Actualizado: 15/10/2021 16:37
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Sociedad

Puerta de torniquete

Salir y entrar de las provincias, lo mismo con alimentos que con 'material informativo', es la odisea cotidiana para abastecer el oriente cubano.

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Para comprobar que el servicio policíaco cubano ha aumentado su furia desmedida contra los ciudadanos, basta con hacer un viaje de un extremo a otro del país.

Cualquier pretexto sirve para crear una barrera militar compuesta por trabajadores sociales, inspectores de tránsito, oficiales del Departamento Técnico de Investigaciones (DTI), policías y hasta vecinos de las zonas colindantes a estos retenes. La última estratagema son los fumigadores contra la plaga de mosquitos que sospechosamente nos invade con más fuerza. Y se dice sospechosa, porque hay lugares que siempre han estado plagados de estos molestos insectos.

Entre un ardid y otro, los puntos de fumigación se han convertido en una muralla sanitario-policial. Las mismas están ubicadas en las entradas y salidas de los pueblos y allí los funcionarios civiles y castrenses se sienten en el derecho de detener los autos, ómnibus y camiones; se suben a fumigar, pero también lo hacen para husmear cuanto hay en ellos.

No habría dificultad si se tratara de una sana inspección. Pero junto a estos nuevos agentes se posesionan unos inconfundibles hombrecitos, aparentemente de civil, con sus también inconfundibles motocicletas Honda, nuevas y relucientes, compradas con el presupuesto para la "defensa del país". Son los oficiales operativos de la Seguridad del Estado.

Comienza el operativo

En estos estacionamientos obligatorios, los circulantes están apremiados a bajarse de los vehículos y permanecer por lo menos 15 minutos fuera. En ese instante, la gendarmería aprovecha para considerar quiénes son dudosos y quiénes no. Los primeros son detenidos bajo sospecha, con una orden de registro salida como de un sombrero mágico.

En viaje hacia la ciudad de Camagüey, a Hilario le hicieron bajar los paquetes. En el decomiso le ocuparon dos galones de pegamento para madera y uno de un acrílico especial, obtenidos ambos en el mercado negro; además le impusieron una, según ellos, "benévola" multa de 600 pesos.

Para Hilario, hombre que roza los cuarenta años y huidizo de los contratos oficiales de trabajo por engañosos y poco rentables, la pelea es dura. "A veces voy por leche en polvo, llevando pintura u otros productos. Y si pierdo esa carga, debo quedarme varios días a recuperar el presupuesto, para no volver vacío a Santiago", asegura.

Como Hilario, miles de cubanos recorren la Isla, se hunden en los entramados de la capital y otras ciudades importantes para buscar productos escasos en provincia o en los olvidados pueblos. Es un viejo oficio, tan antiguo como los inicios del comercio en Cuba. El trapicheo, el trueque, el cambalache, la lucha o la pelea son términos que identifican a hombres y mujeres que dejan cuerpo y vida en las carreteras del país.

Desde Granma, Santiago y Guantánamo llega el café en grano a las provincias occidentales. De Camagüey se traslada el queso, y al retorno traen ropas, aceite comestible, confituras, piezas de bicicletas y un sinfín de artículos que escasean en la depauperada economía del Este cubano.

Un ciudadano comenta: "Los mejores son los muchachos, la gente joven, económica, barata, eficaz y rápida; se mueven en un par de días y siempre cargan más. En cuanto pase lo de la fumigadera, los mando a la carga".

Combate cuerpo a cuerpo

Sin embargo, la persecución pura y dura la sufren los opositores pacíficos y sus colaboradores. Son ellos los encargados de hacer llegar, más allá de las fronteras de Matanzas o Cienfuegos, literatura y materiales para romper el muro de silencio informativo. Radios de onda corta, equipos de vídeo y cualquier artículo que sirva para el trabajo pacifista.

Para ellos, el combate cuerpo a cuerpo comienza al salir de la sede diplomática en que se le donan los materiales. Con su carga de compromiso atraviesan el infierno habanero de policías y delatores, hasta enfrentarse a las redadas aduaneras que circundan la provincia.

Cuando llegan a las cercanías de sus lugares de origen, en el centro mismo de los retenes mencionados, los bajan y los requisan delante de todos, le quitan la carga, los multan y, si no hay documentos comprometedores, los dejan seguir. Esto en la mejor de las suertes, porque la mayoría de los casos los detienen y los dejan por horas en los calabozos de las unidades policiales.

Así y todo, Cuba está llena de bibliotecas independientes, declaradas o no, inauguradas, incautadas y vueltas a montar, como en un interminable juego de gato y ratón.

Son estas nuevas aduanas, pilleras, ratoneras transitorias o a tiempo fijo. Nuevos bozales para pescar los intentos evasivos de un país. Sus lacayos recuerdan a los guardianes del Medioevo, con las trompetas listas a la puerta del palacio.