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La revolución imaginaria

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El siguiente artículo pertenece al Dossier Cuba 1959-2009, la dictadura interminable, publicado por Libertad Digital con motivo de cumplirse medio siglo de dictadura en la Isla. Aparecen trabajos de autores españoles y cubanos. No se lo pierdan.

La revolución imaginaria

un artículo de Armando Añel

Un régimen que gira en torno a la enfermedad de un hombre cuya permanencia en el poder cumple medio siglo. Una clase gobernante incapaz de pasarle página un anciano decrépito, que le ha hecho padecer el más espantoso ridículo durante la última década. Una Isla en la que decenas de miles de individuos se echan –o son echados- a la calle para recibir a un patético ex golpista que canta rancheras y se pasea con una cotorra posada en el hombro. Una sociedad en la que no se puede ser sino como ente colectivo, impersonal. Un país en el que no se puede ser a escala individual, ciudadana. Una revolución imaginaria.

Algo así sólo puede subsistir institucionalmente afincado en un nacionalismo complaciente, más concentrado en ensalzar su mitología que en localizar la raíz de sus dificultades y carencias. En definitiva, ¿qué es el castrismo como idea –ya se sabe lo que es como hecho concreto- sino un intento de glorificación de lo nacional que se sirve, estructuralmente, del totalitarismo?

Un intento de glorificación de lo nacional y un intento de vulgarización de la diferencia. Porque la llamada “revolución cubana” también ha sido, en una dimensión sociológica, la rebelión de lo escatológico contra lo diverso, la minuciosa y festiva cruzada de la chabacanería contra la mesura. En 1959 la revolución de la inmundicia barrió de golpe, como la peste, con las instituciones, usos y estructuras del orden republicano. En 1968 la revolución ya había dejado de serlo en su carrera hacia la institucionalización de un totalitarismo radicalmente escatológico. Y a finales de 2006 regresaba metafóricamente a sus orígenes, con su máximo impulsor aquejado de los mismos padecimientos –el cerco de la suciedad apretándose en espirales febriles- que en su momento trasladara a la sociedad cubana.

De manera que el círculo vicioso que inaugurara el castrismo se cierra sobre su punto de partida, desmitificándose en el chándal Adidas del Comandante en Jefe. Fidel Castro se muere chabacanamente, chapoteando en su propio detritus. No obstante, parece improbable que tras la desaparición del “máximo líder” sus sucesores consigan desinfectar el sistema arrasando, como el Hércules de la leyenda, con el estercolero de los establos castristas.

El castrismo es el altavoz a través del cual se ha expresado lo más deficitario, elevado a la categoría de revolucionario, de la nación cubana. Y, durante décadas, lo más deficitario ha fermentado sedimentos sobre los que la población emigra, pero desde los que el país vegeta. Cualquier estrategia, o esfuerzo, que pueda realizar la oposición interna, o externa, para movilizar a la población, debe contar con el relativismo imperante. Incluso, para el ciudadano común el hecho de negarse a votar en las jocosas elecciones que se ha inventado el régimen, permaneciendo en casa, implica señalarse. “No te señales”. “Te vas a señalar”. “No dejes que te señalen”. El concepto es archimanejado en la Isla y revela la fibra íntima de la Cuba actual.

Es la base social con que cuentan los neo-reformistas por el estilo de Lage Codorniu y Mariela Castro para perpetuar el sistema tras la muerte de los padres fundadores.

En cualquier caso, una refundación cubana sólo será posible desde la asunción de un nacionalismo crítico formalmente estructurado. Un nacionalismo que deberá empezar por redefinir el propio concepto de nacionalismo, desafío que la mayoría de los creadores de opinión, tanto en la Isla como en el exilio, no han querido, o no han podido, afrontar durante los últimos cincuenta años. Ya no más golpes de pecho, ni patrióticas andanadas, ni especulaciones en torno a la supuesta grandeza del país y su gente. La refundación sólo será posible desde un nacionalismo que asuma no sólo las virtudes de la cubanidad, ya suficientemente alabadas, sino las carencias de una cultura política acríticamente asentada en lo superlativo, en lo imaginario.

No es la vida lo que sigue igual en Cuba, sino la muerte. La lenta muerte de la nación a manos de la oligarquía que usurpa el poder desde hace medio siglo, empeñada en redecorar a perpetuidad un nacionalismo parasitario cuya principal refutación sigue siendo el baño de realidad que diariamente se ve obligada a tomar la población cubana. Es la muerte lo que sigue igual, o esa forma de morir socialmente, civilmente, que Human Right Watch describe como la falta de los “derechos fundamentales de libertad de expresión, asociación, reunión, privacidad, movimiento y al debido proceso”.

Lo otro es la revolución imaginaria.

Cortesíahttp://www.libertaddigital.com/



Gálvez: La solución frente a la fatiga

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Con los rumores de la muerte de Fidel Castro cobrando otra vez fuerza, no viene mal una reflexión sobre la fatiga. Sobre la fatiga y el “cinismo ilustrado”. Y en torno a la pregunta: ¿Se han ido definitivamente los años del exilio insurgente o sencillamente el stand by del comandante nos induce a representar, como quien no quiere la cosa, ese sopor con que antaño madrugaban nuestras mujeres en la cola de la carnicería?

En cualquier caso, la existencia de por lo menos dos generaciones de cubanos para las que la liberación de Cuba ha pasado a ser un concepto marginal –y esto sin generalizar, se entiende- debería poner a pensar al exilio cubano (ese que todavía reivindica tal denominación). En este excelente artículo, Joaquín Gálvez explora el fenómeno de la “fatiga política crónica” que afecta a las nuevas generaciones de cubanos:

La solución frente a la fatiga

un artículo de Joaquín Gálvez

Muchos cubanos de mi generación, entre los 35 y los 50 años, padecen de una fatiga política crónica tras largos años en vilo en espera del cumplimiento de esa solución mesiánica y absolutista que representó la utopía comunista. Entiendo su fatiga; también padezco de ese síntoma generacional, el cual es justificable. Lo que no es justificable es plantear la no solución como solución, pues demuestra que la fatiga ha alcanzado un nivel de paroxismo en el que el cinismo ilustrado se ha vuelto oscurantista, religioso y, por tanto, no logra asimilar la realidad política de su tiempo.

No cabe duda de que la pérdida de la solución absolutista ha dejado un vacío, una huella nostálgica, en muchas personas de nuestra generación. Ese vacío, que se ha convertido en una especie de “Unicornio azul” pastando en prados políticos, es el que hace creer que sin solución absoluta no hay solución. Como consecuencia de esto prevalece un pensamiento caótico, donde el náufrago prefiere dejarse arrastrar por la marea que asirse a la primera tabla de salvación que esté a su alcance.

El sistema democrático, desde el más liberal hasta el más socialista, ha sido capaz de encontrarle soluciones a los problemas porque indaga en las causas de los mismos, sin proponerse la perfección como meta. La Inglaterra de fines del siglo XIX y los Estados Unidos del siglo XX, durante las décadas del 30 y el 60, son dos ejemplos fehacientes de cómo se pueden hacer cambios que traigan soluciones, aun cuando no sean perfectas. En una verdadera democracia, los ciudadanos tienen la virtud de ser escépticos en cuanto a sus líderes políticos y, a su vez, mantener una confianza en su sistema institucional, el cual es producto de la labor conjunta de individuos que, por medio de su actitud cívica, robustecen dichas instituciones. Si se busca una solución es precisamente porque las cosas andan mal. Por supuesto, existe una marcada diferencia entre la solución democrática y la absolutista: la primera busca las soluciones por medio de reformas y, por consiguiente, reconoce que el cambio se logra paulatinamente, apelando a su sistema legal como base fundamental de sus instituciones. La segunda busca el cambio inmediato, radical, y se vale de los mecanismos de violencia que desembocan en una revolución que, al tomar el poder, se vuelve contrarrevolucionaria por ser estática y opuesta a los cambios que entrañan la libertad del individuo; o se aprovecha de una constitución democrática para llegar al poder a través de las urnas y, de esta forma, secuestrar dicha constitución y perpetuarse (Chávez en Venezuela es un buen ejemplo de esto).

América Latina fue víctima de un sistema colonial parasitario, como lo fue el español, cuyas secuelas siguen siendo un obstáculo que le impide marchar a la par de la modernidad política de Estados Unidos, Europa y varias naciones asiáticas, independientemente de sus particularidades culturales. El problema no radica en la lógica de la creación sino en la de la deformación. Nuestros políticos e intelectuales han sido siempre proclives a mezclar lo ancestral o folclórico con lo gubernamental e institucional. Es decir, mezclan la ficción con la realidad; no saben darle al arte lo que es del arte y a la política lo que es de la política.

Muchos de nuestros líderes aspiran a institucionalizar el realismo mágico: ¡vaya delirio! Es como si ahora le reprocháramos al hombre primitivo el haber abandonado las cavernas, o a los bárbaros germanos el haberse convertido al cristianismo, aun cuando en ambos casos hayan pasado a formas más civilizadas de convivencia (aunque, por supuesto, sin ser perfectas). Esa fue la visión que le faltó al Martí sumido en el culto al hombre natural; a diferencia de Sarmiento, que, a pesar de su maquiavelismo y sus excesos contra el gaucho, logró convertir a la Argentina en un país moderno, haciendo énfasis en la educación: institución de primer orden en un sistema democrático.

La sociedad cubana, tras cincuenta años de dictadura totalitaria, ha llegado a niveles de deformación inimaginables. Los pocos valores de la decimonónica burguesía cubana republicana fueron convertidos, por el régimen castrista, en rezagos del pasado, para así reivindicar los atributos de la marginalidad: chusmería, guapería, falta de modales, vulgaridad ciudadana, etcétera. Sin embargo, el problema no es tan simple para pensar que el desajuste proviene del ser, como han sostenido algunos, sino también de sus circunstancias, como diría Ortega y Gasset.

A esas circunstancias hay que darles soluciones, como las buscó Martin Luther King en su lucha por los derechos civiles, o como las expuso el senador demócrata por Nueva York, Daniel Patrick Moynihan, en su informe sobre la cultura de la pobreza en los ghettos negros de Estados Unidos. Hoy esta nación recoge los frutos de sus respectivos empeños, sin que esto implique que no haya que seguir mejorando y perfeccionando, pues si algo tiene de revolucionaria la democracia es que está abierta a la revolución permanente.



Joseluis Sito: Revolución y democracia

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Siguiendo el hilo del artículo La solución frente a la fatiga, de Joaquín Gálvez, reproducimos este comentario de joseluis sito, en torno a los conceptos de revolución y democracia:

Joseluis Sito: Revolución y democracia

El texto de Joaquín Gálvez contiene los dos sistemas de pensamiento enfrentados desde hace 100 años en Cuba. Posición reformista y posición revolucionaria, dos antagonismos que pocos han intentado reconciliar, y que no obstante son reconciliables.

Gálvez intenta convencernos de la necesidad de tomar una vía de salvación: esa de la reforma (“la primera busca las soluciones por medio de reformas”) por oposición a la revolución (”La segunda busca el cambio inmediato, radical, y se vale de los mecanismos de violencia”).

La reforma sería lo propio de la democracia y la revolución sería lo propio de las dictaduras. En todo caso las revoluciones terminarían siempre desembocando en sistemas autoritarios y peligrosos, según se desprende de su artículo. Luego sería indiscutible que la vía de la reforma es la única solución viable y saludable contra la fatiga, siempre según Gálvez. Termina diciendo que la democracia es una revolución permanente, cuando sostenía unos párrafos más arriba todo lo contrario: “la solución democrática […] busca las soluciones por medio de reformas.”

Parece ser que Gálvez está metido en una contradicción, en todo caso algo hay en su texto que no funciona siguiendo normas lógicas y coherentes. Es una apariencia, ya que todo discurso tiene sus propias reglas internas y su lógica inherente. Lo que Joaquín Gálvez (me parece) trata de salvar y reunir es la reforma y la revolución en un mismo molde.

Primero hay que decir que una democracia no es ni revolucionaria ni reformista, es un sistema político que no es ni un régimen. La democracia es una promesa, algo por-venir, es un sistema en constante devenir, siempre moviéndose, es en esto en lo que piensa Gálvez seguramente cuando emplea la palabra “reforma”. Reforma significa aquí cambio, modificación, evolución, etc. Los demócratas trabajan para reformar la sociedad, es decir, para cambiarla y modificarla mediante el apoyo de una sociedad civil y de sus libertades públicas y privadas. Entonces podemos decir que tanto los socialistas como los democristianos son reformistas, y hasta los comunistas y los anarquistas serían reformistas si actuaran dentro de mecanismos democráticos. La palabra reforma empleada por Gálvez no corresponde a aquella que se reserva habitualmente a los partidos conservadores, amantes de la paulatina reforma política y reacios a toda transformación espontánea o radical de la sociedad.

A la palabra revolución también le da el texto de Gálvez un significado preciso. Se trata del orden nuevo que se instala después de una revolución, de la institucionalización de la rebeldía originaria, de la revolución como sentido de la Historia. Algo que no tiene nada que ver con la rebelión en sí, con el rechazo total y general de cualquier poder asentado.

Según las teorías filosóficas marxistas o hegelianas, de las contradicciones de la sociedad tiene que emerger un orden nuevo indicando un sentido histórico. Este orden nuevo es la revolución y es esta definición reducida, pobre y llena de pequeñez que recoge Gálvez. Y sobre la cual se reposa para declarar en voz baja que la revolución es un “mecanismo de violencia”, puro y duro. Pero la revolución no es eso. Es otra cosa.

Los análisis, los textos y declaraciones de Michel Foucault sobre esta cuestión revolucionaria son indispensables, si queremos comprender algo a lo que significa la palabra revolución y a sus implicaciones.

Para Foucault la revolución es la experiencia de un acontecimiento, es la refutación de un poder, no es la llegada de un nuevo poder y de una sociedad más justa. La revolución es un acto puramente político, pero contra la política misma.

El movimiento de rebelión, de rebeldía, priva el poder de toda legitimación, lo deconstruye, lo zapa, lo invalida, lo dinamita. La revolución pone el poder al desnudo. La revolución es un acontecimiento de pura libertad, sin sentido de la Historia ni estrategia de clase, es un momento de fractura de la Historia.

Cuando Gálvez habla de “revolución permanente”, se refiere (en forma subliminal) a este acontecimiento de pura libertad. Porque sabe, como todos nosotros, aunque algunos inconscientemente, que una sociedad donde la revolución no fuera posible sería una sociedad muerta. Esta sociedad sin posibilidad revolucionaria sería una soledad, como lo dice Espinoza.

Entonces, frente al texto de Gálvez concluyo lo siguiente: la solución contra la fatiga es un acontecimiento, un movimiento, una rebelión, una rebeldía, en una palabra: una revolución.

La fatiga se vence cuando una fuerza de afirmación se alza y destruye la ilusión del poder, los mecanismos de ilusión del poder.

Hay que concluir más todavía. Si no existe una revolución sin manchas y en toda pureza, nos quedan las palabras de Deleuze: “Cuando se dice que las revoluciones terminan siempre mal, todavía no se ha dicho nada sobre el devenir de las personas después de la revolución.”

La democracia es una “reforma” constante, nacida a partir de una revolución, pero no puede ser una revolución permanente. Las revoluciones permanentes son el poder fosilizado. La democracia es más bien la posibilidad abierta del acontecimiento de una revolución, de esa contestación del poder, de esa ruptura.

Es esto el honor de una democracia, poder pensar hasta sus límites últimos. Es esto el deshonor de una dictadura, limitar e impedir cualquier revolución posible. Por eso la dictadura socialo-castrista no es una revolución, es una soledad en piedra.

La solución contra la fatiga es una revolución, entendida como puro acontecimiento de libertad contra el poder y sus mecanismos de ilusión, para instalar un sistema permanente de reformas que no excluye la posibilidad futura de otra ruptura sistémica.



Collazo: España, ¿un ejemplo para Cuba?

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un artículo de Enrique Collazo

Entre la comunidad de académicos y especialistas del tema cubano existe consenso sobre la pertinencia del modelo de la transición española con vistas a un pendiente proceso de transición en Cuba. Esto se debe al éxito que tuvo aquella experiencia histórica en la península, sobre todo porque se basó en un pacto entre las elites y se desenvolvió, contra todo pronóstico, en un ambiente de relativa moderación.

Sin embargo, la transformación en la composición de aquellas elites políticas y el retiro de los que fraguaron la Transición, así como la introducción, con las nuevas generaciones, de retóricas diferentes a las que predominaron en aquel momento histórico, ha devaluado sensiblemente la manera de hacer política en España, destrozando la voluntad de consenso.

Luego de ofrecer un ejemplo paradigmático de transición a la modernidad, venciendo siglos de intolerancia y demostrando al mundo que la hispanidad no era incompatible con una sociedad basada en las libertades, hoy la convivencia política en España es precaria y los espacios de tolerancia y diálogo se reducen a la mínima expresión. La manipulación de la opinión pública, la descalificación del adversario político, la exacerbación de los regionalismos, la corrupción de las administraciones locales, el escandaloso absentismo al Parlamento cuando no el exabrupto grosero e intransigente, así como la creciente politización y crisis del Poder Judicial, entre otros fenómenos recientes, han devaluado el consenso y puesto en cuestión la letra y el espíritu de la Constitución de 1978, profundizándose el enfrentamiento cainita entre españoles, que parecía superado del todo.

Aquel pacto emblemático que igualó gradualmente a España con el resto de las naciones libres de Occidente, ha caducado con el paso del tiempo y con la emergencia de una generación de nuevos políticos que no conocieron los horrores de la guerra. En pocas palabras: el valor de aquel supremo esfuerzo de consenso que logró superar las dramáticas secuelas de una confrontación fratricida y de un régimen autoritario en pos de un futuro mejor, tal y como están hoy las cosas, apenas resiste la prueba de la historia.

En la actualidad resurgen con renovados bríos en la vida política española el dogmatismo cuya consecuencia es la intolerancia. José Martí, que durante su exilio en este país desplegó una enorme capacidad para comprender y aceptar al ser español, expresó en una de sus más agudas reflexiones con respecto a la intransigencia de los cubanos: “la intolerancia: eso hemos heredado de los españoles, aspereza, rudeza contra los que no piensan como nosotros”.

Un siglo más tarde, el profesor y político español Enrique Tierno Galván coincidía con el Héroe Nacional cubano al llegar a la conclusión de que “la intolerancia española procede del pesimismo moral de los españoles respecto de los españoles […] la desconfianza moral es correlativa a una inseguridad casi absoluta […] la fuerza de esta desconfianza moral lleva, inexorablemente al dogmatismo intolerante”.

Al hacer un breve examen de las condiciones prevalecientes hoy en la sociedad cubana se aprecia una estrecha coincidencia con este rasgo tan negativo y que conspira contra el logro de objetivos que requieren de un serio esfuerzo colectivo capaz de generar un fermento, una masa crítica de ciudadanos capaces de convocar e implicar conscientemente al resto de los ciudadanos en pos de objetivos de elevada trascendencia histórica para toda la nación.

La España de los años previos a la transición era un país fuertemente dogmático e intolerante. La severa influencia que ejercía el régimen político autoritario y el poder eclesiástico sobre la sociedad en su conjunto gravitaba pesadamente sobre el español, generando individuos cuyo estilo de vida en general se basaba en una recia intransigencia y fanatismo religioso. Era, en suma, una sociedad con un elevado grado de desconfianza entre sus ciudadanos, de aquí que la vida española era en grado superlativo complicidad y acecho. Citando otra vez a Tierno Galván, “confiar en esas condiciones no es confiar, es ser cómplice, y de la desconfianza y la complicidad nace la continua vigilancia y sospecha que, por lo común, caracteriza a la vida pública española”. Esto lo atribuía el autor a la falta de instituciones propiciadoras de confianza. “Un parlamento en el que se confíe, una Administración que ofrezca confianza, un clero que no abuse”, decía.

En la España del tardofranquismo, una dictadura devenida dictablanda, los resortes ideológicos que legitimaban el régimen como defensor de la unidad de la nación española frente a la “conspiración comunista y judeo-masónica” habían perdido todo su valor práctico a la altura de los años setenta, pues la sociedad presentaba un grado de apertura muy elevado –Estado de derecho, economía de mercado, etcétera- en comparación con la Cuba del tardocastrismo. Esta, por el contrario, representa una férrea dictadura totalitaria sin ningún resquicio de libertad, que ejerce una severa represión y en la que a pesar de la fuerte erosión del componente ideológico nacionalista contra el “imperio y la mafia cubano-americana de Miami”, pervive un alto grado de intolerancia, de dogmatismo, de temor colectivo impuesto por el poder, lo cual genera desconfianza ciudadana en los otros ciudadanos, inhabilitándolos para converger en una acción combinada. La conformación de semejante clima de terror, de silencio impuesto, le ha garantizado al poder cubano un seguro de vida muy eficaz desde su asalto al poder en enero de 1959.

Uno de los factores que posibilitó que España iniciara su andadura hacia la transición democrática y que ésta llegara a buen puerto, fue la voluntad que desplegaron las elites políticas españolas para fiarse unas de las otras y trabajar en busca de un consenso, salvando recelos y prejuicios muy enraizados. Para que la transición se abra camino en Cuba es menester que suceda otro tanto: con el fin de que se cree una masa crítica de cubanos que entiendan y estén dispuestos a liderar los cambios hacia un Estado de derecho, lo primero que se necesita es alcanzar la conquista moral que pasa por restituir la confianza entre ciudadanos que compartan un mismo objetivo común, superando el miedo, la intransigencia y el dogmatismo. Sólo así cualquier pueblo será capaz de llevar adelante y coronar con éxito tan magna y compleja tarea.

Por otra parte, la España autoritaria de Franco y la Cuba totalitaria de Castro guardan también notables diferencias, entre ellas el enorme desafío de crear sobre las ruinas del castrismo una red institucional administrativa eficiente sobre la cual se asiente el nuevo estado de derecho, premisa lograda en la España de 1976 al existir, más allá de la intervención estatal, una economía de mercado y los organismos públicos y privados que le daban respaldo, como la banca, los registros de la propiedad, las administraciones y las haciendas locales, etcétera, así como un cuerpo de leyes y de responsabilidad de las administraciones públicas propias de un Estado de derecho, aunque no democrático.

Quiere decir que el grado de transformación que debe emprender un presunto gobierno de transición cubano es, con gran diferencia, muy superior al adoptado en España a partir de 1976, sobre todo porque, al desaparecer el castrismo, desaparecerá el Estado cubano y con ello la transición cubana supondrá “una gigantesca y muy difícil tarea de reconstrucción institucional”, tal y como expresó el sociólogo español Emilio Lamo de Espinosa en los números 37/38 de la revista Encuentro.

Resumiendo: La enseñanza que para Cuba aporta el modelo español de transición, superado en cierta medida al cabo de treinta años por la dinámica centrífuga de esta sociedad, es que la búsqueda y conformación del consenso político para superar el antiguo régimen, iniciar la transición y adentrarse firmemente en la construcción de un Estado de derecho basado en las libertades, no es labor de un día o de una etapa histórica puntual. La búsqueda del consenso, sin menoscabo de la diversidad y la convivencia entre partidos de diferente ideología, no se reduce a alcanzarlo a duras penas en un momento histórico en que urge su cristalización, sino que es un activo indispensable para el bien común, los intereses de la nación en su conjunto y la gobernabilidad de una sociedad democrática.



Campo de entrenamiento

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Si ahora mismo los cubanos no somos capaces de construir algo verdaderamente productivo en términos nacionales (una democracia, una oposición efectiva en el exilio o cualquier otra cosa parecida), deberíamos entonces concentrarnos en recrear los modelos de convivencia que teóricamente queremos para Cuba, asimilándonos a aquellas culturas que han logrado el desarrollo cívico –cabe volver sobre este último concepto más adelante-, o aprendiendo de ellas. Probablemente no hay mejor campo de entrenamiento para esto que la blogosfera, cuyo protagonismo crece cada día que pasa y cuyas estructuras y procedimientos se prestan, sin que la sangre llegue al río, para ciertos ejercicios modernizadores.

La blogosfera cubana, como espacio de creación-recreación-interacción, está llamada a establecer –a contribuir a establecer- normas posnacionales de convivencia. Puede, en un futuro lejano y por efecto dominó, servir de instrumento de conversión cultural, entendido el concepto como resultado más que como enunciado. Es una esperanza al menos. Las “heridas anímicas” de una cultura parasitaria concentrada en la autojustificación más que en la asimilación de la diferencia, en la formulación del propósito más que en la consecución del resultado, pudieran ser gradualmente suturadas a través del ejercicio consecutivo de la democracia, aun de la democracia cibernética. Proceso lento, pero potencialmente aplastante.

A medida que la blogosfera cubana crece en dimensiones e importancia, se le hace cada vez más difícil conservar la impunidad a quienes en el exilio, y desde Internet, continúan reproduciendo nuestros peores defectos culturales. No es, por supuesto, que de la noche a la mañana los censores vayan a dejar de censurar, las vedettes a dejar de revolotear, los envidiosos a dejar de envidiar, pero su tradicional modus operandi choca cada vez más contra el muro de la transparencia virtual. Choca y se abolla. Estos “agentes del pasado” son crecientemente descaracterizados por un medio que, como la Red de Redes, prácticamente carece de compartimientos estancos. En él, como en las bañeras, el plástico termina por flotar.

Semanas atrás, a propósito de una tesis al respecto, un amigo académico me hacía la siguiente pregunta: ¿Cuánto crees que puede contribuir el debate en los blogs al establecimiento de una democracia en Cuba? Quizá, le contesté, nos acercamos a un tiempo en el que Internet, o más específicamente, la blogosfera, democratizará las relaciones de producción de las elites cubanas, aupando los resultados por sobre los meros enunciados. Entonces los peores defectos de la cubanidad (la envidia, el vedetismo, el dogmatismo, la manía del enfrentamiento…) serán por fin combatidos frontalmente, arrinconados, por esas mismas elites.

Entonces volverán, volveremos, a tomarnos en serio.



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Autor: Armando Añel

Armando Añel

Escritor, periodista y editor. Reside en Miami, Florida.
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