Actualizado: 25/01/2022 14:16
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LA COLUMNA DE RAMÓN

Carta a Joaquín de Agüero

¿A quién se le ocurre poner en peligro la historia posterior que dictan los manuales?

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Lo normal, lo usual, lo casi pactado, es que la gente llegue tarde a las cosas. No sabe cuántos conocidos me han dicho que hubieran preferido vivir en el siglo XVIII, e incluso en el XIX, que fue una centuria bonita a pesar de que no había tostadoras de pan, ni nada parecido. Que no es lo mismo que vivir en el siglo XXI, tener tostadora y que no haya pan, y de contra, tenerla escondida porque es una aparato americano, aparatoso, enemigo de los que gastan mucha electricidad.

A usted se le ocurrió levantarse en armas contra España cuando todavía no se había inventado la palabra "mambí", de manera que la historia le pasó por encima con razón, y en el censo de mambises jamás apareció. Ni siquiera se le menciona como combatiente por la independencia patria. Tal vez fue porque hasta 1868 no hubo raseros para medirlo.

¿A quién se le ocurre, dígame usted, poner en peligro la historia posterior que dictan los manuales? Amén de que su acción fue descabellada, se le ocurrió hacerla cuando faltaban 17 años para que comenzara todo. Es difícil que a esta altura den marcha atrás y lo mencionen, cuando ha echado a perder el concepto ese tan bonito de los Cien Años de Lucha.

No sé qué locura le entró, o qué falta de calcio, o qué distorsión de la dialéctica, siendo usted, como he leído, un ciudadano ejemplar, un hombre con buena posición y un principal del Camagüey. Una mañana de 1842 le dio la libertad a los esclavos que le tocaron en herencia, sin campanadas ni nada. Debía saber usted que lo heroico debiera ser más solemne, y lo patriótico lleva cuidadosa puesta en escena.

Que usted se fajara con una tropa española en un potrero echa por tierra el minucioso entarimado de nuestras ingestas libertarias, y así no hay emoción. Cualquiera le puede caer a piñazos a un gallego en un descampado, aunque hay más comodidad en un potrero. Al menos reses y verdor, rocío aunque sea un rocío jurado para que reces si pierdes.

Hasta esa fatídica mañana del 13 de julio de 1851, todo andaba bien. Cierto que el turismo español molestaba un poco, aunque la misma moral de la época hacía discretas sus búsquedas de sexo fácil; y para controlar el orden ya estaban los voluntarios, que eran una especie de Brigada con las respuestas menos rápidas. Todo auguraba que los meses transcurrirían llenos de bonanza y tranquilidad. Y a pesar de que había muchísimos periódicos, la gente tampoco se enteraba mucho de cómo andaba el mundo. Usted no padecía de los agobios para llegar a fin de mes, que es el mal más extendido después del cáncer linfático y el vicio de ver Mesas Redondas. Hasta le sobraba para pagar, de su propio bolsillo, una escuela en Guáimaro.

Cuando se vive así, se anda relajado y se disfruta, y no se piensa que te esperará una vejez donde te lleven a hacer movimientos ridículos a un parque, y que puedes hasta dormir la mañana sin que los domingos sean para la defensa. En estados de felicidad —relativa, pero constante— importa menos la defensa que el resto del carro. El Camagüey era una región próspera, con muchas cabezas de ganado y otras de humanos. Y los tinajones se daban silvestres.

No me extraña que en esa abulia y falta de ocupaciones se llegara usted un día al notario para darle la libertad a esos esclavos heredados, diciéndole: "Epa, Don Cosme, saque un modelo de esos, que voy a adelantármele a Carlos Manuel. Ganas de joder que tiene uno hoy. Venga ese papel que traigo la sangre de broma esta mañana". Y con la misma pidió que de un plumazo le convirtieran en ciudadanos a toda una tropa de mandingas, sin aprovecharlos antes en algo útil, como un grupo folklórico que ganara festivales para lustre de la provincia.


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