Actualizado: 06/12/2021 17:08
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Black Swan: ¿Psicosis llevada al mundo del ballet?

Mucho más que un film sobre el mundo del ballet, considero que Aronofsky ha intentado una especie de homenaje a Psicosis de Hitchcock

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A varios meses de su polémico estreno, ya con un Oscar para Natalie Portman, la actriz protagonista, en su aval, pude ver por fin la película Black Swan. Había leído varios comentarios sobre la película de personas muy cercanas al mundo del ballet, como Alicia Alonso —sin haberla visto, según propia confesión— e Isis Wirth, una de las más lúcidas críticas de ballet que conozco; incluso la novelista Zoé Valdés escribió una opinión favorable sobre el filme, en la que llegó hasta decir que el ballet era “un arte diabólico”.

“No la he visto ni pretendo hacerlo, es increíble que se hagan películas solo para ganar dinero con monstruosidades, que solo engañan a la gente tratando de mostrar una realidad que no existe”, dijo Alonso. “Por lo que me han contado, la película es un engaño, y por eso la gente debe pedir que le devuelvan su dinero”, añadió.

El filme del director Darren Aronofsky se centra en la despiadada competencia entre dos bailarinas por el papel principal del emblemático ballet El lago de los cisnes, manipuladas profesional y sexualmente por el exigente director de la compañía, que por fortuna, no necesita de intermediarios para conseguir sus fines. La protagonista, la sufrida y reprimida Nina, es conminada por el director a descubrir el lado más oscuro de sí misma —su cisne negro—, ya que el rol de Odette se le da naturalmente pero el de Odile se le resiste. Y esta búsqueda obsesiva desata en Nina toda una serie de deseos sexuales reprimidos, tanto con hombres como con una mujer, nada menos que su rival —interpretada por la actriz Mila Kunis— con quien se muestran candentes escenas de sexo que finalmente ocurrieron solo en la mente de Nina.

Mucho más que un filme sobre el mundo del ballet —que de todas maneras sí nos muestra lo competitivo y arduo que es éste en la vida real—, considero que Aronofsky ha intentado una especie de homenaje a la Psicosis de Hitchcock, traspolando el perturbado personaje original a una bailarina —con madre omnipresente incluida— de doble personalidad, y sobre todo, por esa escena donde la destronada prima ballerina, muy bien interpretada por Wynona Rider, se hinca varias veces un puntiagudo abrecartas en el rostro, evocando la célebre escena de la ducha de Psicosis. En fin, un enrevesado thriller sicológico que utiliza el ballet como pretexto para atraer a los espectadores —y lo ha conseguido en grado sumo—, lo que considero que es uno de sus principales méritos y/o secuelas, porque más de uno querrá ver algún día el trajinado Lago tal y como se concibió.

Si en Psicosis madre e hijo son la misma perturbada persona, en Black Swan Nina lucha con su rival —que es una versión de sí misma— hasta que un fragmento del espejo —todo un símbolo— se le encaja accidentalmente y la mata, liberando así su pretendido “lado oscuro”, necesario para poder interpretar el Cisne Negro como lo quiere el demandante director de la compañía.

Concuerdo con Isis Wirth cuando dice: “…la melopea del ‘sufrimiento’ de Odette, a la que ni esa excelente actriz, Natalie Portman (…) pudo hacer creíble, me hizo recordar al crítico inglés Arnold Haskell, quien decía que el ‘lirismo’ para muchas bailarinas en El lago… significaba fruncir el entrecejo. Portman no solo frunce el entrecejo, y nada más, mientras interpreta al Cisne Blanco, sino casi todo el tiempo en que está meramente actuando”.

Claro, Portman no es una bailarina clásica, pero como actriz debió interpretar el rol del Cisne Blanco sin el cliché del “ceño fruncido”, que sí es válido para la Nina reprimida sexualmente y sojuzgada por su frustrada madre, ex bailarina que del cuerpo de baile no pasó.

El ballet es un arte sublime, que asciende al hombre y a la mujer a otros planos más elevados y demanda la conquista del cuerpo con una disciplina férrea; no es un arte diabólico ni antinatural como algunos han dicho a raíz de la película.

A mí, particularmente, este filme me ha hecho valorar aún más a nuestro Ballet Nacional de Cuba, a Alicia Alonso y a todos sus grandes bailarines, porque en un momento dado, que yo ubicaría en 1993, coexistieron en activo Alicia, las Cuatro Joyas, las Tres Gracias, y Martha García y María Elena Llorente, con las nuevas generaciones: Alihaydée Carreño, Lorna y Lorena, Aydmara Cabrera. Todas se alternaron en los roles que podían bailar, sin retiros obligados como el del personaje de Wynona en Black Swan, y lo mismo ocurrió con los varones, sin descartar celos y desavenencias personales debido a la comprensible naturaleza humana de los bailarines, pero abundan anécdotas como la de Rosario Suárez enseñándole la escena de la locura de Giselle a Aydmara Cabrera; Josefina Méndez montándole ese personaje a Alihaydée Carreño, y Loipa Araújo ensayándole Giselle a Alicia, con admirable solicitud y amor, entre tantos otros ejemplos que se podrían mencionar.

Para concluir, considero que está de más en el film la forzada “licantropía” de Nina —no en lobo, sino en cisne—, excepto en la escena en que los brazos se le transforman en negras alas, de gran belleza plástica, pero lo de las patas sí me pareció grotesco y gratuito, así como lo de los dedos de los pies pegados entre sí.

Nada es color de rosa, ni en el ballet ni en el boxeo (gracias, Isis), pero si bien una golondrina no hace verano, tampoco una bailarina perturbada y con doble personalidad como Nina representa a todas las “pequeñas princesas” de este arte.


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