Actualizado: 23/09/2022 21:11
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Literatura, Literatura rusa, Dostoievski

Algo más que la esposa de

Se publican por primera vez en España las memorias de Anna Grigorievna, quien fue la persona que más íntimamente conoció al gran escritor ruso Fiódor Dostoievski

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Cuando Fiódor Dostoievski (1846-1881) falleció, Rusia entera lloró la desaparición de uno de sus más grandes escritores. En su libro Le Roman Russe, el vizconde E. M. de Vogüé, diplomático francés, describió el funeral como una especie de apoteosis. Y señala que entre los miles de jóvenes que seguían el cortejo, se podía distinguir incluso a los nihilistas, que se encontraban en las antípodas de las creencias del escritor. Asimismo, los diferentes partidos políticos se reconciliaron en el dolor común y en el deseo de rendir el último homenaje al célebre autor.

En cambio, nadie se acordó ni tuvo palabras de agradecimiento para Ana Grigorievna (San Petersburgo, 1846-Yalta, 1918), su viuda. En vida de Dostoievski, era ella quien taquigrafiaba y corregía sus originales, escuchaba la lectura de los nuevos capítulos, vigilaba la salud destrozada de su marido. Ella fue la impulsora de que el escritor pudiese acabar la novela El jugador en solo tres semanas, lo cual permitió que su esposo no perdiera los derechos de todas sus obras sin compensación.

Dostoievski escribió sus mejores obras gracias a la ayuda que le ofreció Ana como secretaria y compañera. Según se dice, él le dictaba los textos por las noches y al día siguiente se los encontraba sobre su mesa de trabajo, listos y con algunas anotaciones y sugerencias. Y cuando nació su tercer hijo, ella decidió publicar las obras por sí misma. Asumió así la tarea de gerente y se encargó de llevar las finanzas de ambos. Con sus habilidades organizativas, la edición y la venta de libros se desarrollaron con éxito.

Tras morir Dostoievski, el resto de los años que vivió Ana los dedicó a sus hijos y a continuar sirviendo a su esposo. Publicó sus obras completas y creó su museo. Cuando falleció en 1918 en Crimea, se hallaba gravemente enferma y se moría de hambre. Acababa de empezar la Guerra Civil, pese a lo cual ella continuó analizando los manuscritos de su esposo, para crear un archivo de sus textos. Cuentan que León Tolstoi comentó, no sin envidia: “Muchos escritores rusos se sentirían mejor si tuvieran esposas como la de Dostoievski”.

El de Ana Grigorievna ilustra el caso de las mujeres que trabajaron a la sombra de grandes escritores y artistas, sin esperar nada a cambio. No solo fueron esposas, sino además musas, mecenas y apoyos esenciales en la vida de sus esposos. Es un problema que tiene que ver los roles de género que se cumplen en nuestra sociedad. De acuerdo a estos, son los hombres quienes tienen el papel protagónico, sin importar que tras ellos existan esposas, madres o hijas que hayan hecho pequeñas o grandes contribuciones a sus carreras fuesen más exitosas.

Pese a haber nacido mujer en una época en la cual serlo significaba estar en una condición social de inferioridad, Anna Grigorievna logró sacar fuerzas para que su sensibilidad para la escritura no se viese tronchada. Acerca del período que pasó al lado del autor de Crimen y castigo, redactó unas memorias tituladas Dostoievski, mi marido, cuya primera edición en España ha visto la luz (Editorial Espina, Madrid, 2021, 302 páginas, traducción de Celina Manzoni). Existía una anterior, hoy descatalogada, publicada en Argentina por el Centro Editor de América Latina.

En una entrevista, Alicia de la Fuente, editora y fundadora de la Editorial Espinas, declaró a propósito de la publicación del libro: “Descubrimos que este libro de memorias no estaba editado en España. Así nació la idea de ser nosotras mismas las que lo rescatásemos y montar este proyecto editorial para darle voz a ella y a tantas otras (…) Este tipo de voces aportan un valor a la literatura desde ‘el otro lado’ que nos parece fundamental. Su voz es no sólo importante para reivindicar el papel de la mujer en las sociedades del siglo XIX, sino también porque la obra tiene un valor biográfico enorme. Como admiradoras del escritor ruso, leer la versión de Ana era una obsesión. Y no entendemos por qué no se había planteado antes”.

Al inicio de sus memorias, Ana cuenta que en octubre de 1866 su profesor de taquigrafía se le acercó antes de comenzar la clase y le dijo: “Ana Grigorievna, ¿desearía aceptar un trabajo de taquígrafa? Me encargaron que buscara un taquígrafo y pensé que tal vez usted accedería”. Ella reconoció sus deseos de trabajar, pero dudaba que sus conocimientos fuesen suficientes. El profesor le aseguró que el trabajo ofrecido no requería una velocidad mayor que la que ya ella desarrollaba, que era de 200 palabras por minuto.

Infeliz, abandonado por todos y ultrajado

Al indagar ella con quién laboraría, el hombre le respondió que con Dostoievski, quien estaba planeando una nueva novela. Le dijo el precio que él ofrecía, que a ella le pareció bien, y entonces agregó: “Le pido que vaya a casa de Dostoievski mañana, ni antes ni después de las once y media, tal como él mismo estableció hoy. Solo temo que usted no pueda ponerse de acuerdo con él; es un hombre muy hosco y rudo”.

El nombre de Dostoievski a Ana le era familiar. Había sido el escritor preferido de su padre. Ella misma era admiradora de sus novelas y confiesa que “había llorado leyendo Recuerdos de la casa de los muertos. ¡Y de pronto tanta suerte!”. La emoción y la alegría la hicieron pasar la noche sin dormir. Creía que Dostoievski era contemporáneo de su padre y, por tanto, un anciano. A veces lo imaginaba gordo y calvo, otras alto y muy delgado. Sobre todo le preocupaba no saber cómo conversar con él. “Lo imaginaba tan erudito e inteligente que temblaba de antemano por cada palabra que podría decir (…) Cuando pienso en esos tiempos, advierto que a pesar de mis respetables veinte años, era una niña”.

En el primer encuentro, Dostoievski se comportó de forma extraña: “Fue poco cortés, un poco demasiado sincero y brusco. Se notaba que estaba muy nervioso y que no podía concentrarse en sus pensamientos. A menudo me hacía preguntas y de inmediato se ponía a caminar por la habitación. Caminaba largo rato como si se hubiese olvidado de mi presencia y yo permanecía completamente inmóvil para no molestarlo”. Al volver a su casa, Ana confiesa que estaba muy triste. Dostoievski no le había gustado, le produjo una impresión penosa. “Por primera vez en mi vida había visto a un hombre tan infeliz, abandonado por todos y ultrajado; tenía una profunda compasión, sentía piedad por él”. Además, le parecía que no iba a poder seguir adelante con esa labor, y pensó con tristeza que su sueño de independencia económica empezaba a desvanecerse.

Pero en las siguientes sesiones, la relación entre ambos empezó a mejorar. A medida que pasaba el tiempo, el acercamiento fue mayor. Dostoievski pasó a tratar a Ana con mayor cordialidad y con creciente bondad. Ella, a su vez, se sentía feliz de poder aligerar su trabajo y ver que la novela podía ser entregada en el plazo establecido. Y apunta que “estaba orgullosa no solo de ayudar a mi escritor preferido, sino también de influir mucho en su estado de ánimo. Para ser sincera, me engrandeció a mis propios ojos”. En veinticinco días, Dostoievski finalizó El jugador y estaba muy feliz. Y reconoció que sin la ayuda de su gentil colaboradora no hubiese podido hacerlo. Le pagó los honorarios y la invitó a cenar en un restaurante.

El escritor se dio cuenta de que la colaboración de Ana había sido decisiva. Escribir dictándole y que ella luego lo trascribiera y se lo entregara al otro día, le resultó tan fácil, que no se hacía a la idea de no contar más con ella. Sobre todo porque estaba por iniciar la redacción de Crimen y castigo. El 8 de noviembre de 1866, cuenta Ana en sus memorias, fue el día más importante de su vida: Dostoievski le dijo que la amaba y le preguntó si quería ser su esposa. Se casaron en febrero de 1867. Ana tenía entonces 20 años; él, 45.

Los primeros años de su etapa como esposa no fueron buenos. Como ella misma reconoce, antes de contraer matrimonio tenía muy poca práctica en las tareas domésticas. A eso se añadió que la casa empezó a verse visitada por familiares, amigos y conocidos de Dostoievski. En sus memorias, Ana se refiere a esa situación. Comenta que el verse obligada a recibir y distraer a los huéspedes desde la mañana a la noche, le resultaba muy molesto. A ella le interesaba hablar, discutir y escuchar a los amigos literatos. Un placer que ahora se le ofrecía raramente, pues la continua presencia de visitantes se lo impedía. Y escribe: “Advertí con disgusto que en todo el mes no había leído un libro, no había practicado taquigrafía, que todavía quería aprender a fondo. Y, por último, lo más grave de todo. A causa de esas visitas no tenía la posibilidad de estar a solas con mi marido”.

Incontrolable adicción al juego

Por otro lado, los parientes de Dostoievski le hicieron pasar muchos disgustos. Quien más insolente y groseramente se comportó fue Pável Alejandrovich, hijastro del escritor. Aparte de no tener medio para que viviera independientemente, este quería tenerlo cerca para influir en su carácter, aún en formación. El joven consideraba a Ana una usurpadora, una mujer que había entrado en un hogar en el cual hasta entonces él era amo absoluto. Y como ella cuenta, como no pudo impedir el matrimonio “decidió hacerme la vida imposible, pensando tal vez que los continuos disgustos, las peleas y los chismes llegarían a los oídos de Fiódor Mijailovich obligándome a abandonar la casa”.

La pareja hizo un corto viaje de luna de miel a Moscú, tras el cual regresaron a San Petersburgo. Se reinició así la vida que para Ana era tan odiosa. Dostoievski tuvo entonces la idea de ir al extranjero. Sus familiares se opusieron de plano, a menos que él les diese por adelantado el dinero suficiente para vivir algunos meses. Algo que lo dejaría con escaso dinero. En ese momento, Ana demostró que poseía una resolución y una fuerza de carácter que estaban ocultas: para que pudiesen viajar, empeñó todo lo que tenía. Partieron para estar fuera tres meses, pero la estancia se extendió a cuatro años. Ese período fuera de Rusia sirvió para fortalecer su matrimonio. Y en palabras de Ana, “solo entonces comenzó para nosotros una vida nueva y feliz y se consolidó nuestra amistad, que permaneció inmutable hasta la muerte de mi marido”.

Ana hace un registro minucioso de su relación matrimonial. Esta fue profunda y a ella y Dostoievski los unió un gran amor. Pero también fue torturante debido a los celos, la enfermedad, la adicción al juego y las rarezas de su esposo. Durante la estancia en Baden-Baden, ella se convenció de que él se hallaba bajo la influencia de un sentimiento terrible, del cual no se podía liberar. Jugaba a la roulette, pero era un hombre muy nervioso y se dejaba llevar por los excesos. Tenía además una situación desfavorable: poseía poco dinero. Ganaba, pero era incapaz de resistir la tentación y acababa perdiendo todo lo que había obtenido. Llegó un momento en que lo había empeñado todo, incluso los vestidos de Ana. Ella nunca se lo reprochó. Se mostró resignada, pues sabía que su afición al juego era una enfermedad incurable. El de Baden-Baden fue, según ella, el período más agitado de la estancia en el extranjero.

Dostoievski padecía epilepsia, y en esos años que vivieron fuera de Rusia sus crisis se hicieron más frecuentes. Eso, a su vez, le impedía trabajar. A esa situación se sumó que Ana salió embarazada por primera vez, pero la hija que dio a luz murió a los pocos meses. Cuenta que la desesperación de él “no tenía límites: sollozaba y lloraba desconsoladamente, cubría de besos el cuerpecito frío, las manitas, la blanca carita. Jamás vi igual desesperación”.

Sus condiciones económicas mejoraron mucho

El escritor había estado casado antes y sus dos esposas terminaron engañándolo. Eso hizo que hasta el final de sus días fuera extremadamente celoso. Sus ataques de celos surgían repentinamente y sin que hubiese motivo alguno. Era además irritable, susceptible y de mal genio. En ese sentido, Ana fue igualmente muy comprensiva y paciente. Contribuyó a tranquilizarlo y equilibrarlo. Debe haber ayudado también de algún modo a curar su enfermedad, ya que a partir de 1877 la epilepsia no volvió a manifestársele.

En 1873, Dostoievski publicó Los demonios, que marcó el inicio de la actividad editorial del matrimonio. Era un sueño que él tenía desde joven. A Ana también le gustó la idea, así que lo primero que hizo fue informarse. Averiguó con los dueños de las imprentas las condiciones para editar un libro. Consultó también a los libreros acerca del porcentaje que recibían del editor. En esa época, ningún escritor se arriesgaba a publicar sus obras por su cuenta. Quienes eran lo bastante audaces para hacerlo, lo pagaban muy caro. Por eso los amigos del matrimonio les aconsejaron no emprender un negocio tan poco seguro.

Pero para sorpresa de todos, la publicación de Los demonios y El idiota reportaron al matrimonio unos óptimos resultados. Eso los animó y resolvieron sacar cada año un volumen con las obras de él. En 1881comenzaron otra empresa: una librería para la venta en provincias. Para Ana, esa labor tenía la ventaja de que no le exigía alejarse de la casa. Podía, por tanto, vigilar la salud de su marido, atender las tareas domésticas y cuidar la educación de sus dos hijos. Otra ventaja era que para abrir la librería no se requería al principio una gran suma. Sus condiciones económicas mejoraron mucho. Y aunque no lograron ahorrar dinero para el futuro, pudieron pagar la mayor parte de las deudas.

Gracias al apoyo que su esposa le brindó durante todos esos años, Dostoievski pudo escribir algunas de sus mejores obras: El idiota, Los demonios, El eterno marido, Los hermanos Karamazov. Cuando murió, ella se consagró a organizar y difundir su patrimonio literario. Sin embargo, cuando se habla de él no se le menciona y se obvia su valiosa contribución. Fue una de las tantas esposas de escritores famosos, a quienes solo se les reconoce como simples acompañantes o, como mucho, como musas, pero que tuvieron una influencia importante en la faena de sus compañeros.