Actualizado: 20/11/2019 9:47
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Literatura, Literatura cubana, Literatura infantil

Buena literatura a secas

Antonio Orlando Rodríguez reedita el libro con el cual hace cuatro décadas se estrenó en la narrativa para niños y además ha sumado a su abultada bibliografía dos títulos nuevos

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En 1975, un muchacho que estaba por cumplir diecinueve años, decidió retocar un libro de cuentos para niños escrito por él tres años atrás. Desde pequeño, como él ha recordado, le gustaba inventar historias o bien hacer versiones de aquellas que conocía a través de los libros y los programas de radio y televisión. Probó suerte también en la pintura, en los títeres y hasta en el cine, con unas películas que dibujaba en tiras de papel de pergamino y que luego ponía en un proyector. Pero acabó por darse cuenta de que lo que mejor se le daba era escribir.

Aquel muchacho flacucho y con espejuelos, ya digo, retocó ese texto escrito por él a los dieciséis años, le añadió un par de episodios, lo pasó a máquina y lo mandó al Concurso 26 de Julio. Me imagino que debe haber recibido tamaña sorpresa cuando le notificaron que había ganado el premio en la categoría de literatura para niños. A propósito de ello, el hasta entonces novel escritor contó lo que aquí reproduzco: “Mirta Aguirre, quien presidía el jurado, estaba convencida de que el autor de la obra era un anciano, a causa de los refranes y tradiciones antiguas que se recrean en sus páginas, y se quedó de una pieza cuando, la noche de la premiación, vio a un jovencito subir al escenario a recoger su diploma”.

Ese mismo año llegó a las librerías Abuelita Milagro (Editorial Gente Nueva, La Habana, 1975, 46 páginas), título con el cual Antonio Orlando Rodríguez (Ciego de Ávila, 1956) dejó de ser un autor inédito. La publicación de aquel libro significó además el inicio de una destacada y coherente trayectoria literaria, a lo largo de la cual Rodríguez ha sumado otros reconocimientos (La Edad de Oro, Premio Ismaelillo en cinco ocasiones, Premio Alfaguara de Novela, Florida Book Award). Asimismo ha cimentado una abultada bibliografía que incluye obras de ficción para niños y jóvenes (Cuentos de cuando La Habana era chiquita, Yo, Mónica y el monstruo, Pues, señor, este era un circo, El sueño, El rock de la momia y otros versos diversos) y para adultos (Strip-tease, Aprendices de brujo, Chiquita), recopilaciones y antologías (En un camino encontré, Esta era una vez y dos más son tres, Adivínalo si puedes, El libro de Antón Pirulero) y estudios e investigaciones (Panorama histórico de la literatura infantil en América Latina y el Caribe, Al encuentro del lector, Por una escuela que lea y escriba).

Abuelita Milagro está estructurado en 14 cuentos que aunque admiten ser leídos como tales, componen una especie de relato mayor. Están narrados por uno de los nietos de la anciana, quien tiene un papel central. Es una señora mayor que, pese a sus años, se mantiene muy activa, regando sus flores, trajinando en ese maravilloso mundo de cacerolas, orégano, nata de leche y ajonjolí que es su cocina y sacándole brillo a todo: “los muebles, las ropas, los sueños, su brillante arsenal culinario, la jaula del canario con canario y todo, el gato dormilón y remilgado, la jicotea, ella misma”. Hasta sus propios nietos iban a dar al fondo de su inmensa bañera, que ella se las ingeniaba para sacar al patio.

Como tiene tantos años, ha acumulado muchos conocimientos y sabe muchas historias que cuenta a sus nietos. Estos se enteraron así de que su padre fue coronel del Ejército Libertador y alzó un campamento insurrecto durante la guerra contra los españoles de 1895. Abuelita Milagro también les habló de la vieja Inés, que se pasaba todo el día fumando tabacos y bebiendo café. De joven era tan ligera que abrió una academia para enseñar a volar a los zunzunes. Pero sin que nadie comprendiese la causa (solo comía lechugas y alguna que otra zanahoria), empezó a aumentar de peso y engordó tanto, que ya no pudo salir más de su casa y allí se quedó. Asimismo y acompañados de su abuela, los nietos fueron a conocer a la Señora Santana. Era una persona muy conservadora y, en efecto, se trataba de la misma persona de aquella cancioncita que muchos de nosotros entonábamos cuando éramos niños.

Se nutre de la tradición popular y el folclor cubanos

Pero aunque se puede decir que ella es la protagonista, Abuelita Milagro no es el único personaje del libro. No, señor, hay otros más. El primero que aparece es el Adivinador de la Calabaza, que tenía una misteriosa casona en forma de taza de beber café. Un caballito de San Vicente fue a contarle acerca de la fama de buena adivinadora que tenía la anciana. Tras escuchar aquello, el señor dijo: “Maten seis puercos bien cebados, compren cerveza, me invitan a todo el mundo. Ah, ¡y le dicen a esa vieja parejera que el Adivinador de la Calabaza quiere competir con ella!”. La competencia se celebró y el resabioso señor pasó la vergüenza de verse derrotado públicamente por Abuelita Milagro. Y aunque no estoy haciendo una relación completa de los personajes, otro de los que desfilan por el libro es el maestro Benito Manso, de quien algunos lugareños comentaban que tenía comején en el coco. A los niños, en cambio, les gustaba su manera de hablar, salpicada de refranes que el buen señor citaba, vinieran o no al caso.

Todos los cuentos están ambientados en escenarios rurales. Abuelita Milagro vive en un bohío que está “detrás de una loma verde, entre un montecito de atejes donde siempre era una fiesta para las gallinitas (…) En el patio había un roble sabanero, una enredadera de boniatos y tres palmas… cada una de diferente tamaño, pero todas viejísimas”. Asimismo las fiestas que se celebran siguen las tradiciones campesinas. Para la competencia con la anciana, el Adivinador de la Calabaza organizó un guateque, y “los puercos asados en puyas de guayabo verde le abrían el apetito al más pinto de la paloma”. Asimismo hubo una controversia de décimas entre Venancio Tocororo y Sinsonte Sánchez, los mejores improvisadores de Sabanarriba y Sabanabajo.

Típicas del campo son también las supersticiones que los niños le oían decir a Prima Trinidad: si se escucha aullar a un perro por la noche, es el aviso de que alguien iba a morir; si una gallina canta como un gallo, es necesario matarla sin pensarlo dos veces, pues de lo contrario nada puede proteger a quien la haya escuchado; si truena cuando una gallina está empollando se pierden los huevos, a menos que se coloque entre ellos un clavo y un puñado de tierra recogida con la reja de un arado. Cosas que, de acuerdo a Abuelita Milagro y a Benito Manso, no hay que creer, pues son boberías.

Rodríguez se estrenó como autor para niños con un libro que en no poca medida se nutre de la tradición popular y el folclor cubanos. Utiliza esos ingredientes con respeto y, a la vez, con una desinhibida libertad. De ese modo los rejuvenece y les da otro aire. En ese tratamiento imaginativo, echa manos a recursos como el humor y la poesía, esta última creada a partir de los elementos más cotidianos. Hay que resaltar asimismo que, pese a tratarse de su opera prima, logra una escritura de muy buen nivel. Eso se pone de manifiesto, entre otros aspectos, en la lozana cubanía del lenguaje, que alcanza una indudable eficacia literaria.

Justamente cuatro décadas después de su salida, Abuelita Milagro vuelve a estar accesible para que nuevos lectores la descubran. Para la nueva edición (Panamericana Editorial, Bogotá-México-Lima, 2015, 79 páginas), su autor revisó el texto e introdujo algunos cambios. En primer lugar, eliminó algunos vocablos y referencias que, por ser demasiado locales, serían difícilmente comprensibles en otros países. Suprimió además uno de los cuentos, que aparte de ser el más flojo desde el punto de vista narrativo, trataba hechos que remiten a nuestra última guerra de independencia. Igualmente ha hecho muy bien en reescribir el cuento que cerraba el libro. En esta nueva versión, desaparecieron los “hombres vestidos de verde, fuertes como árboles, con barbas sonrientes”, que hoy tienen para los cubanos una connotación bien distinta. ¡Solavaya!

La edición de 1975 contaba con unas deliciosas ilustraciones de Eduardo Muñoz Bachs. Es cierto que al ser impresas perdieron un poco, debido a que la calidad del papel no era la idónea. Con todo, tienen los rasgos distintivos y el vuelo imaginativo que distinguieron el trabajo como diseñador gráfico de Muñoz Bachs: amplia gama cromática, eficaz uso del humor, estilo caricaturesco cercano a los dibujos infantiles. La edición de Panamericana fue ilustrada por la colombiana Catalina Acelas. Su trabajo es también muy hermoso, y como se apunta en el epílogo, “sitúa a los personajes en un universo latinoamericano mucho más abarcador, pero igualmente sensorial y colorido. Una buena manera de subrayar la vigencia y la frescura de esta obra en el cuadragésimo aniversario de su creación”.

Cuando el Hombre La Edad de Oro era niño

Pero como no quiere vivir solo de las rentas, además de esta edición revisada de Abuelita Milagro Rodríguez celebra las cuatro décadas del inicio de su andadura como escritor con dos nuevos títulos: Los helados invisibles y otras rarezas (SM, México, 2014, 30 páginas) y Conoce a José Martí (Alfaguara, Doral, 2015, 30 páginas). Este último forma parte de la serie Personajes del Mundo Hispánico, concebida con fines didácticos y divulgativos. Su autor lo confirma al dedicar el suyo “a los niños que lean este libro, para que se sumen a los amigos de El hombre de La Edad de Oro”. Dentro de la serie, se han publicado ya volúmenes dedicados a Cristóbal Colón, Pablo Picasso, José de San Martín, Pablo Neruda, Miguel de Cervantes, Simón Bolívar, Gabriela Mistral y Gabriel García Márquez.

Conoce a José Martí narra una anécdota muy sencilla, que ocurre cuando el insigne patriota y escritor cubano era niño. Entonces era alumno del colegio San Anacleto. Uno de sus compañeros de clase era Fermín Valdés Domínguez, quien se convirtió en su mejor amigo. El hecho ficticio que se cuenta tiene como antagonista a Pancho, “el grandulón de la clase, que nunca hace las tareas y tiene una letra tan enredada que ni él mismo la entiende”. Intencionalmente, derrama el tintero sobre el cuaderno de Fermín para que este no pueda ganar el concurso de redacción. Como él y Martí eran quienes mejor escribían, ahora la medalla la ha de ganar seguramente este último. Pero Martí piensa que un premio que no se gana en buena lid no vale la pena. Y derrama el tintero sobre su cuaderno.

El cuento, ya digo, es muy sencillo, pues su propósito primordial es presentar una imagen de las cualidades humanas que caracterizaron a Martí desde la infancia. Eso, sin embargo, no obsta para que Rodríguez pueda demostrar su talento, así como su ya probado conocimiento del género y del público infantiles. Su esmerada prosa y su admirable capacidad para narrar con naturalidad y encanto, se ponen de manifiesto desde el primer párrafo: “Todas las mañanas, Pepe Martí sale de su casa, y camina y camina hasta la escuela. Antes de salir, reparte un montón de besos. Cinco son para sus hermanas y se los da por orden de tamaño. El primero es para Antonia, la más chiquita; luego vienen el de Rita; el de María del Carmen, a quien cariñosamente llaman «La Valenciana», y el de Mariana. El último es para Leonor, «La Chata», la mayor y su favorita”.

Debido a que es un libro de formato más o menos grande (8 ´ 10 pulgadas) y a que el cuento es bastante breve, las ilustraciones comparten protagonismo con el texto. Se deben al pintor y grabador argentino Pablo De Bella, quien acumula una considerable experiencia en el diseño gráfico de ediciones para niños. Los dibujos que creó para Conoce a José Martí son coherentes con el perfil de la serie. Son ilustraciones realistas y de trazo expresivo, que emplean una amplia gama de colores. Un buen trabajo, en suma, que, en el aspecto visual, hace que el libro sea muy atractivo.

Con mucha más libertad pudo trabajar la también argentina Cecilia Varela, a quien pertenecen las sugerentes ilustraciones de Los helados invisibles y otras rarezas. El pie para ese despliegue imaginativo se lo daban los propios textos del libro, en el cual su autor abandona la narrativa para incursionar en la poesía (antes lo había hecho con El rock de la momia y otros versos diversos). Y digo que los textos daban pie para que Varela activara su imaginación, porque en esos poemas Rodríguez propone a los lectores abrir una ventana a la fantasía a través de las amplias posibilidades que en ese sentido proporciona el género poético.

En el poema con que se abre el libro se lee: “En esta tienda venden/ helados invisibles./ Algo raros, es cierto,/ mas son apetecibles”. Animado con ese espíritu, Rodríguez invita a descubrir el universo que hay en una gota de agua, las cosas que dice el viento al pasar, la melodía que tiene cada minuto, los distintos tipos de beso que existen. Con esa misma disposición, se puede ir a una tienda y hacer compras tan insólitas como estas: “Me da un kilogramo de alegría./ Un cartucho de optimismo./ Cuatro cajitas de ternura./ Y toda la esperanza que tenga,/ mire que me hace mucha falta./ Envuélvamela bien,/ ¡y gracias!”.

Rodríguez utiliza diferentes estrofas, métricas y rimas. Hay poemas más o menos largos como “El sombrero del jinete sin cabeza”, “Los helados invisibles”, “Ceiba”, “Los enanitos”, “Mensaje”, “Alegrías”, “Palabras”. En otros, en cambio, apuesta por la brevedad, como lo ilustran “Iceberg” (“Hielo/ tímido”), “Escritor” (“Domador/ de/ palabras”), “Telepatía” (“Email/ que/ se/ manda/ de/ cabeza/ a cabeza”) y “Otoño” (“«Hasta nunca»,/ se despidió/ la hoja seca”). Simpáticos unos, serios y reflexivos otros, pero todos escritos con un nivel de elaboración literaria que va de bueno para arriba, esos veintiséis poemas son un estupendo medio para contribuir a la educación estética del público lector. Y hablo no solo del infantil, sino también del adulto, pues la buena literatura infantil como esta, es buena literatura a secas.