Actualizado: 23/04/2024 20:43
cubaencuentro.com cuba encuentro
| Cuba

Culpa, Responsabilidad, Pecado

La Gran Culpa

La palabra culpa encierra una trampa filosófica y psicológica

Comentarios Enviar Imprimir

Todos los días hay noticias de un nuevo obituario de los “históricos”. Es la implacable biología. La única certeza cierta: vamos a morir. A una generación que muy joven tomó el poder absoluto, y se ha negado casi hasta el final de sus días a renunciar a las melazas de la Hacienda-Isla, la parca debe parecerle una cosa muy fea y peluda. La reacción de quienes no los quieren tanto es de fracaso: se van de este mundo sin pagar por el desastre económico, cultural, social y político de más de medio siglo en Cuba. Y ese público cada día mayor y diverso se pregunta si quedara alguien a quien culpar por todo; al menos un segundón que pague la deuda moral para que la historia no vuelva repetirse; para que un hombre o un grupo no pueda decidir la vida y la muerte de millones de seres humanos.

La palabra culpa encierra una trampa filosófica y psicológica. Filosófica porque remite, inexorable, a un castigo cuasi divino como única consecuencia. El culpable no tiene defensa posible. Solo si admite el error y se arrepiente puede que un dios u otros hombres lo perdonen. Desde la psicología, la culpa lleva a la tristeza, la desesperación, y finalmente a la parálisis. Es lo que sucede con la violencia en general y de género en particular. El abusado(a)r hace sentir al otro que merece el castigo, verbal y físico. Si el destinatario así lo cree, se genera un ciclo perverso de culpas y resentimientos cuya única salida es más violencia.

Una posible solución al entuerto tramposo es cambiar la palabra culpa por responsabilidad. Este cambio cognitivo redirige las consecuencias del acto en sí. Ya no se trata de una situación donde solo se aceptan los efectos de la falta y la promesa de no reincidir en el mismo error, sino que la palabra responsabilidad implica el grado de participación, consciente no, en el hecho. Los tribunales anglosajones se basan en el principio de la culpabilidad. De ese modo dejan escapar la participación pequeña pero esencial en la situación punible. Debería ser “Tanta culpa tiene el que mata la vaca…”. Se es o no culpable, lo cual no quiere decir que alguien sea totalmente inocente. En el terreno de la psicología la palabra responsabilidad permite la concientización del hecho y el grado de comprometimiento: los detalles importan. Mientras la culpa generaliza, la responsabilidad individualiza. Hace que la persona responda por sí misma. En tanto la culpa paraliza, la responsabilidad moviliza.

Por estos días en que “los héroes se despiden”, vamos sintiendo que la “caza” de culpables ante el inminente final de la Involución se amplía. Los obituarios están sirviendo, de este lado del Estrecho, para recordar cuanto sufrimiento cada personaje fue capaz de provocar a sus compatriotas. A menos que suceda un milagro —los comunistas no creen en eso a pesar de haber tenido ellos mismos tantas evidencias— este puede ser un año de definiciones biológicas y sociales. A la finitud existencial de quienes iniciaron el proceso, y aun sostienen simbólicamente el sistema, se añade el agotamiento de una forma de gobernar y hacer país que quedó en el siglo XX. El plan puede ser que la llamada Continuidad —y es para lo único que serviría— garantice el transito pacífico y sin ruidos a otra dimensión de la existencia de los que se resisten a los mandatos del tiempo. Después, veremos, como dice la canción.

Muchos compatriotas estarán esperando por un Nuremberg tropical. Imaginan el entarimado en 23 y 12, donde se proclamó el carácter socialista de la Involución hace 62 años; allí los jueces, hombres y mujeres impolutos, sin manchas, y en el banquillo de los acusados, los únicos y depositarios de toda la “culpa involucionaria”, quienes no pudieron escapar a Oriente ni envenenarse con una poción de moringa. Una prisión para los únicos responsables en el mismo penal donde otros juraron ser libres o mártires, pero juntos con presos y mosquitos comunes. El problema para el futuro será quienes tendrán la justicia en sus manos, y como se juzgará tanto daño por tanto tiempo. Es el mismo dilema que han enfrentado todas las dictaduras: cómo poner punto final a un régimen totalitario de responsabilidades compartidas de modo que no se repita nunca más.

Sin duda, necesitaremos un profundo análisis de conciencia sobre responsabilidades por acción, obra y omisión a lo largo de medio siglo. Casi nadie está exento de responsabilidad en diferentes grados de participación, así como también somos libres para rectificar cuando es necesario. De otra manera un régimen improductivo y totalitario como el cubano no hubiera durado más allá de sus primeros errores capitales.

Pudiéramos, por ejemplo, “culpar” a los ausentes, comenzando por aquellos que un día dieron armas y dinero para el terrorismo urbano, un factor en la derrota de la dictadura batistiana. O culpar a los compañeros y las compañeras que abandonaron las iglesias para ir los “domingos rojos” de forma masiva y voluntaria al sembrar café Caturra. Inculpar ad infinitun a los cederistas, los “ojos y oídos de la Revolución”, que por millones vigilaron, denunciaron, y agredieron al vecino por sus ideas políticas. A los veteranos de las guerras en Angola y Etiopia, ponerles demandas a pesar de que muchos aun padecen estrés postraumático —una entidad de la que no se habla en la Isla— por enseñar medallas herrumbrosas con inocultable frustración.

Un repaso de nuestras fortalezas y debilidades como país será imprescindible para reconstruir lo demolido hasta en sus valores morales. Donde la verdad, la belleza y el bien se soslayan en busca de un mendrugo acido para pasar el día. Donde, como en cualquier ambiente carcelario, lo que se piensa no se dice, y lo que se hace no se comparte con el compañero de celda. En tal ambiente enrarecido es habitual que la responsabilidad individual se diluya, carezca de sentido. Por esa razón, un primer paso es cambiar la culpa generalizadora y paralizante por la responsabilidad que hace al ser humano tomar una actitud positiva y creadora.

Viktor Frankl, a quien nunca dejaremos de citar, fue un psiquiatra judío internado en un campo de concentración nazi. Frankl fue uno de los pocos sobrevivientes de su familia. Su testimonio como médico y a la vez prisionero tiene un valor incalculable. De aquí que ideara una de las más fascinantes corrientes psicoterapéuticas del siglo pasado, la Logoterapia. Bastan estas notas de Frankl para comprender que la responsabilidad individual para procesar las desgracias y las culpas es lo que nos salva de morir en cuerpo y alma. Escribe así el psiquiatra: “Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”.


Los comentarios son responsabilidad de quienes los envían. Con el fin de garantizar la calidad de los debates, Cubaencuentro se reserva el derecho a rechazar o eliminar la publicación de comentarios:

  • Que contengan llamados a la violencia.
  • Difamatorios, irrespetuosos, insultantes u obscenos.
  • Referentes a la vida privada de las personas.
  • Discriminatorios hacia cualquier creencia religiosa, raza u orientación sexual.
  • Excesivamente largos.
  • Ajenos al tema de discusión.
  • Que impliquen un intento de suplantación de identidad.
  • Que contengan material escrito por terceros sin el consentimiento de éstos.
  • Que contengan publicidad.

Cubaencuentro no puede mantener correspondencia sobre comentarios rechazados o eliminados debido a lo limitado de su personal.

Los comentarios de usuarios que validen su cuenta de Disqus o que usen una cuenta de Facebook, Twitter o Google para autenticarse, no serán pre-moderados.

Aquí (https://help.disqus.com/customer/portal/articles/960202-verifying-your-disqus-account) puede ver instrucciones para validar su cuenta de Disqus y aquí (https://disqus.com/forgot/) puede recuperar su cuenta de un registro anterior.