Actualizado: 26/05/2022 12:27
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Sociedad

Una guerra perdida

La gran paradoja de la persecución de las antenas parabólicas, es que sólo consigue estimular el consumo de lo prohibido.

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Si en algo se manifiesta claramente la debilidad del gobierno es en su pánico a las antenas parabólicas, a internet y a cualquier otra alternativa que permita a los ciudadanos de la Isla atisbar aunque sea una parte del mundo más allá de nuestras fronteras. Sobre todo, les causa horror que la gente tenga acceso a informaciones de cualquier tipo que escapen a la férrea censura de las autoridades.

Por eso a nadie debe extrañar el exagerado despliegue de operativos policiales que persiguen la señal, fundamentalmente en la capital, y movilizan sus fuerzas y su "técnica" por barrios, calles y azoteas de la ciudad, con el fin de ocupar los equipos y castigar a los trasgresores.

Sin embargo, es una guerra perdida. Pasados unos días de la batida en un barrio y ya se reinstalan los equipos y la gente se apoltrona frente a sus televisores para entregarse a la fantasía de escapar de la realidad, los noticieros, la Mesa Redonda, el desgastado adoctrinamiento, las eternas efemérides… y de cuanta ideología inútil se pretende inocular desde las emisoras nacionales.

El pretexto declarado del gobierno es la supuesta "batalla contra la ilegal señal enemiga (TV Martí) que invade nuestro espacio" (equivalente, por tanto, a una invasión del Imperio), pero lo cierto es que prácticamente ninguno de los ya muchos que se conectan a la red clandestina de "la antena" son usuarios de ese canal.

La población, hastiada de batallas —la de ideas y las de la vida cotidiana—, suele consumir productos más comerciales: deportes, programas de participación, telenovelas, películas, animados para los niños y, por supuesto, las noticias del Canal 23. Para muchos afortunados que "se conectan", uno de los programas más vistos es el del periodista Oscar Haza, curiosamente también uno de los más temidos por las autoridades de la Isla.

Un raro síntoma

La gran paradoja es que tamaña represión oficial sólo consigue a la larga acicatear el consumo de aquello que no se puede ver. De manera que se produce una estrategia de marketing a la inversa: si lo que ofrecen las televisoras nacionales es deleznable y dicen que es "lo bueno", habrá que buscar a toda costa "lo malo" que se capta antena mediante. ¿Por qué será que la policía persigue con tanta saña las fuentes de esas emisiones y sus redes? Así, después de cada operativo, son más los que se conectan a la red clandestina. El gobierno tiene, pues, el mérito de haber fomentado el interés por la señal que declara enemiga.

Por otra parte, no deja de ser un raro síntoma la persistencia de los operativos en torno a la antena, aun conociéndose que tales batidas son absolutamente impopulares. Es decir, la población, que asiste impávida a las noticias relativas al decomiso de bienes derivados de la malversación y de otras formas de corrupción, no comprende cómo puede resultar ilegal o lesivo "al pueblo" el disfrute de Sábado Gigante o de las telenovelas de turno.

Sobre todo, los cuestionamientos suben de tono por cuanto se conoce que los representantes de las clases selectas —funcionarios, dirigentes, gerentes, representantes de firmas extranjeras, en fin, los ungidos— tienen acceso a las emisoras de televisión extranjeras y también a internet. Claro, que estos elegidos de la fortuna, amparados bajo la sombrilla oficial, no constituyen peligro para el gobierno. Más bien son sus contrafuertes, guardianes y su sostén.