Actualizado: 10/12/2019 14:39
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Literatura, Literatura cubana, Música

A manera de introducción

Ramón Fernández-Larrea y una nueva edición de su libro Kabiosiles

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Hay en este mundo un gran concepto erróneo. Los límites de Cuba no son geográficos, sino sonoros. No limita al este con el Golfo de México, ni al norte con la Florida. Cuba no es una isla, sino un huracán que se extiende sin límites en el mar de la garganta de Benny Moré, en los dedos sin distancia de Cachao y Bola de Nieve, en la imperturbable inmortalidad de Barbarito Diez, en el «azúcar» de Celia Cruz, en la luz de Celeste Mendoza sonando tacones que saben para siempre a barrio profundo, a dolor negro de ciudad y monte abrupto.

Cuba no es una isla. Los que así piensan pierden la posibilidad de encontrarse en todos los cielos con Ernesto Lecuona, o con Margarita, delante de «Babalú Ayé», ese lamento que en voz de Miguelito Valdés hizo bajar la antorcha a la Estatua de la Libertad, cuando por poco se incendia Nueva York con la sangre de Chano Pozo, que olía a tambor después de muerto. Desde que la Mª Teodora se puso a apilar leña, la geografía cubana es inexacta como el sueño de un niño.

Yo nací en un pueblo de puertas abiertas donde cantó Amaranto y su banda gigante. Por las ventanas salían Los Zafiros, como si vivieran allí de toda la vida, mezclándose en el ron de los vasos del bar, donde Orlando Contreras hacía un mano a mano con Panchito Riset. Me fui un día, y luego, en la distancia, en calles de nombres difíciles, me asaltaba el sonido de la guitarra de Sindo Garay cantando la otra «Bayamesa», porque antes, mucho antes del estruendo, ya Carlos Manuel de Céspedes y Lorenzo Fornaris habían cantado a la belleza insurrecta de Cambula, reprochándole que no recordara un amor.

Yo nací en un pueblo donde Hugo Estrada, dentista parrandero y noctámbulo, quiso montar un piano en la cama de un camión militar, con el esplendor azabache de Ignacio Villa incluido, para rodar noche abajo dando serenatas. Yo nací en un pueblo tan ancho como la música, donde «Caraballo mató un gallo y lo peló con agua fría», porque, listeza criolla, astucia y alegría de eternos supervivientes: «¿quién ha visto a Caraballo con la barriga vacía?». En la tarde de aire denso, caminaba Rita, la Caimana, entrando en su locura infinita a la eternidad, en la gracia de Los Compadres, Reynaldo y Lorenzo Hierrezuelo. Yo nací en un pueblo donde Pimpo La Ó decidió morirse encima de su guitarra a los ciento dos años, porque había soltado toda la música y no le quedaba ya saliva ni amor. Las flores crecían regadas por la angustia de Rita Montaner, y las caseritas, llamadas desde la Gran Manzana también por Antonio Machín, no se acostaban a dormir sin comerse el cucurucho de maní, todo como un ritual del corazón.

Yo era un niño asombrado de que existiera tanta música en el aire. Los domingos, en la tarde de mariposas soñolientas del parque, la Banda desgranaba lentos danzones, y el barbero Cazzatte hacía escapar a las lechuzas del campanario con la historia del árbol que cantaba reprimendas a la niña que grabó en su corteza su nombre, henchida de placer.

Luego mis pies atravesaron muchos caminos, pero el sonido ya estaba en la piel, suavecito, suavecito que es como me gusta más. Y en la fonda del Congo, en Catalina de Güines, adiviné el aroma fantasmal de aquellas butifarras que alabó Ignacito Piñeiro en una parranda descomunal, antes de irse al Platanal de Bartolo, el prostíbulo más musical del mundo. Y en el Alí Bar, la sombra del Benny movía todas las noches de la eternidad el bastón de sensual osadía, para que los saxos y los sexos desafiaran el olvido.

Aprendí no sólo que vivía en una tierra extendida hacia todos los rincones del sabor, viendo cómo afeitaban a Pío Leyva, El Montunero de Cuba, único mortal que cantaba mientras le tusaban el pelo, en la barbería estrecha de la Calzada de la Infanta, cerca del vaso donde la gorda Fredesbinda García levantaba sus gruesos boleros que presagiaban la muerte y la vida como un tornado pesaroso, a tres pasos sólo del callejón de Hamel, y luego el Pico Blanco, donde tanta novia mía cautivó el ronco José Antonio Méndez con el filin que iba a derramar por el mundo. Y el perico estaba llorando en los carnavales, para que María Caracoles gozara frente al inmenso malecón por donde se desbordaba la música y la cerveza, con la complicidad del mar que parece saberlo todo.

Aprendí lentamente que el bolero y la conga llegaban a la luna, cuando le faltaban los aretes que le escondió Vicentico Valdés en algún lugar de los abismos; que un tres se tocaba mejor con los ojos del corazón, como Arsenio Rodríguez buscando hacheros pa´ un palo; y que las alturas de Simpson brotaban del bombín mágico de Barreto, mientras Manuel Corona desgranaba sus hambres de solitario en los cafés luminosos del Prado.

Por eso he crecido. Soy un hombre sin extremidades visibles, pues la música de Cuba lanza mis sangres diversas a cabalgar encima de un guaguancó en Los Sitios; en un bolero a punto de amanecer iluminando el Valle de Viñales; arrastrando los pies adoloridos con un sucu suco, donde el aullido de un machete hace gozar y no cercena; sabiendo que mi cubanía es la inmensidad, donde todas las voces hacen crecer un güiro, un requinto burlón para que se escuche siempre a Siro, Cueto y Miguel, que mandan a la fatalidad de paseo, con aquello que dice: «La muerte me está buscando pa’ llevarme al cementerio, y como me vio tan serio me dijo que era jugando».

Yo no regreso nunca a nada. No vuelvo a ninguna parte, porque jamás me he marchado de lo que amo y me mantiene vivo. Nadie me arranca de lo que pertenezco y es rotundamente mío. Bajo la noche catalana, en las calles de melancolía de París, en viejos pueblos volcánicos de Canarias tengo una luz. De esa luz baja una lluvia como un son espléndido como la vida, con guiños de mujer y olores que me mecen, y el alma se divierte y se expande, y es la única razón que nos une y nos abraza a todos por igual. A tristes y serenos, a poetas y amargados, a viudos y cumbancheros, a cercanos y lejanos. Los que siempre nos encontraremos en el único mar de nuestros sueños reales.

El libro está a la venta en la Feria Internacional del Libro de Miami, durante el fin de semana 22, 23 y 24 de noviembre (UnosOtrosEdiciones). El 14 de diciembre de 2019, 5:00 p.m. en la galería Espacio 84, 5695 NW 84th Ave, Doral, FL 33166, los amantes a la música cubana tendrán la oportunidad de asistir a una presentación de tres libros que rescatan la memoria histórica de la música cubana. Junto a Kabiosiles también encontrarán Ñico Saquito, el Rey de la guaracha y Si en un final. Clara y Mario.


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El libro Kabiosiles de Ramón Fernández-LarreaFoto

El libro Kabiosiles de Ramón Fernández-Larrea.