Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Atrapados entre las ruinas de la Cuba imposible

Esta película, pese a ser un tanto fallida, resulta al final buena. En gran parte gracias al buen manejo de los actores y la dirección segura de alguien que sabe lo quiere

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En el año 1976, el Gobierno cubano y el de la extinta Unión Soviética firmaron un acuerdo para construir dos reactores de energía nuclear cerca de Juraguá, al suroeste de la ciudad de Cienfuegos. Originalmente se pensaban construir doce reactores, cuatro en Juraguá, cuatro en Puerto Esperanza y cuatro en Holguín, pero finalmente decidieron construir dos. A la larga, solamente se trabajó en uno y tras haber comenzado su construcción en 1983, debido a múltiples problemas que no habían previsto los planificadores, el plan quedó suspendido en 1992, sin terminar siquiera el primer reactor.

Para tan ambicioso y ditirámbico proceso, se planeó la construcción de la Ciudad Eléctrica Nuclear, a un par de kilómetros del reactor. Ahí se alojarían los ingenieros, los técnicos, los trabajadores y sus familias, todo el equipo de apoyo y se construirían, además, centros nocturnos y restaurantes. Lo que queda hoy de todo ello, es un pueblucho horrible, formado por diversos y destartalados edificios prefabricados, sin ningún comercio ni ningún centro de entretenimiento. Además de una población flotante, sin recursos, sin lugar a dónde ir y sin nada que hacer. Todo ello bajo la sombra del cascarón del reactor, que hace un par de años se determinó iba a servir de basurero internacional,

A ese proyecto se llevaron ingenieros de toda la Isla, así como maestros, técnicos y otros profesionales de varias repúblicas de la antigua Unión Soviética, muchos de los cuales han envejecido ahí, sin propósito alguno.

De este fracaso y su efecto en las vidas de quienes fueron movilizados a ese proyecto, trata la película La obra del siglo, del director Carlos Quintela. El filme trata de enfocarse en las historias de la Historia. Para ello, se centra en la vida cotidiana y las preocupaciones de tres generaciones que giraron alrededor del proyecto.

Otto es el abuelo amargado, el hombre que hizo la difícil transición del capitalismo al socialismo. Rafael es el ingeniero que fue llevado al proyecto, hijo de Otto y de la Revolución. Pedro es la bala sin rumbo, el hijo de Rafael y nieto de la Revolución, un verdadero heredero de las ruinas.

Aunque hay cierto facilismo estereotipador en este esquema, ya que presenta a los personajes como hijos de una utopía a la cual los técnicos acudieron con entusiasmo y fervor, aunque hay algo de eso, lo cierto es que la mayoría de los participantes no eran soñadores, sino que no les quedaba otro remedio que participar del proyecto. Pero Quintela maneja esto con habilidad y sabe salirse del enredo argumental en el cual él mismo se metió, a través de una mirada anecdótica y minimalista.

Combina pietaje de los documentales propagandísticos que se pasaban por la televisión, que acentuaban la grandeza del proyecto, con los pequeños conflictos que viven los tres personajes, ninguno de los cuales parece soportarse. El pietaje documental es en colores y la vida actual está filmada en blanco y negro. Salvo algunos exabruptos dramáticos, el filme usa un enfoque de baja intensidad, de poca acción y limitado efectismo.

En su primer filme, La piscina, Quintela utilizó bien este enfoque y le resultó muy bien, en una obra cuya temática residía en la marginalidad de los personajes y lo anodino de su entorno. Aquí no funciona tan bien. A veces uno se divierte con lo ridículo que suena el pietaje documental, que está lleno de un humor no intencional y luego la acción alrededor de los personajes resulta aburrida. En ambos filmes se le ven demasiado las influencias a Quintela. En su ópera prima era la de Apichatpog Weerasethakul y Tsai Ming-Liang, aquí es la de Pedro Costa, sobre todo de los filmes En el cuarto de Vanda y Juventud en marcha de cuyos encuadres en los bloques de apartamento y en los espacios interiores, toma mucho.

Pero Quintela tiene promesa. Su película es un tanto fallida, pero es buena. Maneja bien a los actores y dirige con seguridad, sabe lo que quiere.

Mario Balmaseda como Otto, repite un papel en el cual ha residido artísticamente en los últimos años. Es un prototipo creado por él mismo y quizá por sus limitaciones como actor. De hecho, este personaje es una especie de extensión envejecida del que protagonizó hace décadas en De cierta manera (1977), que la propia película se encarga de recalcar, ya que en una secuencia en la cual recuerda su pasado, como guiño, sale un fragmento de Balmaseda y Yolanda Cuéllar en esa cinta.

Mario Guerra es también un actor eficiente al cual se ha utilizado en un papel repetitivo. Aquí se desempeña bien como Rafael, el ingeniero hijo de Otto. Por su parte, Leonardo Gascón, quien parece hacer un debut cinematográfico, también resuelve bien su papel del nieto, el hombre al cual no le dejaron ninguna ilusión con la cual crecer y que atraviesa una crisis matrimonial. El resto de los actores se mueve bien en su paso efímero.

El guion fue escrito por Abel Arcos y el propio Quintela, quienes colaboraron en La piscina. Es un argumento sólido, con dosis de humor sutil, pero que falla a la hora de contrastar las realidades y a veces su burla es demasiado obvia (aunque merecida). La fotografía de Marcos Attila utiliza bien el blanco y negro para dar aspecto de desolación tanto al paisaje exterior como al de las vidas de los personajes. Guion y fotografía encuentran una poética de la miseria y de las vidas atrapadas en un callejón sin salida, sin un futuro que esperar.

El filme recibió, entre otros, el premio Lions Film que concede el festival de Rotterdam a filmes de directores promisorios que hayan recibido el apoyo del fondo Hubert de Bals. Ha sido mejor acogida en Argentina y en Europa que en Cuba. Es una buena denuncia a la imposición de la utopía imposible sobre las vidas de los inocentes que se ven vinculados a ella. Es un resumen trágico de los supuestos sueños y las desmedidas ambiciones de la revolución cubana.

La obra del siglo (Cuba/Argentina/Alemania, 2015). Director: Carlos Quintela. Guion: Carlos Quintela y Abel Arcos. Director de fotografía: Marcos Attila. Con: Mario Balmaseda, Mario Guerra y Leonardo Gascón. Disponible en DVD a través de Kimbara Cinemateca Cubana.


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