Actualizado: 30/09/2022 17:38
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Educación

Que los esperen sentados

Visto el caos en el sector, ¿volverán los viejos educadores a las aulas por un poco de dinero?

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Un elemental sondeo de opinión entre maestros y profesores habaneros de reconocida competencia que hoy están desvinculados de su profesión, oficialmente al menos, puede dejar a las claras que el general Raúl Castro no tenía razones para el optimismo cuando declaró hace poco que confiaba en que muchos de ellos se reintegrarán en breve al sistema nacional de educación.

El mismo sondeo arrojaría que la nueva convocatoria lanzada por el régimen a estos educadores se apoya en un enfoque erróneo, al considerar que abandonaron las aulas debido en lo fundamental a los bajos salarios que recibían.

Igual de errónea—e ingenua y socarrona y prepotente— es la creencia gubernamental de que bastará con aumentarles moderadamente sus beneficios económicos para que todos corran de nuevo a sus puestos como si nada pasara.

Parece que ni aun aquellos que aseguran despreciar (de dientes para afuera) el dinero, se abstienen a la hora de sobrestimar su importancia en ciertos roles.

Porque si bien es verdad que en Cuba los educadores eran y son vergonzosamente mal pagados, no lo es menos el hecho de que ésta es sólo una entre las muchas barbaridades que han provocado el éxodo masivo del sistema, sobre todo por parte de los profesionales más competentes y experimentados.

Un mero sondeo de opinión entre ellos bastaría para conocer, por ejemplo, que todavía más que por los bajos salarios, abandonaron las aulas porque su profesionalidad y principios morales —adquiridos por lo general décadas atrás— no les permitían avenirse a las reglas e imposiciones del sistema.

Tal vez mencionen en el sondeo (ya que son temas recurrentes en sus conversaciones privadas de hoy) la forma en que arbitrariamente y sin margen para réplica se les obligaba a darle el aprobado a la inmensa mayoría de los alumnos, por pésimos que fueran su aplicación en el estudio y sus conocimientos reales, y por muy desastroso que fuera el resultado de sus exámenes.

Había y hay que garantizar a toda costa los más altos índices de promoción escolar. El número frío se imponía y se impone a los buenos oficios del educador. Sobre eso, más que de dinero, hablan por estos días los maestros. Dicen que a ellos se lo ha exigido la dirección de la escuela, y a ésta se lo exige la dirección municipal de Educación, y a ésta la dirección provincial, y a ésta el Ministerio; en tanto, al ministro se lo exige la dirección del régimen, porque lo necesita para tratar de embobecer al mundo con sus estadísticas infladas.

Podrían también corroborar los profesores, si los convidaran a una encuesta, que se hartaron de la ideologización sin mesura que prima en cada norma, en cada valoración, en cada proyecto del sistema nacional de educación. Así como del modo antipedagógico y dogmático y manipulador y chovinista y embrutecedor con que se diseñan los programas de clases y se regula la impartición de las materias.

Dicen (pero al parecer tampoco esta vez tendrán en cuenta lo que dicen) que no se trata de "deficiencias", como ahora son calificadas en forma vaga por el discurso oficial. Son malformaciones de base, dispuestas a conciencia, que estos educadores tuvieron que adoptar en contra de sus criterios especializados, incluso de su ética, y hasta debieron defender como cabezas visibles de un sistema cuyas reglas no compartían pero no tenían derecho a remediar, ya que ni siquiera se les ha consultado jamás con el debido respeto.

El perro que tumbó la lata

Desaguisados tales, aun por encima de la propia miseria económica, determinaron la estampida en masa de los mejores maestros y profesores del sistema de educación nacional. Es lo que están afirmando en privado ellos mismos por estos días. Y afirman también que ya están viejos y cansados, por lo que no podrían asumir nuevamente la carga sin que se les ofrezca garantía (y nada lo garantiza hasta hoy) de que vayan a cambiar las reglas.

Es la opinión general, al margen de que algunos pocos, sobre todo entre los menos experimentados y más sensibles a ser engatusados por el ligero aumento de sueldo, estén valorando optar por el regreso. Igual puede ocurrir que otros sean presionados directa o indirectamente en los nuevos puestos que hoy ocupan. Pero en cualquier caso, la ganancia (del régimen) no sería sustancial.

Y esto es algo mucho más dramático de lo que se reconoce oficialmente, ya que los maestros y profesores que están hoy en función (jóvenes y pésimamente formados en muy amplia cifra) necesitan de aquellos como la sed del agua, no sólo para que se echen encima el peso de la debacle, sino para que al mismo tiempo les ofrezcan un patrón de conducta profesional y ética.

Vista la tragedia como es, al general Raúl Castro le hubiese convenido ofrecerles algo más que dinero a los viejos educadores. O en su defecto, le convenía ordenar un sondeo de opinión entre ellos antes de decir públicamente que confía en su retorno al circo de malabares al que romántica e inútilmente se consagraron, y del cual terminaron huyendo como el perro que tumbó la lata.

Ahora tal vez le convenga sentarse para esperarlos, no sea que el retorno demore más de lo previsto.


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