Actualizado: 21/09/2021 16:36
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A través del bosque y hacia los suburbios

Muy pocas veces un filme toca tantos temas de importancia con la sutileza y la amenidad con la cual se trata en este

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Un joven cruza un bosque neblinoso en una noche cerrada. No sabemos de dónde viene. Carga unos maletines y un bulto más grande. Luego entra a un edificio mal iluminado, lleno de gente sentada en escaleras, que espera algo. Cruza sin apenas ser percibido y llega a una oficina donde al parecer hay un funcionario que expide permisos de residencia y tras una maniobra hipnótica (¿o mágica?), consigue de inmediato el documento que necesita.

Zhenia, que es el nombre del joven es un “inmigrante” ucraniano que se instala en un edificio maltrecho, uno de esos bloques prefabricados baratos, típicos de la era comunista en Polonia (y en el resto del antiguo campo socialista). Inmediatamente se lanza hacia un suburbio con su bulto al hombro (que pronto sabremos es una cama portátil para dar masajes). Callado sin apenas saludar al guardia que cuida la entrada a esta comunidad privada, comienza a tocar en las puertas de los residentes que, cuando le abren, parecen ya conocerlo.

El suburbio es como tantos otros que se reproducen por todo el mundo, donde la arquitectura es pretenciosa, pero homogénea, símbolo de capitalismo para todos. Los vecinos todos son diferentes en sus dramas individuales, pero similares en la forma en que los enfocan. Son frustraciones resueltas a nivel de clichés, de psicología pop y de costumbres impostadas. Parafraseando a Tolstoi, todos son iguales cuando parecen felices, pero cada uno es infeliz a su manera.

A todos, Zhenia los escucha callado, les repite las frases que quieren oír, los relaja con sus manos, les perdona los chistes de mal gusto sobre los inmigrantes, siendo él uno, los mima de cierta manera. Aparte del masaje, les vende esperanza.

Pero Zhenia no es un charlatán ni parece interesado en el beneficio económico. Mientras algunos de sus clientes se encuentran en trance hipnótico, Zhenia registra sus habitaciones. El filme juega con la intriga de la posibilidad que Zhenia no sea más que un ladronzuelo embaucador, pero no.

Por otra parte, él es perseguido, pero no sabemos por quien. Todo esto se va desarrollando en tono de suspense, que es solamente uno de los muchos aspectos del filme.

También se nos informa que Zhenia proviene de Prypiat (donde estaba ubicada la planta de Chernobyl), nació siete años antes de la explosión nuclear, su madre murió a consecuencia de sus efectos y él desarrolló telekinesis y otros poderes. Esto se muestra en nebulosos flashbacks. Zhenia se siente culpable de que a pesar de sus poderes nunca pudo salvar a su madre. Pero… ¿está Zhenia vivo y todo esto es una ilusión? ¿Es Zhenia un enviado del más allá?

Muy pocas veces un filme toca tantos temas de importancia con la sutileza y la amenidad con la cual se trata en este filme. Símbolos, metáforas, referentes, intertextualidades y retruécanos abundan en el filme no para confundir, sino para ofrecer la posibilidad de varios niveles de lectura. El filme toca diversos temas que a veces se superponen, las creencias religiosas, la inmigración, la política, la ideología, el poder de la sugestión, la identidad y los dilemas existenciales, todos se expresan de una manera o de otra, pero de la forma en que se desarrolla el argumento, cada espectador puede escoger sus niveles de interpretación o de interés.

Never Gonna Snow Again, que es como se titula el filme, alude a una vieja creencia europea de que, cuando la nieve cese de caer, es un anuncio del Apocalipsis. Zhenia puede ser lo mismo un arcángel que viene a limpiar los pecados para poder enfrentar lo inevitable, o es meramente ese otro en el cual se refractan nuestras virtudes y nuestras frustraciones.

El filme también contrasta los nuevos suburbios, representativos del desarrollo capitalista de Polonia, con su reciente pasado comunista, cuando se enfoca en los bloques prefabricados. Los habitantes del suburbio, envueltos en una homogeneización de afluencia que parecen olvidar su pasado miserable, viven imitando patrones ajenos, este visitante del Este puede que venga a recordarles sus raíces.

Malgorzata Szumowska y Michal Englert codirigen su propio guion con mano firme sobre su desarrollo. Mantienen una búsqueda artística coherente en todo momento y definen su voz narrativa con un uso excelente de la elipsis y el flashback. Ambos habían trabajado juntos en Body (2015) y The Other Lamb (2018), aunque Englert fue entonces solamente director de fotografía. Aquí, la fotografía de Englert es magnífica, convirtiendo al paisaje y a las tomas subjetivas en personajes del filme. Su único fallo es que quizá dejan algunas metáforas sueltas sin desarrollar. Temáticamente este filme le debe a Teorema, el filme de Pasolini.

El conocido actor británico de origen ucraniano Alec Utgoff (nacido en Kiev y cuyos padres aun viven allí), parece haber nacido para encarnar este personaje. Utiliza todo su físico, de manera contenida, solamente con los gestos necesarios, para trasmitir con eficacia artística el enigma de su personaje. Muy bien están también los veteranos del cine polaco Agata Kulesza, Maja Ostraszewska y Lukasz Simlat.

A pesar de ser un filme de múltiples personajes y situaciones que giran alrededor de Zhenia, Szumowska y Englert se las arreglan para mantener la trama fluida y encarar la variedad de temas con profundidad e ironía. Siempre preservan un refinado sentido del humor.

Never Gonna Snow Again (Polonia/Alemania, 2020). Dirección y guion: Malgorzata Szumowska y Michal Englert. Director de fotografía: Michal Englert. Con: Alec Ugtoff, Agata Kulesza, Maja Ostraszewska y Lukasz Smilat. De estreno en casi todas las ciudades grandes de Estados Unidos y disponible virtualmente mediante la plataforma Kino Lorber.


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