Actualizado: 25/01/2022 14:16
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LA COLUMNA DE RAMÓN

Carta a Hilarión Cabrisas (II)

No existió sitio en el dial en que no aparecieran, al borde de la penumbra, aquellos declamadores que parecían sufrir masticando la cadencia de sus versos.

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Jamás de los majases he dudado del esfuerzo sobrehumano que tienen que hacer los poetas para trasladar a imágenes los sentimientos. Y si lo que hacen les sale cantarino, tintineante, cascabelero y rimado, el esfuerzo es doble, aunque a todos les parezca hecho con facilidad. La felicidad no es fácil, y la rima menos. Cuando un poeta se arrima a la rima, baja de peso, siempre que sea un poeta que intente no repetirse. En el caso de otros, como usted, que tenía un vademécum repleto de vírgenes a mano, y que fue capaz de enyuntar "nexo" con "sexo", ya hay suspicacias de por medio, aunque existen también los suspicaces de por miedo.

He pensado mucho en usted durante toda una semana. Sé que lo dejé arrodillado, solo ante el peligro, a punto de practicar una acción entre poética y erótica con la lengua española, para fijar y dar esplendor, y quizá hasta para sacar brillo a una fruta femenina que se le brindaba, húmeda e hirviente. No sé si lo haría con asco o con placer, o por sentido del beber, ya que por declaraciones versátiles suyas —es decir, hechas en verso— le acomodaba más besar frentes virginales, marmóreas, serenas, que una vulgar vulva en su apogeo.

La culpa es suya. Por ese poema les conoceréis, o le conocieron tanto en la Isla como por el otro, intitulado La lágrima infinita, empatados ambos los dos en el fervor popular, aunque con ligera ventaja del erótico sobre el triste. Total, tristes había montones. Había molote entre desgarrados y dolientes, quejosos de toda laya y llorosos de prosopopeya. Por eso su poema del hombre que se arrodilla frente a una calentorra para sorberle hasta el agua de la lavativa, marcó con fuego a toda una generación de hombres serios y pacatos que, memorizando clandestinamente esos versos, le adoraron por atrevido.

Es el que describe un piadoso cunnilingus, orgánico y nada orgiástico; un soneto carnívoro, un recuerdo velado y desvelado, revelado y rebelado en una primera —¿única?— comunión personal. Se titula Mi primera comunión, a la que, no obstante algunas imágenes fulgurantes y ciertamente de lo más picantoso de la época, califica luego de "perversa". Debió ser por la artritis, o porque la "ardiente gozadora" no tenía en la herida sangrienta de su sexo una higiene de primera, como para quedarse por allí una temporada.

Quizá no estaba desinfectada correctamente. Algo me da que la propietaria de aquella "carne tentadora ungida por los óleos de un aroma enervante" no se llevaba bien con el jabón. Ya lo describe usted más adelante cuando habla de que la susobicha tenía "entreabiertos los labios purpúreos de bacante", y, para rematar, también "sudoroso el sedante vellón de tus axilas". Con ese bejucal en el sobaco qué se puede esperar del marabuzal en las tierras bajas.

Tal vez era todo más sencillo. Si la duración de esa absorción duró catorce versos no era por aversión suya a la explotación petrolera, ni al aroma a ciénaga de aquella berganta, sino a que era usted vegetariano, o alérgico a la carne ungida al óleo. No entiendo mucho el escándalo alrededor de esa obrita levemente libidinosa. Ya había anunciado su amor por Safo con versos tal vez procaces para su tiempo cuando dijo: "anhelo pecadora, tu lascivo contacto", donde, por imprecisa ortografía no sabemos definir muy bien si la pecadora era la poetisa de Lesbos o usted misma.

Era lógico que, ante tanto salpullido erotizante, algo se consumara. Lo escribió de esta manera que analizaremos detalladamente cuando termine de succionar y la dama se dé un duchazo: "Me prosterné a tus plantas y abatí mi cabeza/ entre tus muslos: como un abate que reza/ te ofrendaron mis labios su erótica oración".

Vamos a enderezarnos y a enfriar los ánimos, cosa difícil si una oración de ese tipo se realiza con asepsia mental. ¿Qué es eso de abatir como un abate? ¿El abate, abate, o bate su chocolate? Abatido es acción pesarosa, así que desde la forma verbal indica el ánimo con que se sumergía en el tremedal. Y de ñapa clava a un abate, no solamente por situación de extrema castidad, sino de manera descriptiva y física de la acción misma, además de prohibida, lo que hace el consumo de néctar vaginal más pimentoso, saleroso y olé.

Recurre también a esa postura fraydilenta para disfrazar el hecho en sí, y hacerlo ambiguo, muy pillín, pícaro en su bola escondida, a pesar de que en estos abiertos tiempos escandalosos se me hace hilarante que alguien se arrodille delante de un horno de hembra a susurrar o murmurar. Para eso hay cabinas, locutorios, teléfonos públicos. Si usted lo que pretendía era hablarle a aquella incendiada frutabomba pudo haberla llamado por teléfono, que le evitaba la lumbalgia.


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