Actualizado: 22/10/2019 9:54
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Artes Plásticas

Autocrítica de arte

La creación artística continúa amurallada como una secta dentro de sus propios confines, abonada a un monólogo paranoico.

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Disparar contra el arte contemporáneo: he aquí un deporte de práctica creciente en los últimos años. Como se da por sentado que ese arte puede soportarlo todo, se le supone bien guarecido en sus fortines, desde el otro lado de la muralla entonces el asedio es aún más recio y amenazante. Los portavoces de estas críticas son tan diversos como sus conocimientos sobre el tema que abordan. Pueden llamarse Jean Baudrillard o Robert Hughes; Mario Vargas Llosa o Donald Kuspit; James Gardner o Julio Llamazares.

Todos ellos, y muchos otros, han coincidido en denostar del arte contemporáneo su frivolidad, su posición marginal en el discurso intelectual, su adicción a las subvenciones públicas, su confusión entre estética y política o su estatus fantasmagórico (algo lógico, pues de un arte que se proclama muerto ya sólo pueden quedar espectros). Las definiciones empleadas son, asimismo, tan variopintas como curiosas: desde "cultura de la queja" hasta "cultura basura", desde "complot" hasta "mafia", desde "feria de las vanidades" hasta "caca de elefante".

Nada de esto puede considerarse una novedad. Pablo Picasso o Marcel Duchamp, considerados por Octavio Paz como los dos artistas más importantes del siglo XX (uno por su exceso de obra, otro por su limitada cantidad), ya recibían críticas incluso más contundentes. Al punto de que, todavía hoy, el filósofo José Antonio Marina concibe al artista francés como un tipo "ingenioso", aunque con una envergadura estética de dudoso calado.

Algunas de las recientes críticas son portadoras de argumentos conservadores, cuando no reaccionarios, que ya fueron fulminados en su momento por Oscar Wilde en El crítico como artista. Desde allí, el escritor inglés certificó que la gente huye de lo contemporáneo y acepta lo establecido; aunque lo hace, sencillamente, porque el pasado "no lo puede alterar, no porque pueda entenderlo".

Emerge también, dentro de estos argumentos, ese terror explícito que aún provoca la imagen visual. A veces, desde el ámbito literario, muchos autores son capaces de aceptar —y escribir ellos mismos— asuntos que sin embargo no pueden tolerar una vez situados directamente frente una obra visual. Mario Vargas Llosa, por ejemplo. En su importante carrera literaria no puede considerarse escasa la crueldad, el incesto o la pedofilia ( La guerra del fin del mundo, La tía Julia y el escribidor, Historia de Mayta, Elogio de la madrastra). No obstante —como le sucedió con la exposición Sensation—, Vargas Llosa es capaz de escandalizarse cuando los mismos temas son expuestos más allá de la intimidad de la lectura, en la impudicia colectiva que suele suscitar el acto visual.

En otros casos, se hace evidente una argucia que no ennoblece, precisamente, el debate. Como la utilización de algunos puntos frívolos, incluso esperpénticos, de las actuales creaciones para generalizar acerca de todo lo que hoy se produce en las artes visuales. Esto es tan demagógico como lo sería evaluar el estado de la literatura contemporánea por la profusión de premios amañados, el plagio contumaz y demostrado de autores consagrados o simplemente famosos, la proliferación de una literatura llena de lugares comunes, o el trasiego de poder político y mediático entre las grandes editoriales y los escritores. ¿Deberíamos pensar que la literatura actual es eso, sólo eso y nada más que eso?


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