Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Cine colombiano, Cine, Arte 7

Bárbaros, civilizados y depredadores

El problema con esta película es que el tema ya ha sido tocado muy bien por Werner Herzog (Aguirre y Fitzcarraldo), Francis Ford Coppola (Apocalypse now!) y por supuesto, por Joseph Conrad en su novela El corazón de las tinieblas

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El abrazo de la serpiente, que fue finalista al Oscar a la mejor película en lengua extranjera, en representación de Colombia, es un filme muy bien realizado, que no se pierde en los meandros de su elaborada trama y que evita los extremos y el sermoneo de combate en el tratamiento de un tema espinoso, aunque muchas veces tratado.

Basándose en los diarios del etnólogo alemán Theodor Koch-Grunberg y el botánico americano Richard Evans-Schultes, quienes aunque recorrieron la misma zona con 20 años de diferencia no tuvieron relación entre sí, en la película se novelan estas notas para relacionar a ambos personajes con un chamán sobreviviente de la tribu Cohiuano, a su vez ficticia.

El filme entreteje las historias de ambos científicos, dando saltos en el tiempo, que a veces se prolongan demasiado, y establece su relación con Karamakate, el chamán, para así ilustrar varios aspectos de los choques culturales que se mueven entre las colonizaciones civilizadoras y los estudios científicos que se utilizan para encubrir otros móviles siniestros.

Karamakate responsabiliza a Koch-Grunberg y a su servil ayudante, Manduca, como culpables de la desaparición de su tribu. Koch-Grunberg (Theo en la película), enfermo de muerte ya desde el principio de la película, busca ayuda de Karamakate para encontrar la Yakruna, una planta milagrosa y curativa. El chamán se niega inicialmente, pero luego los acompaña a regañadientes y la expedición va recorriendo los desechos de las guerras fronterizas entre Brasil, Perú y Colombia, el violento proselitismo de los sacerdotes católicos y la depredación realizada por los aristócratas y magnates del caucho colombiano.

En la historia subsecuente y narrada paralelamente, Evans-Schultes, se encuentra con Karamakate ya viejo, para que lo acompañe a buscar la Yakruna con el objeto de estudiarla. En realidad, Evans-Schultes (Evan en el filme), ha sido encargado por el Gobierno americano para buscar fuentes alternativas para la explotación del caucho, tan necesario para las labores de guerra durante la II Guerra Mundial. En su recorrido tropiezan con sectas fanáticas y guerras fratricidas en la misma área que treinta años atrás.

A pesar de encontrarse en la ya transitada denuncia de la colonización europea en América Latina y el persistente deseo de explotación que rige a la civilización occidental, el director Ciro Guerra, también coguionista, se las arregla para mantener un tono relativamente mesurado. El problema que enfrenta es que el tema ya ha sido tocado muy bien por Werner Herzog (Aguirre y Fitzcarraldo), Francis Ford Coppola (Apocalypse now!) y por supuesto, por Joseph Conrad en su novela El corazón de las tinieblas, de la cual Nicolas Roeg hizo un telefilme bastante respetable en 1993.

Se ha dicho que los trabajos de Evans-Schulte tuvieron gran influencia en la obra de Alejo Carpentier, lo que dada las fechas de publicación de los trabajos de Evans-Schulte (en los setenta) y la obra de Carpentier (principalmente El reino de este mundo, 1949), me parece poco probable. Sin embargo, el Macandal de Carpentier sí tiene bastante relación con el Karamakate de Guerra.

En una colonización a la inversa, o en ese paternalismo asombrado con el cual el Occidente ahora se siente necesitado de pagar una deuda con la historia, los críticos de las publicaciones más influyentes de Estados Unidos, España, Gran Bretaña y Francia, han quedado hipnotizados con la presentación visual que la película hace de lo real-maravilloso, así como se conmiseran con la pérdida de la sabiduría ancestral de ese mundo olvidado en medio de la belleza de la jungla.

No es para tanto. En realidad, el filme es bastante contenido en ese aspecto. La fotografía en blanco y negro, que utiliza poco contraste, no resalta para nada esa majestuosidad que cacarean los críticos. Solamente al final, utilizando además imágenes del Hubble, Guerra quiere impresionar y hacer una declaración final en defensa de la cultura aborigen, pero en realidad esa última secuencia desentona mucho con el resto del filme y le resta valor estético.

Guerra (Colombia 1981) tiene a su haber La sombra del caminante (2004) y Los viajes del viento (2009). En este su tercer largometraje despliega firmeza como director, en control de su trama. Sin embargo, el guion, que escribió en colaboración con Jacques Toulemonde Vidal, es a ratos excesivamente lento e indeciso, volviéndose en algunos momentos, repetitivo.

Los actores no profesionales como Nilbio Torres y Antonio Bolívar, como el Karamakate joven y el viejo respectivamente, y Yauenku Migue como Manduca, están bien en sus papeles. Jan Bijvoet (Bélgica, 1966), quien trabajó en Borgman (2013) y The Broken Circle Breakdown (2012), así como Brionne Davis (Narcissist, Ray Donovan y Avenged), se desempeñan sin tropiezos en sus papeles de Theo y Evan respectivamente. La fotografía de David Gallego (Violencia) no aporta mucho, aunque no se puede decir que está mal.

Sin estar a la altura de la algarabía que ha originado, este es un filme bien hecho, que trata un tema grave sin mucha gravedad, pero sin ligereza, que es más bien para los interesados en las colisiones culturales, los indigenistas, los ecologistas y aquellos que se embelesan ante la atracción de la selva. No hay mucha novedad en este frente.

El abrazo de la serpiente (Colombia/Venezuela/Argentina, 2015). Dirección: Ciro Guerra. Guion: Ciro Guerra y Jacques Toulemonde Vidal, basado en los diarios de Theodor Koch-Grunberg y Richard Evans Schultes. Director de fotografía: David Gallego. Con: Nilbio Torres, Antonio Bolívar, Jan Bijvoet, Brionne Davis y Yauenku Migue. De estreno limitado en varias ciudades de Estados Unidos.


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