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La columna de Ramón

Carta a Mariana Grajales

Cuando nacieron sus hijos con Marcos fue la primera vez que se inscribió en la isla el nombre de esa corporación conocida como los Maceitos.

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Maternal, eburnea y caguairanica Mariana Grajales Cuello:

Pudiera seguir con los calificativos: abnegadia, fecundiosa, heraldica, maceica, tintanica, fertilia, indiomable, dominicandia, augustia y etcétera, pero me controlo y ayudo. Hay que tener cuidado con las palabras. Y más que con las palabras, con los términos ahora que todo está en fase terminal y anuncia terminalse. Uno, a esta altura, no puede decir que alguien incitó a los hijos a luchar, digamos, por la conquista del azul. Suena un poco a que los inscribió en la Marina Mercante, con la consecuente sospecha de que querían coger aire, y de paso traer pacotilla a la tierra natalia.

Tampoco es sano, literaria y ortográficamente hablando, ponerse metafórico y escribir celeste por azul. Calificar el color descalificaría las intenciones. Quedaría oscuro, lezamiano, embrollado, sugerir que unos mozalbetes "lucharon por lo celeste", pues al final todo apuntará a que el empeño se encaminaba a la conquista de un corazón femenino. De modo que engrandecerle su maternidad por simple hecho de que su prole se enrolo al completo en la guerra libertaria, no la hace mejor, ni distinta, ni más madre que otras. Luchar por la libertad siempre termina siendo malinterpretada de acuerdo con quien tenga el mazo en ese momento. Lo que es libertad para unos, es revoltura indecente para otros.

Le confieso que durante mucho tiempo me trague esas edulcoraciones, y me sensibilice con su labor de viejita intransigente. Tal vez tengo propensión a las madres por mi condición de huérfano profesional. Yo, en viendo a una mater en su ambientación natural, me conmuevo hasta los tuétanos con abundancia, y me da por cantar aquello de Machín sin llegar a la flor en el alma porque el alma es un búcaro demasiado frágil.

Así vide como echaba usted al monte a sus muchachones ebúrneos en aquella saturación de zetas que padecíamos, allá por 1868, y se me ponía la carne de gallina y la piel de onagro, hasta que analicé con otras vísceras, de esas que llevan mas albúmina que adrenalina, dos mujeres difíciles que se le meten al hombre en el interior, la historia y la leyenda, y la mezcolanza heroica que ha provocado tantos equívocos.

Y díjeme, me dije: aquí hay gasto encerrado. He visto como las madres se convierten en leonas y hasta delinquen con tal de llevar a la boca de sus hijos el pan de cada día. Pero eso de lanzarlos al tiroteo y al machetazo, ya me sabe como a casabe muy pasado, a babosa a la vinagreta y a sábalo que no lo sabe. No niego que pase.

Usted lo hizo, y a mucha gente le gusta que, con su carácter, prefiriera eso que algunos bribones llaman patria, al calor hogareño, con sus mulatones reunidos alrededor de la lumbre del anafe, estimulándolos para que se superaran y fueran buenos mecánicos, jefes de lote y amables carteros, que a lo mejor hasta se colaba un ingeniero nuclear en el tumulto. Pero lanzarlos a la revuelta, a la bronca tumultuaria, a la riña con roña, al despepite de la lucha armada, al bombardeo y la dinamita, es, a todas luces, más que temerario e imprudente, de una desconsideración abrumadora.

Había nacido de padres dominicanos —que no es lo mismo que nacer de padres dominicos— en Santiago de Cuba, allá por 1808, y eso explica un poco su propensión a resolver su cotidianidad en el exterior del conuco. A los 23 años se casó con un Regüeiferos, que no es algo muy aconsejable. Un Regüeiferos viene siempre con sus diéresis, que son esas bolitas encima de la U. Un día que uno anda entretenido, olvida el asunto de las diéresis y se busca un problema con la persona, al menos gramatical.

El Regüeiferos suyo se llamaba Fructuoso, y su matrimonio también lo fue, pues le parió cuatro fructuos: Felipe, Fermín, Manuel y Justo. Todo indica que enviudó usted en 1840, posiblemente por un error ortográfico. Otros cuentan que Fructuoso sencillamente tomo las de villadiegos y se la dejó en la mano con aquel cuarteto, pues siempre es más fácil divorciarse que morirse.


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Mariana Grajales.