Actualizado: 18/10/2019 17:37
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Represión, Primavera Negra

El régimen carcelario cubano

Lo que ocurre en el sistema penitenciario de la Isla no es más que un reflejo de la impunidad que el Estado totalitario cubano otorga a sus administradores.

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La muerte inducida y deliberada de Orlando Zapata Tamayo bajo custodia del estado cubano es apenas el más reciente recordatorio de la naturaleza criminal del sistema carcelario en la isla y de la impunidad que ese régimen totalitario extiende a sus administradores y operarios.

En un Estado de derecho, la responsabilidad por la seguridad e integridad física de una persona detenida o encarcelada recae sobre las autoridades que lo custodian. Es parte de sus obligaciones garantizar que no sea agredido ni se auto agreda. Cuando un tribunal dictamina una sanción de privación de libertad, no está extendiendo una autorización a los funcionarios de prisiones para que sometan al reo a un régimen arbitrario de tratos crueles y degradantes decididos unilateralmente por sus carceleros. Mucho menos les otorga un mandato para disponer de su vida. En cualquier país civilizado las autoridades de prisiones tienen que hacer cumplir la sanción dictaminada por los tribunales sin atribuirse la prerrogativa de someter al prisionero a castigos adicionales, decididos de manera extrajudicial. Sea un preso político o común, es obligación del Estado que lo sancionó a la privación de la libertad de movimiento garantizarle al detenido el disfrute de sus otros derechos no retirados por los tribunales, por lo que cae dentro de las responsabilidades del Estado normar la conducta de los funcionarios de prisiones, monitorearla de manera independiente y velar porque se atengan a reglamentos claramente establecidos que respeten la integridad física de los detenidos y los protejan de castigos crueles y degradantes.

En Cuba, una vez consolidada la conspiración contrarrevolucionaria y totalitaria -impulsada por los hermanos Castro contra el resto de los luchadores antibatistianos desde los días de la Sierra Maestra-, se puso fin al Estado de derecho y a la separación de poderes, se sometieron los tribunales a la autoridad ejecutiva, se elevó el poder de los órganos policíacos por encima del judicial (que perdió su independencia) y se extendió impunidad a los responsables de administrar las prisiones al prestar oídos sordos,salvo en excepcionales circunstancias, a las quejas de los prisioneros y sus familiares.

Adicionalmente, la élite en el poder cerró el sistema de centros de detención y carcelario a toda inspección independiente de la ONU, la Cruz Roja o cualquier otra institución internacional. Tanto los presos comunes –que hoy constituyen una población de decenas de miles en un país que criminaliza actividades económicas y sociales consideradas normales en casi todas partes– como los políticos –a quienes la opinión pública mundial sigue con mayor atención– se hallan en un estado de indefensión total frente a carceleros que saben de la alta improbabilidad de ser sancionados por maltratarlos.

Para poder integrarse al Consejo de Derechos Humanos de la ONU, el gobierno cubano había accedido a que sus centros de detención y prisiones fuesen inspeccionados en 2009 por el relator especial de esa institución. Luego, La Habana adujo no estar lista para recibirlo y pidió posponer la vista para 2010.

La responsabilidad por la muerte de Orlando Zapata Tamayo –así como de todos los anteriores casos de muertes por malos tratos en centros de detención y prisiones cubanas (incluyendo el creciente número de suicidios que en ellos se registra en meses recientes)– recae inequívocamente sobre las autoridades de la Isla.

Fidel y Raúl Castro reciben diariamente el llamado “parte de la situación operativa” que les confecciona el Ministerio del Interior. Las decisiones tomadas al más alto nivel del Estado cubano en los últimos 85 días sobre el caso de Orlando Zapata fueron asumidas sobre bases adecuadamente informadas y constituyeron políticas calibradas y deliberadas.

Los líderes del régimen cubano creyeron que la muerte de este hombre humilde, negro, albañil –al que habían encarcelado usando figuras delictivas comunes pese a la naturaleza política de su detención (como vienen haciendo con Darcy Ferrer y otros opositores en el pasado reciente–, no tendría el impacto que el fallecimiento de un prisionero blanco, intelectual, de clase media, acusado de delitos directamente políticos. Pensaron que su muerte no les traería repercusiones de consideración y, en cambio, les ofrecía la oportunidad de mandar un macabro mensaje de inalterable firmeza a los demás prisioneros y disidentes que han apelado de manera creciente a esas tácticas. Porque lo que en realidad les preocupa es la posibilidad de que se dé en Cuba un movimiento de huelgas de hambre en solidaridad con los presos similar al protagonizado por centenares de personas en Bolivia, en varias iglesias y de manera simultánea, bajo la dictadura militar.

Pero Orlando Zapata no se amilanó y tardó en fallecer. A última hora temieron que se les muriese en un momento inconveniente. No querían que el desenlace empañara las conversaciones entre funcionarios españoles y cubanos en Madrid (¡sobre derechos humanos!), en medio de las fotos y abrazos de Raúl Castro con otros jefes de estado latinoamericanos en Cancún, o coincidiendo con la visita de Lula a La Habana. A toda carrera le prodigaron inútilmente atenciones hasta entonces negadas.

Lula –que no ha humanizado las brutales prisiones de su país, donde se celebrarán elecciones presidenciales en pocos meses– quiso mirar a otra parte. Pero si alguien pudiera acusarlo de oportunista es difícil suponerlo tonto. Regresó a Brasil sabiendo que la oposición tendría nuevos argumentos contra su partido en las venideras elecciones por su inoportuno espaldarazo a los cómplices de este crimen. El canciller Miguel Ángel Moratinos ha quedado igualmente descolocado frente al presidente José Luis Zapatero y al resto de los gobiernos europeos a los que ha venido anestesiando su sensibilidad humana y democrática con valoraciones parcializadas sobre lo que ocurre en la Isla. La muerte estoica de Orlando Zapata tiene a más de una celebridad mundial rectificando sus aproximaciones acomodaticias al régimen cubano y a otras corriendo en busca de cobijo por haberlas promovido.

Los sobrevivientes del Holocausto narran cómo los nazis tomaron medidas extremas para evitar los suicidios en los campos de exterminio. Los consideraban un desafío a su poder omnímodo. Sólo los carceleros tenían la potestad de decidir sobre la vida o la muerte de aquellos infelices. El suicidio no era visto en aquellas fábricas de la muerte como un acto de capitulación definitiva al poder, sino como un acto de desacato. Los fascistas cubanos creyeron poder doblegar a Orlando Zapata Tamayo, pero su dignidad y valor resultaron ser irreductibles. Prefirió la reafirmación de su humanidad y el desacato a sus opresores antes que languidecer en su pocilga enfrentando palizas y humillaciones.

Demostró poseer un poder superior al que emana de cañones y bayonetas y del cual carecen sus victimarios: la ética del activista de derechos humanos. Zapata no estaba dispuesto a matar por sus ideales, pero sí a morir por ellos. Eso lo hizo invencible.

(Este artículo se publica sin comentarios a petición del autor. El autor solicita a los lectores que le envíen sus ideas, sugerencias y reacciones sobre este artículo a jablanco96@gmail.com)