Actualizado: 23/09/2019 16:12
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Literatura, Lectura de Verano

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CUBAENCUENTRO ha retomado este año su sección Lectura de Verano, dedicada a publicar obras de narrativa, que pueden ser enviadas a nuestra dirección en Internet

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Me deprimió escuchar aquella grabación. Antonio Benítez Rojo acaba de pronunciar una conferencia en la Universidad. La cinta esperaba a ser transcrita —para incluirla en un anuario de actividades culturales que nadie pensaba sería publicado.

Benítez sustentaba la literatura fantástica y al mismo tiempo la vigencia del manual de Konstantinov (Fundamentos de filosofía marxista-leninista, F. Konstantinov & c.), que parecía volver a estar de moda. ¿Cómo justificar la existencia de ambas verdades?, decía el autor de Estatuas sepultadas. Porque hay la verdad del Konstantinov y también la otra verdad de la literatura fantástica. Y ambas verdades eran válidas, según Benítez. El autor dedicaba casi dos horas a encontrar una justificación.

—Mucho Cortázar que ha leído y que ahora niega —dijo Sara Calvo, que también escuchaba la cinta.

Esperé hasta el final, esperando oír el nombre de Cortázar, pero Benítez no se “pronunciaba” al respecto. Sabía que no había sido necesaria la presencia de León y José Antonio para enseñarle la lección.

Fue Rine Leal el que —días después— me sacó de la depresión.

—Nuestro reino no es de este mundo —me dijo Rine.

—No te preocupes por lo que ahora diga Benítez. Es un buen cuentista. Lo demás no importa. Y recuerda esto: nuestro reino no es de este mundo —Rine lo repitió con amabilidad, incluyéndome en un reinado al que no tenía derecho a pertenecer.

Es difícil reconocer que toda la cultura nacional retrocede cuando uno comienza a escribir. En cualquier país ese descubrimiento puede ser un estímulo para iniciar una obra, pero no en la Cuba de la década del setenta. Porque se sabe que si uno no se suma al retroceso, jamás verá publicado un cuento o un poema. Luego se ha hablado de “quinquenio gris”, pero fue más que una falta de matices.

Conocí a Heberto Padilla en casa de Alberto Mora. Acababa de salir de prisión y de criticarse y de criticar a su mujer y a sus amigos, y aquella noche ni siquiera tenía la posibilidad de encerrarse en sí mismo.

Zareska —la viuda de Olo Pantoja, el guerrillero muerto con la tropa del Che— conversaba con él. Heberto pensaba que Zareska era agente de la Seguridad del Estado. Que estaba allí no porque fuera amiga de la mujer de Alberto sino para continuar el interrogatorio de Villa Marista.

Alberto nos había advertido que Heberto estaba en la reunión y al principio Sara se negó a ir para protegerme.

—No querías venir —le dijo Alberto a Sara, mientras se preparaba un trago en la cocina y me ofrecía otro.

—Es verdad. Nos conocemos demasiado. Eso es lo malo de las viejas amistades —contestó Sara.

—Fue Armengol el que quiso venir —y Alberto me miró y yo respondí que sí orgulloso.

Pero no fui por Alberto ni por Heberto, sino para continuar la visita de aquel mediodía en casa de Norberto.

Solo que ahora no había Ché disfrazado de hippie y nadie se mostraba desafiante. La conversación aquella noche en la sala de Alberto no acaba de despegar, como si todos estuviéramos en el patio de una prisión y esperáramos ser llamados a las celdas de un momento a otro.

—No tomes mucho. No hables nada. Alberto me pidió que te advirtiera que no dijeras nada delante de Zareska —me dijo Sara cuando fui a tomarme un segundo trago.

No se habló de literatura entonces, pero sí meses después. Heberto y Pablo Armando repetían elogios sobre Agosto 1914, la novela de Alexandr Solzhenitsin. Era en la casa de Pablo y Alberto ya no estaba.

—Armengol la leyó y no le gustó —dijo Sara.

Ambos escritores me miraron.

—Reconozco el valor de Solzhenitsin, pero no creo que sea un gran novelista —dije.

—Sí, seguramente un escritor soviético la habría escrito mejor —respondió Heberto, y no repliqué porque no quería entrar yo también en el patio de la prisión, como antes en el apartamento de Alberto.

—Es muy simple. Contesta dos preguntas —le dijo Alberto a Heberto otra noche, en aquella casa a la que se había mudado semanas antes y en cuyo baño se pegó el tiro.

—Estoy harto de que me hagan test psicológicos, ya me hicieron bastantes —contestó irritado Heberto.

Era un cuestionario simple, en base a un par de dibujos. Una de las tantas pruebas de psicología popular. Alberto la había descubierto una semana atrás.

—Tu problema es que aún no has definido un camino. Te dispersas mucho. Concéntrate en algo —fue la conclusión de Alberto sobre mis respuestas a la prueba, que sabía carecía de valor.

—Tienes razón, el test funciona —le dije para tranquilizarlo, porque me daba cuenta que Alberto había bebido demasiado.

—El test funcionó en Armengol, ¿por qué no crees que va a funcionar contigo? —increpó Alberto a Heberto.

—Pues se lo haces otra vez a Armengol. Se lo haces a Belkis, Se lo haces a quien te salga de los cojones, menos a mi —respondió Heberto.

—A mí no —gritó Belkis.

—Es para ayudarte. Necesitas encontrar un camino —insistió Alberto.

—Vete al carajo. Tú y tus caminos pueden irse al mismísimo carajo. No me jodas más. Ya me han jodido bastante la vida.

Aquella noche descubrí la facilidad que tenía Heberto para pasar del cinismo a la mala educación.

—Se parece a un documental de Santiago Álvarez, pero a la inversa —les dije a Heberto y Guillermo Cabrera Infante. Estábamos hablando de Nadie escuchaba, la película de Néstor Almendros y Orlando Jiménez, en la casa de Heberto en Miami y Alberto tampoco estaba.

—No sabes lo que dices —me respondió Heberto.

—¡Pero estás loco Armengol!, ¿cómo se va a parecer a un documental de Santiago Álvarez? —saltó Guillermo.

—Te aseguro que esa película le ha hecho un daño enorme a Fidel Castro —agregó Heberto.

—Lo que no quita que a mí me siga pareciendo un documental de Santiago Álvarez —fue mi respuesta.

—Te ha hecho mucho daño el cine soviético —dijo Guillermo.

—Son las nuevas generaciones. No han visto otra cosa y no tienen puntos de referencia —y la ironía de Heberto se concentraba en la mirada y no en las palabras.

—Es posible —y traté yo también de ser irónico sin lograrlo.


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