer el magisterio en Templin por ser la esposa del párroco de la aldea.
Para asegurarles un porvenir a sus hijos, el pastor Kasner, hombre flexible y poco dado a la mojigatería, no tardó en hacerse ducho en una técnica que los cubanos de la Isla dominan a la perfección: el arte de la doble cara, de nadar y guardar la ropa en la corriente del "socialismo realmente existente".
Sus vecinos de Templin no le endilgaron el apodo de "Kasner el Rojo" por gusto, sino porque fue dirigente del Arbeitskreis Weissenseer, un foro evangélico fundado, bajo cuerda, a instancias de la STASI, la omnipresente policía secreta de la RDA. (Donde se ve que la sutil labor de la Seguridad del Estado de Cuba con las sectas protestantes tampoco tiene nada de original). En ese ambiente de férreo control paterno, suspicacias parroquianas, doble moral y asedio policiaco, transcurrieron la infancia y adolescencia de Angie.
Al libre albedrío
Ese año memorable de la construcción del Muro, la pequeña Angela se inició en la vida escolar. Aunque desde el primer grado sacó siempre notas de sobresaliente, en su escuela no le concedieron las medallas correspondientes. A fin de evitar las consecuencias de un adoctrinamiento precoz, sus padres no la dejaron afiliarse a la organización pioneril de la Juventud Libre Alemana (FDJ), cantera del Partido Socialista Unificado de Alemania(SED).
La prohibición paterna no cesó hasta después que, al arribar a la pubertad, la joven fue confirmada en la iglesia de Templin según el rito de paso protestante, en lugar de someterse a la Jugendweihe, el ritual ateo oficial de iniciación a la vida adulta. Ya con una sólida formación evangélica, los Kasner dejaron a su libre albedrío la cuestión del ingreso a la FDJ.
Fue así como, motu proprio, vistió por primera vez la camisa azul de la FDJ, que lucía también por entonces otra coterránea, tristemente célebre ella: Tamara Bunke, alias "Tania la Guerrillera". Dicen las malas lenguas que Angie llegó a ser responsable de Agitación y Propaganda de la Juventud Libre Alemana a nivel municipal, pero ella jura que apenas repartía entradas para el teatro. Nadie ha podido desmentirla. Justo hasta la caída del Muro, la suya será, pues, la vida normal de un joven "parametrado" (integrado, en la jerga castrista) del montón en la RDA. Eso sí, sin el fervor de los Betonkoepfe, como se conocía a los "cuadrados" en la RDA.
Cabe aquí la salvedad de que la FDJ no era selectiva como la UJC, su homóloga cubana. Decenas de miles de profesionales y obreros cubanos formados en la RDA aún recuerdan con nostalgia las relativas bondades de la vida juvenil en la RDA: radiograbadoras, antenas parabólicas (para sintonizar canales occidentales), motocicletas, "Trabys" (marca de los ortopédicos autos fabricados en la RDA), bandas de rock, discotecas, fashings, yatismo, playas para nudistas, viajes sin tema a países socialistas de Europa Oriental, campismo, asiduos contactos con chicos y chicas de Alemania Occidental, mercado estatal y paralelo sin racionamiento, cadena de tiendas "Salamander" (shoppies), trabajo invariablemente bien remunerado, etcétera.
De ahí que Angie, quien se ganó sus primeros marcos como cantinera en los jolgorios del Club Estudiantil, guarde un grato recuerdo de sus años mozos en un país socialista de corte prusiano donde, a diferencia del nuestro, las cosas funcionaban como Dios manda (recurso retórico del autor, que es ateo) y la gestión estatal oficial nunca estuvo tan reñida con la calidad de la vida como en la Isla de nuestras penurias.
Esta mirada al pasado sin rencor, a la par con la admirable formación ética que le dieron sus padres, será más tarde una de sus cartas de triunfo en la política alemana. "Si algo aprendimos en la RDA —dirá más tarde—, es una fina sensibilidad para la honestidad". Un aprendizaje difícil de hacer en la picaresca quevediana que se vive en Cuba.
De su talento y tesón estudiantil da fe el hecho de que haya llegado al nivel nacional en una Olimpiada de Matemática. Además, a los 15 años compitió en la Olimpiada Internacional de Ruso, celebrada en Moscú en 1970. En la capital soviética adquirió su primer disco de los Beatles: In a Yellow Submarine (en una época, compárese, en que nadie se imaginaba que un día la estatua de Lennon adornaría un parque habanero).
Un detalle revelador: Angie era fan del cantautor disidente Wolf Biermann, una especie de Pedro Luis Ferrer germanooriental, cuyo destierro en 1976 desató una fuerte polémica en los medios culturales de la RDA.
Su expediente en la STASI
Quienes la conocieron en la época de la Universidad de Leipzig coinciden en que fue una alumna "muy aplicada y autodidacta". Ya antes, dice su profesora de ruso, "mechaba" hasta en la parada del ómnibus. Estudiante brillante, sabía hacerse querer, ya que no sólo se cuidaba de no opacar a sus condiscípulos, sino compartía de buen grado sus conocimientos con los menos aventajados. Sus biógrafos certifican que era "circunspecta sin ser tímida", poseía dotes de mando y mantuvo siempre una decencia elemental: no delató a nadie en un país donde la soplonería era poco más que un "delito de caballero".
De haber incurrido en ese pecado capital, sus detractores en la Alemania reunificada, quienes deben de haber hurgado a fondo en los minuciosos archivos de la STASI, la habrían desacreditado sin piedad. (Tomen aquí nota, por favor, aquellos fulanos de la Isla que cojean de esa pata: el día menos pensado sus expedientes en Villa Maristas pueden jugarles una mala pasada). En cambio, consta que, tras licenciarse en Física en 1978, rechazó una oferta del Ministerio de la Seguridad del Estado.
En su expediente secreto figuran dos señalamientos graves: "diversionismo ideológico" y simpatías por el sindicato polaco Solidaridad, que más bien reflejan la meticulosidad de la STASI. De hecho, un condiscípulo suyo que es hoy concejal socialdemócrata afirma haberla juzgado entonces: "más a la izquierda que yo, aunque con mucha vista larga".
Al regreso de Hamburgo en 1986, a donde viajó con la excusa de asistir a la boda de una prima hermana (tan laxas eran las autoridades de emigración de la RDA), saca en limpio esta conclusión: "Si uno puede elegir libremente, escoge el mundo occidental". Una convicción que, como veremos más adelante, guiaría su conducta en el caos posterior a la caída del Muro.
A falta de culpas más graves, el colega encargado de espiar a la ambiciosa investigadora del Instituto de Física de la Academia de Ciencias, tal fue su primer empleo, no desdeña chismes, como el detalle de que a la casa de los Kasner en Templin llegaban paquetes de Alemania Occidental, o su práctica del amor libre: "sus noviazgos raras veces duran más de medio año". Y ya que hemos entrado en el tema amoroso: su primer matrimonio en 1977 (por la iglesia, a instancias de la novia) con Ulrich Merkel, de quien conservó el apellido, terminaría cuatro años después con un reparto de bienes a la cubana: ella se quedó con la lavadora y él con los muebles.
La canciller de la Alemania reunificada
En 1984, mientras escribía su tesis doctoral en la Humboldt-Universität de Berlín conoció a su actual esposo, el especialista en química cuántica Joachim Sauer, con quien se casó en 1998. El Dr. Sauer, para más señas sobre el estatus de ambos, se había hecho notorio a la STASI por sus críticas al gobierno. Pese a su secreta aversión al régimen, la Merkel no se sumó a las multitudinarias manifestaciones de protesta en Leipzig que, bajo el lema "Nosotros somos el pueblo", precipitaron la caída del régimen. Era, pues, a todos los efectos públicos, una hoja en blanco antes de la caída del Muro.
Tanto es así que, cuando el 9 de noviembre de 1989 un atolondrado funcionario estatal comete el histórico desliz (tan erráticas podrían ser también en Cuba las campanas del cambio) de anunciar oficialmente la apertura inmediata de la frontera con la RFA, Angela Merkel ni siquiera rompió su rutina cotidiana, limitando su entusiasmo a telefonear a Templin para cumplir la promesa de darle a su madre la grata noticia de la caída del Muro. Después fue a darse su sauna como de costumbre.
Al día siguiente, quitada de bulla, cruzó al otro lado, donde trabó amistad con un grupo de desconocidos que celebraban el acontecimiento en plena calle. Pero se negó a unirse con ellos a la eufórica muchedumbre que colmaba la lujosa avenida Ku'damm en el centro de Berlín Occidental. Y se marchó sin más, so pretexto de que "al día siguiente debía levantarse temprano para ir al trabajo". ¿Cómo iba a poder pasarles por la mente a aquellos amigos de ocasión que acababan de conocer a la futura canciller federal de la Alemania reunificada?
Pero así es la vida. Tal vez usted, lector cubano, conozca ya al futuro presidente de Cuba sin saberlo.
© cubaencuentro
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