Actualizado: 25/09/2020 0:20
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¡Ah, la ópera!

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Que los montrinos son altamente civilizados, nadie lo duda; que los montrinos son muy educados, eso es evidente; que los montrinos son buena gente, se ve a la legua. Por eso cuando los montrinos (después de viajar 18 años, 4 meses y 5 días luz, aproximadamente) llegaron a la Tierra, todo el mundo quedó encantado. Los montrinos son tan delicados, tan amables, tan chévere… que ¡vaya!

Pero el caso fue que los montrinos, a pesar de todo su desarrollo, a pesar de que nos llevan mucha ventaja, no habían oído jamás música. Sí, música, “música”. Ellos no tienen un solo músico, ni instrumento de música, ni jamás escribieron partitura alguna, ni cantaron nunca en la ducha, ni tan siquiera le silbaron a un montrino en fase hembra. Por eso los montrinos quedaron sorprendidos, alelados, embriagados, extasiados y definitivamente turulatos cuando oyeron música.

Toda música les venía bien: los peores cantantes, los combos más estridentes, las orquestas más desafinadas, los concertistas más obtusos, cualquier cantautor con su guitarra, en resumen, no importaba intérprete, partitura o instrumento, la música los fascinaba, incluyendo inexplicablemente el reguetón; pero la ópera, ¡ah, la ópera!, los dejaba reducidos a polvo. Y por ahí comenzó la cosa.

Los montrinos después de largos arreglos de diplomacia extra galáctica y complejos ajustes de diverso carácter, y de inventar, construir, perfeccionar y comprobar un transportador instantáneo de materia a largas distancias que les permitiese llevar desde la Tierra a Móntrig el elenco de La Scala de Milán en pleno (la prima donna se había negado a pasarse 18 años en una nave espacial, a pesar de lo mucho que le explicaron que cuando regresara a la Tierra sería más joven que su más cercana competidora), de construir un teatro de ópera con todas las de la ley, salvo que de acuerdo con las dimensiones montrinas abarcaba, aproximadamente, la superficie de una ciudad terrestre y el doble de la altura de la torre de Burj Khalifa en Dubai; de divulgar y preparar a todos los montrinos sobre el acontecimiento más extraordinario de la “época de los efluvios”: el estreno absoluto ─en Móntrig─ de Rigoletto de Verdi.

Todo fue perfecto. Cada montrino mucho antes del estreno, conocía, nota por nota la ópera; la silbaban, la tarareaban, la cantaban: cada aria, el preludio, los coros, el cuarteto (cada montrino podía hacer las cuatro voces, y a la vez), el argumento era de dominio general y no había montrino, ni en estado larval, que no conociera aI injuriado Monterone o al tarrudo Ceprano, por no hablar del vil Duque o la ingenua Gilda. Todo perfecto, claro que a la escala de los montrinos.

Y llegó el día del estreno. ¿Por qué los montrinos no se conformaron con una versión videoholográfica y en su lugar prefirieron dotar a cada espectador de lentes y audífonos que elevaran a su escala las imágenes y voces de los cantantes? Sólo tiene una explicación: eran unos fanáticos y uno nunca sabe que esperar de un fanático.

Cuando Martinini, ¡el gran Martinini!, en el papel del Duque, la emprendió con el “Ouesta o quella” fue el arrebato (aunque ningún montrino entendía qué diferencia había entre “esta” o “aquella”, ni tan siquiera entre “esto” y “esta”). Luego fue la locura al atacar la Tartini el “Caro nome” (aunque ningún montrino tenía nombre alguno y menos aún podía “querer” el de otro montrino). Cada aria era aleteada (perdón, aplaudida), los encore se repetían, los “bravos” eran ya aullidos. En resumen: un éxito total. Los montrinos llegaron exhaustos al “Donna é mobile”, pero aun así fue el delirio. El cuarteto: la apoteosis (aunque ningún montrino comprendió jamás la volubilidad femenina pregonada por el vil Duque de Mantua, ni cuál era el atractivo de Magdalena).

Y llegó el final (todo tiene, desgraciadamente, un final), cuando después de una más que larga y melodiosa agonía, con un puñal clavado entre las costillas y metida dentro de un saco, Gilda expiró con un “do de pecho” y Rigoletto lanzó un angustiado ─y premonitorio─: “¡Ah, la maldiccione!”.

Fue el acabose. Los montrinos pateaban rugían, aullaban, no sabían cómo expresar su entusiasmo, y aquí fue la cosa (problemas de escala): desde el paraíso un montrino anónimo, después de gritar: “¡Bravo, bravo!”, lanzó el primer ramo de rosas, montrinas, al escenario…

…Gilda murió aplastada, en el acto y de manera definitiva, y sin decir ni jay; Rigoletto fue atravesado, más bien horadado, por una espina; la orquesta, diezmada por el aroma venenoso de las rosas; el Duque, (¡el gran Martinini!) que se encontraba tras bambalinas, sufrió serias contusiones cuando lo rozó un pétalo desprendido: el resto del elenco se libró como pudo con heridas más o menos leves. Pero nadie, nadie, puede culpar a los montrinos por ser fanáticos de la ópera.


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