Actualizado: 25/01/2022 14:16
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Educación

Desastre pedagógico

¿Puede la educación cubana mantenerse ajena al derrumbe de un sistema arcaico y tieso?

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Miriam trabajó treinta años de profesora de Español en Secundaria Básica, apuró su retiro para abrir en su casa una escuelita de repaso. Escribe sus impresiones y aprensiones.

Se cansó de matutinos adoctrinadores y exigencias disparatadas, de un salario que tras los desastres de los años noventa no le permitía sobrevivir, de ver que el nivel de sus jóvenes colegas chapotea en un pantano de groserías, promiscuidades, huecos de urbanidad, ortografía, cultura general.

Miriam no aguantó más y trasladó al comedor su vocación pedagógica. Consiguió una pizarra, las tizas por ahí. Ahora no recibe orientaciones, enseña y educa sin consignas obsoletas. Cuenta que es feliz, aunque teme que la visiten para prohibirle su Academia Varona, como la bautizó.

Ella sabe: Sólo uno de cada diez profesores de Secundaria Básica posee idoneidad para ejercer. Sólo uno de cada cinco es titulado. La matrícula a los Institutos Pedagógicos prosigue como la opción-consuelo para los egresados de Preuniversitario. El sistema educacional cubano ya no se tambalea como en los años noventa: se está derrumbando.

También lo sabe la nueva ministra de Educación, la Dra. en Ciencias de la Educación Ana Elsa Velázquez Cobiella. Pero olvida o le hacen olvidar. Pero apenas puede remendar, tapar huecos, posponer para el 2020, cuando Cuba tenga más ancianos que niños.

Elsita —como le dicen sus amigos santiagueros del Pedagógico Frank País— tiene suficientes neuronas para preguntarse: ¿Cómo puede aparecer Cuba con la mayor tasa (36.8) de educadores por habitantes en el mundo, si en realidad cada año los improvisa por miles ante las masivas deserciones, los escasos graduados y las elocuentes jubilaciones?

Otras preguntas tienen respuestas groseramente obvias, que la Dra. Nidia González —presidenta de la Asociación de Pedagogos de Cuba— también sabe muy bien, como acaba de comentar en la Comisión de Atención a la Juventud, la Niñez y la Igualdad de Derechos de la Mujer, de la Asamblea Nacional del Poder Popular:

¿Hay que ser muy inteligente para saber que la ausencia de salarios mínimamente decorosos, junto a exigencias abrumadoras y descabezadas, genera éxodos y ejercicio privado de la docencia, como la proliferación de repasadores a domicilio?

A Elsita y Nidia no les hace falta descubrir el batido de guanábana, salvo que les impongan un silencio cómplice, con un veteranísimo argumento de los años sesenta: No darle armas al imperialismo, ahora condimentado con la lástima: No disgustar al anciano líder en sus postreros soplos.

Ellas debieran atreverse no a esperar hipócritamente cambios en la cúpula gobernante —dejo la resistencia pasiva a la mayoría de los trabajadores de la educación—, sino a exigir un replanteo total de estructuras, planes y programas. Menos miedo y más audacia.

Sospecho, sin embargo, que la burocracia —todo un modo de pensar y actuar, a veces inconsciente— gane la pelea contra sus inteligencias, honradez en entredicho incluida. Quizás por haber perdido la capacidad de dudar se encuentran en los cargos que ahora vigila un octogenario militar de carrera, ducho en recibir y dar órdenes: José Ramón Fernández.

Porque al frente del Ministerio de Educación o de los pedagogos se puede poner hasta Juan Amos Comenius. Fracasará inexorablemente si no se borran las "ideas académicas" (sic) del Castro mayor, fielmente instrumentadas hasta el penúltimo de sus administradores en el ramo: el químico villaclareño Luis Ignacio Gómez.

Harto se sabe que la consagración al trabajo no es una épica a tiempo completo, sino parte de una calidad de vida que empieza con la familia y el desarrollo autónomo individual. El poder absoluto se legitima cuando abruma con demandas imposibles. Le interesa la disciplina, la obediencia, no la educación.

Al Poder no le importa que el fracaso se haya burlado de sus empecinamientos, es decir, de las escuelas en el campo y de los programas y textos autoritaristas, sectarios; para no referir lo que ha ocurrido con la imposición por décadas del materialismo histórico y dialéctico, amarrado ahora por un babalawo. Los "¡Pioneros por el comunismo, seremos como el Che!" no pasan de diez segundos en el matutino de las escuelas, frente a un Martí de yeso, generalmente hidrocefálico.

La entelequia del "hombre nuevo" quedó en un poema de Nicolás Guillén: "Digo que yo no soy un hombre puro". Está en el último adolescente ahogado en el Estrecho de Florida o de Yucatán, cuando trataba de escapar sobre cuatro cámaras de tractor. Camina con una jinetera —o jinetero— que vende su cuerpo a un adiposo turista, igualito que antes de 1959.

¿O es que las escuelas cubanas son ajenas al derrumbe de un sistema arcaico y tieso? ¿Dónde están, en cuál galaxia se libran de la devastación? ¿Qué defender hoy de aquella legendaria nacionalización de la enseñanza que vivimos los alfabetizadores en 1961? ¿Tendrá recursos el país para no retroceder en la gratuidad y masividad de la educación?

De eso se trata. Tal vez Elsita y Nidia lo hayan conversado en voz baja. Pero no se resuelve con imaginación y esfuerzo, sino con transformaciones sustanciales de la Constitución, con un giro pacífico hacia el Estado de Derecho que borre los anomalías de los Castro, de su élite servil y oportunista.

Mientras tanto la crisis ya llega a las universidades, donde los efectos de una educación elemental y media llena de deficiencias, se hace sentir en los rendimientos académicos y en los atentados a la urbanidad. Donde también los profesores escapan a cursos en el extranjero o se jubilan.

Mientras tanto Miriam escribe que tiene cuatro grupos de alumnos, unos treinta en su Academia Varona, nombre que escogió por su admiración al gran intelectual, cuyo novedoso Plan educativo (1898) situó a Cuba en la vanguardia de la pedagogía en América Latina.

Ahora piensa que debió jubilarse antes, por enfermedad, y ejercer sin presiones, sustentarse mejor. Ahora no puede quitarse la preocupación por el destino de la educación en Cuba. A veces piensa que Enrique José Varona le agradece su tenacidad.


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