Actualizado: 22/11/2017 12:21
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Bitácora de una realidad esquizofrénica

Una novela que es como un río que corre y lo inunda todo: nada queda fuera

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En la novela Bitácora del silencio (Ed. Sloper, Col. La Noche Polar; Palma de Mallorca, España, 2012), de Luis Manuel García Méndez, no hay presunciones. Tampoco sublimación. Y mucho menos perplejidades por viejos enigmas. Solo ese angustiante querer escapar del profesor universitario Álvaro Cué. Solo ese solamente sin salida en que la palabra, queriendo atrapar lo real, vericuetea entre las humillantes situaciones de 138 días de reuniones, presiones, sanciones, esperas, asambleas, consignas, tropezones, rabia, silencios, incertidumbre, posteriores al 14 de marzo de 1980, cuando le comunican que propondrán al rector su expulsión de la universidad, sin apelaciones.

Se crea así, por la multiplicidad voraginosa y aplastante del absurdo y el sin sentido, la sensación casi psicótica de que las cosas y las gentes que le suceden a este hombre, parecen desbordar la representación simbólica y lo sórdido de la realidad que lo rodea para entrar directamente en el lenguaje de esta novela. Diríase que la vida, al ser trastocada, al entrar de pronto en ese hiato profundo, no sabe cómo convertirse en la palabra vida. Nadie pronuncia un saludo. Nadie se atreve a diferir. Una experiencia de desierto se avecina. Hasta el propio personaje se da cuenta de que, “como el camello”, tiene que abrevar palabras “para cubrir la travesía de silencio que me espera.”

Es imposible en esta Odisea del marasmo —comprimida a pesar de sus 331 páginas— escoger los momentos que más nos impactan. Lo que Ulises vive en 10 años, el personaje de la novela lo vive en cuatro meses y medio. De ahí el desborde en cada momento. La apretada progresión dramática. Los incesantes juegos de hallazgos que hermosean la pesadilla. Es un registro múltiple, poliédrico, por dentro, por fuera, por arriba, por abajo, por todos los puntos cardinales de la vida de aquellos días. Hasta el más mínimo detalle de los sucederes, pensares y pesares queda registrado aquí. Asombra esa capacidad del autor de sacar hasta la última brizna de ese pasado sin dejar nada fuera. Aunque su intención no es crear una verdad de historiadores, sino la metáfora urdida por un poeta que, en vez de robar estatuas a la manera de Eurípides, le roba imágenes a lo vivido.

Un chorro continuo de ironías le permite penetrar en el absurdo de la dura realidad real, en la que, supuestamente, obedientemente, Álvaro Cué debía vivir su desgracia con entusiasmo, como si le estuvieran dando la oportunidad de redimirse.

Un chorro continuo cuyo espectro analógico es más que enciclopédico, porque incluye tantas posibles referencias (música, literatura, historia, filosofía, etc., etc.) que cualquier intento de enumeración, en sus poliédricos y cortantes filos de humor y poesía, excede el catálogo.

Porque la ironía, cruda o cocinada, es servida con todos los platos de la mesa. Ají guaguao, diría, chile picante en sus innumerables manifestaciones. Un verdadero I Ching de combinatorias, que van desde el detalle picaresco (“invisible como un filete en el comedor universitario”), a la inmediatez de lo cotidiano sin eludir lo escatológico (“Noventa hombres mantenían al silencio a raya: ronquidos, cuchicheos con el de al lado, palabras masculladas en sueños o pedos atronadores cuando concluía la digestión del potaje de chícharos.). O hipérboles que entrelazan el rigor del documento con la carcajada (Nos tragamos sin saborearlo un rancho que habría provocado durante el siglo XIX huelgas de esclavos en los ingenios.). O, como postre, a la manera de un Borges o un Lezama, notas abiertas a pie de página, en un intento por inmiscuir la Historia en lo que cuenta, para que lo real parezca verosímil (“Los amos darán precisamente a sus esclavos de campo dos o tres comidas al día, como mejor les apetezca, con tal que sean suficientes para mantenerlos y reponerlos de sus fatigas; teniendo entendido que se regula como alimento diario y de absoluta necesidad para cada individuo seis u ocho plátanos, o su equivalente en boniatos, ñames, yucas y otras raíces alimenticias, ocho onzas de carne o bacalao, y cuatro onzas de arroz u otra menestra o harina”. (Artículo 6° de El reglamento de esclavos de Cuba; La Habana, 1842)… Pero no se queda ahí. Todavía sirve, con sorna, a manera de digestivo, una pregunta al lector: “…¿A que tú no lo sabías?”).

Esta novela es como un río que corre y lo inunda todo: nada queda fuera. Tanto lo posible como lo que pudiera parecer imposible es mapeado y presentado mediante el juego de figuraciones verbales, que impulsan, con la fuerza del remolino, los hechos que se cuentan, para crear así, de conjunto, una penetrante secuencia del desasosiego. Diríase una película de humor y de horror dirigida por un Woody Allen buñuelesco.

Luis Manuel hace una cirugía de la locura para mostrar la realidad, que, sin menoscabo, se estira, se encoge, se ensancha, se estruja o se disecciona con telescópico e implacable distanciamiento, para que se puedan entrever, en ese movimiento de dislocación, sus más ocultas orillas.

Es el delirio contado, sopesado y acotado, día por día, por una suerte de Lacan acostumbrado a meterse en las profundidades geológicas del ser humano. Ofusca y conmueve lo que dice. Se siente, a medida que avanza, cómo la pesadilla que vive el personaje es rebanada por un filo cortante e incisivo. Causa risa, pero risa que hace pensar. Causa erecciones y disyunciones, roza la paranoia y la melancolía. Causa psicosis, de la buena, de la que tiene que ver con la certeza más que con la duda, por la forma en que se muestra cómo se encarcela la conciencia. Causa, a lo largo de su lectura, una sensación de incertidumbre por los pozos sin fondo en que puede caer el ser humano. Causa un no sé qué, un no se sabe, un dolor allá a lo cerca y a lo lejos. Es el delirio del dolor escrito desde la cordura.

Cuando la realidad que se vive se torna esquizofrénica y la condición humana se altera hasta el punto de que parece que nada termina, no hay otro escape para quien la vive que la alucinación.

Esta novela nos adentra en ese túnel asfixiante. En sus páginas el anacoluto, que hace que se pierda la concordancia lógica con todo, deja de ser una figura retórica para convertirse en una brutal irregularidad sintáctica de la propia vida.

Hay que decirlo antes de que el tiempo la antologue:Bitácora del silencio es un hallazgo total.


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