Actualizado: 03/07/2020 15:57
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Ambivalencias metafóricas en la narrativa de Rita Geada

De la playa de Baracoa a Miami Beach, pasando por el Partenón, Rita Geada nos enfrenta a los motivos de Proteo que son los mismos en todas partes

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Yo tengo la firme creencia que a los cubanos no les gusta el mar, aunque no se cansen de afirmar lo contrario. Antes de 1959 lo que les gustaba era ir al Miramar Yatch Club, al Casino Español y a las sociedades de recreo para después de meterse en el agua por el tiempo más corto posible, darse una ducha, emperifollarse las cubanas e irse de compras al Encanto y Fin de Siglo, mientras que los hombres se iban a la Esquina del Pecado a piropearlas. Después de 1959, esto da un giro de noventa grados y la pasión por el mar tiene connotaciones políticas de patria o muerte: a los cubanos les interesa el mar para conseguir una balsa e irse de Cuba lo más pronto posible. Pero Rita Geada, poeta cubana conocida por su extensas obra poética, no se ajusta al canon ni del antes ni el después del 59 y, sencillamente, es la excepción que confirma la regla. Rita es la única cubana que yo conozco que creo que de verdad le gusta el mar, aunque ciertamente no ha sido hasta esta presentación y la lectura del cuento que le da título al libro, que he podido descubrir la verdad del caso, y, sencillamente, me he quedado con la boca abierta.

Su pasión por el mar se pone de manifiesto a partir del título y se confirma una y otra vez en varias narraciones. “Antes de que cambie la marea” no solo apunta en dirección al mar, como hecho visual, estático y panorámico, sino al proceso subyacente de movilidad que hay en las aguas, lo que implica la dramaticidad de la relación. Además de ello, la atención no se dirige

al mar no solo como hecho visual, sino que se anticipa algo más personal con un mar cambiante. Es la marea lo que indica un enfoque en la acción en lugar de limitarse a lo estrictamente descriptivo. Por otra parte, la palabra “antes” implica tiempo, siendo esta la base de una acción detrás de la cual hay un sentido narrativo del “suspense”. Quiere esto decir que si hay un “antes” también hay un “después”, la presión de un tiempo limitado respecto a lo que tiene que ocurrir antes que suba la marea y que requiere un determinado ritmo, un oleaje, aunque no sabemos exactamente de qué se trata. Es casi una advertencia activa que hace el narrador de que, un personaje indeterminado todavía, se verá precisado a actuar, y que posiblemente no debe dejarlo para luego. Esto se debe a una oposición caracterológica entre esa criatura que el libro no define en la portada y la marea más allá de la orilla, una ecuación entre un sujeto y un objeto, la narradora y la marea, cuya naturaleza cambiante, enigmática, dramática, está sugerida en el título del cuento y del libro, porque el mar, o más exactamente la marea, queda caracterizado como una criatura (no necesariamente una entidad física) capaz de la transformación. Implica además corrientes ocultas y hasta factores externos que llevan no sólo a una transformación rítmica del agua, sino a unas consecuencias ulteriores, que nos sospechamos que no son necesariamente buenas. Es decir, el título contiene el viaje, que es el “suspense” del conjunto de narraciones.

Ahora bien, si nos circunscribimos a los límites del primer cuento, nos vamos a enfrentar a una compleja trayectoria al zambullirnos más allá de la superficie del texto. La supuesta y ambivalente corporeización acuática, apunta desde el primer párrafo a una relación de pareja común y corriente, hombre-mujer, haciendo escueta referencia al atuendo playero que ella va a utilizar en el encuentro, un preludio de seducción femenina en anticipación de un hecho específico. Sin embargo, desde la primera oración hay una problemática temporal y corporal que apunta a un desacuerdo, quizás a una corriente oculta, a una movimiento rítmico del mar que anticipa un conflicto. “Sé que ayer te quedaste molesto porque no te complací quedándome más tiempo contigo” se refiere a una relación previa, casi en tono de llamada telefónica de “strangers in the night”, un intercambio de números telefónicos: una relación incluso circunstancial, pero en la cual ya está latente un desacuerdo en cuanto al tiempo que estuvieron juntos, que nos remite a la temporalidad del título: antes-después, ayer-hoy.

La descripción del paisaje es idílica, en cuanto al uso de la luz, la intensidad del azul, barquitos y cruceros, la hora del día, que apuntan a lo más estrictamente convencional del encuentro. Todo está perfecto, a punto inclusive de resultar inmóvil, salvo una palabra de por si insinuante, “picarse”, asociada nuevamente con el paso del tiempo y al concepto de algo en proceso de cambio. Es decir, la lasitud aparente del paisaje, no lo es del todo, sujeta sutilmente a una transformación, una transición, física o síquica, que va más allá del paisaje.

Es en ese momento que una nota de color diferencial, una gorra blanca, lo distingue a él de entre todos los demás hombres, de forma muy específica, aunque el contexto total del agua, y la “brazada” que los acerca pudiera hacernos sospechar una presencia más poderosa. La autora no entra en demasiados detalles, pero con “cuerpo formidable”, “brazos diestros”, “abrazo matutino” y “besos salados” (particularmente besos salados) cubre todos los atributos físicos y funcionales de un Adonis playero de carne y hueso surgiendo de las aguas, dándole al encuentro una connotación marítima a la que, desde el título, “antes de que cambie la marea” se atiene la narración. En un par de oraciones que le siguen, la narradora es algo más explícita, pero sin ir demasiado lejos. La insistencia en lo salobre se repite, dándole al objeto de deseo, una consistencia gustativa, que forma parte esencial de la relación entre esta pareja y la mayor parte de ellas. Todo esto suavecito y a ritmo de bolero, hasta tal punto que Geada recurre a Rosario Sansores de modo específico, dándole fondo musical a una secuencia que se hace íntima más allá del espacio abierto en que tiene lugar la acción, que nos traslada a la alcoba y nos mete entre las sábanas: “en la penumbra vaga de la secreta alcoba cuando una tibia tarde me acariciaba toda”: el pasillo ecuatoriano Sombras con letra de la Sansores, que en última instancia es simple y llanamente un bolero. Pero ya la letra apunta a la temporalidad, que es el “antes” amenazador del título, el tiempo que denota el cambio, el “cuanto tú te hayas ido”. Es el caso de “bésame mucho como si fuera esta noche la última vez”: el lecho acuático íntimo, que se convierte en un colchón de agua con otra clase de marea. Es decir, ya aquí se va definiendo el antes y el después de la relación amatoria, y el “me acariciaba toda” que apunta al todo corporal, encierra ya la falla del instante ente las “sombras” de la música. Lo que hace Geada en realidad, es trabajar con el tiempo de una relación corporal del tu-y-yo, anunciándonos tal vez “que entre los dos se interpone un abismo”, y nos da un texto desnudamente erótico, por mucha música de fondo que le ponga, o precisamente por ella.

Nos envuelve la píldora entre pelícanos y blancas gaviotas, inclusive un águila martiana, la belleza y la armonía de un día esplendoroso, y el vértigo de un cielo ilusorio de estrellas, e inclusive nos tiende la trampa de “La Oda a la Alegría” de Beethoven que se entremezclan, más carnalmente “en la penumbra vaga de la secreta alcoba cuando un tibia tarde la acariciaba toda”, y principalmente en el “cuando tú te hayas ido”. La separación que se anticipa es una cuerda desafinada que apunta a una falla que es como es hilo de una media que se descose y que desde el momento que se descubre deja al descubierto la imperfección del tejido. No quiere esto decir, que no escuchemos esa euforia en que Beethoven nos arrastre en ese instante único y universal de la cópula perfecta, aunque, hay que reconocerlo, hay cosas que duran lo que un merengue en la puerta de un colegio.

Pero lo cierto es que la protagonista que vuelve al insinuante “picarse” anteriormente mencionado, y adquiere una conciencia del tiempo que rompe el hechizo, apuntando al cambio de la marea, al antes que es también el después, de un oleaje que “se pica” y que resulta amenazante. “Yo, temerosa del cambio, levanté la vista a lo alto para calcular la hora…” Ya el cálculo de la hora, el amante que mira al reloj porque se le ha hecho demasiado tarde, advierte a la existencia del “cuando tú te hayas ido”, cuando Beethoven da por terminada la sinfonía. ¿Entonces, qué y por qué? El cuento gira, da una vuelta, y el pasillo ecuatoriano da un traspiés. Una serie de consideraciones que no entraban antes, hace que la protagonista de marcha atrás: “Por lo tanto, las aguas se irían agitando cada vez más coincidiendo con el cambio de la marea. Todo así dificultaría el yo poder alcanzar la otra orilla. Habría un mayor riesgo de caerme en la arena movediza junto al batir del oleaje y la resaca producida por el embate contra los montículos de la arena en la orilla. Un traspiés podría resultar peligros pues sería muy difícil poder incorporarme desde la arena blanda y acuosa”. Todo aquello que nos fue llevando de la mano del relajito de Rosario Sansores con acompañamiento sinfónico de Beethoven, todo aquel acoplamiento perfecto y cuidadosamente elaborado con aquel Adonis surgiendo de las aguas, que ya se veía venir desde la primera oración del cuento cuando ella no quiso quedarse más tiempo con él, vuelve otra vez, pero desde un ángulo diferente, llevándonos a la relectura. Al mismo tiempo, la metaforización ambivalente, va de un plano al otro, del “affair” individual a la ceremonia ritual del “hieros gamos” o “matrimonio sagrado”, que constituye la médula de la relación de la pareja.

Lo cierto es que una cosa va con la otra. Hay que considerar la relación metafórica que encierra la última parte del cuento, en la cual la personificación de las circunstancias toman un giro mítico, que contradice la estricta condición personal con la cual Geada trabaja la dos primeras partes, lo cual conlleva una ambivalencia narrativa intencional, para despistarnos, aunque en realidad no del todo, porque hay en todo esto una doble mascarada. El tono coloquial, casi de llamada telefónica, que cierra la narración, nos devuelve a lo prosaico. De la playa de Baracoa a Miami Beach, pasando por el Partenón, Rita Geada nos enfrenta a los motivos de Proteo que son los mismos en todas partes: el gran macho primigenio en medio del harén, según el mito. De todas formas, paramos en lo mismo: no en balde el mar a mí siempre me ha parecido un tipo muy sospechoso, porque la teogonía olímpica es tan peligrosa como la yoruba. Una metamorfosis marítima con la dinámica del oleaje traslada la narración a “las estaciones de Proteo”, casi al final del libro, con la narradora frente al templo de Apolo, y nos remite al “mar tranquilo, seductor, con la cresta blanca de alguna ola pequeña saludándonos, que me llamaba a nadar” de principios del cuento. Vuelto a leer, la cresta, la ola y el saludo, adquieren un nuevo significado dejándonos ver lo que hay detrás del olímpico enmascaramiento. Aunque es cierto que “la gorra blanca” enfoca la atención de modo específico en hombre de carne y hueso con todos los atributos del caso, Proteo lo convierte en una fantasía erótica de doble filo, acentuado por el bolero que despista, y además el tono confianzudo de la despedida: “lo siento amor, volveré mañana, pero debo de salir ya”, convirtiendo una inocente zambullida matutina en “affair” que se las trae.

En todo caso, y para concluir, el hecho mismo de que “Antes que cambie la marea” me ha dado tanto material para llevar a efecto un análisis crítico tanto o más largo que el cuento, es una clara indicación de la habilidad narrativa de Rita Geada, que sin necesidad de caer en hermetismos innecesarios, recorre una gama argumental que se enriquece de lo cotidiano a lo mítico, de lo individual al hieros gamos olímpico y le da trascendencia a la aparente pequeñez de lo común y corriente.

La presentación del libro Antes que cambie la marea (Miami: Alexandría Press, 2013) de Rita Geada, con la participación de la autora y los escritores Julio Hernández-Miyares y Matías Montes Huidobro tuvo lugar en “La Otra Esquina de las Palabras”, que dirige Joaquín Gálvez, en Miami, el día 7 de marzo de 2014.


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