Actualizado: 28/09/2021 12:27
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Sociedad

Perrerías

La izquierda caviar habanera infla velas como defensora de la raza canina, sin poner mientes en los pobres del Cerro, La Lisa y Guanabacoa…, y menos en los presos.

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A inicios de los años noventa, cuando el máximo apogeo de lo que llamaron Período Especial, las calles de La Habana estaban erizadas de perros recién abandonados por sus dueños. Como en cualquier otra ciudad, siempre hubo aquí perros echados a correr su suerte. Pero aunque nunca antes se vieron tantos de una vez, no iba a ser el número, sino el aspecto y los rasgos físicos de aquellos desamparados, lo más, digamos, significativo de la ocurrencia.

En proporciones absolutamente inéditas, se trataba de perros de "clase": cocker spaniel, pulis, bóxer, salchichas, chow chow, doberman… es decir, no eran los perros de la gente pobre, que siempre pertenecieron al grupo de los que por acá reconocemos como "satos", denominación retozona donde las haya para definir la raza de animales o de cualquier otra cosa sin raza definida.

Parece que también en aquella ocasión nuestros conciudadanos mejor alimentados (bien se sabe quiénes son y cómo viven y por qué y a costa de qué), habían dado un paso al frente en la tarea de defender hasta la última gota sus magras raciones.

Y así quedaba patentizado, también una vez más, que aunque los perros sean los mejores amigos de los seres humanos, no todos los humanos somos por igual sus amigos. Tal vez porque para comportarnos como buenos amigos y solidarios con los perros, antes necesitamos probar que lo somos con nuestras propias almas, y además con el resto de los seres humanos.

Sucedió entonces algo muy curioso, perfectamente demostrable hoy día, y es que la mayoría de aquellos perros botados por sus dueños de, digamos, alcurnia, fueron recogidos por los pobres (y no pregunten cómo los alimentaron, porque sigue siendo un misterio). De manera que en la actualidad resulta ya corriente ver cocker spaniel y bóxer en los solares y cuarterías del Cerro o de La Lisa. Incluso, resulta muy común una nueva clase de perro sato, en el cual se distinguen clara y graciosamente los cruces de pulis con cocker con salchichas con doberman y/o bóxer, todo mezclado, como diría el poeta.

Como perros mordedores

Y he aquí que ahora nos encontramos ante una especie de paradoja (en versión farsa) de aquel suceso de hace unos tres lustros: los pobres continúan siendo los mejores amigos de los perros, pero sin algarabía, como corresponde al auténtico cariño. En tanto, la gente de alcurnia ha resuelto armar campaña propagandística en defensa de los perros callejeros, pero sin poner mientes en los mejores amigos (de los perros), o sea, los pobres del Cerro, La Lisa, Luyanó, Guanabacoa… los cuales continúan sobreviviendo no menos abandonados y hambrientos que los perros, pero con menos esperanza, en tanto no consiguen librarse de la tutela de sus dueños.

Lo mejor que podría suceder es que a los simpáticos y expurgados y bien bañados (con champú de marca) y perfumados y bien peinados y vacunados y amaestrados y bien abrigados y bien comidos y bien paseados perros de esta claque de la rancia habanera, les fuera posible albergar (a razón por lo menos de uno por cabeza) a la gente menesterosa de La Lisa, el Cerro o San Miguel del Padrón. Eso por no complicar el asunto mencionando a los miles de ejemplares de aquella otra raza sin raza que están botados en las cárceles.

Pero ya sabemos que para los copetudos aristócratas, los perros no son sino adornos, a los que no hay que concederles la realización de sus legítimos deseos. Con todo y que les importen más que la gente menesterosa (no hablemos de los presos, Dios nos libre), los cuales no sólo resultan contraindicados como adornos, sino que además suelen comportarse como perros mordedores.

Así las cosas, les conviene (no a los perros, sino a sus dueños de alcurnia) detenerse en la pose de santurrones naturalistas y, oh, ecologistas. Nuestra izquierda caviar habanera infla velas entonces como defensora de la raza canina.

Tal vez sería oportuno representarnos a estas señoronas y señoritos como estampas actualizadas de aquel Cancerbero, el de las tres cabezas, todas sobre ejes cogotudos y en función de un solo objetivo: proteger, preservar los muros del infierno.

En fin, perrerías. Pero seamos piadosos con los piadosos. Veámoslos apenas como las Clitemnestras de nuestra tragedia (por más que algunas simulen resistirse), en tanto su principal papel en la obra se resume en la intención de hacer pasar por realidades las ilusiones de sus mentes ¿dormidas?