Actualizado: 03/06/2020 20:08
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Buesa entre poetas

Buesa está rodeado de poesía en Año bisiesto. Serafina Núñez y Carilda Oliver no lo olvidaron

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José Ángel Máximo Buesa del Regato, Sarría y Sánchez —conocido como José Ángel Buesa— nació un dos de septiembre de 1910, en la calle José María Heredia, en Cruces, antigua provincia de Las Villas. Su nombre legal es uno de los tantos detalles únicos de Año bisiesto, su autobiografía informal o diario, escrito en Santo Domingo en 1976. Sus recuerdos mezclados con el día a día aparecen como un allá lejano. Y Cuba es el país donde se quedaron sus libros. Se considera un poeta “más o menos expatriado”, que boga contra la corriente, ignorado, fuera de grupo, del que no se habla o figura con una “mención indiferente” en ensayos y antologías. ¿Por qué? Porque se empeñó en la “poesía fácil”, que tan difícil resulta “para los que no son capaces de escribir cuatro endecasílabos consecutivos sin algún tropiezo con la aritmética verbal”.

No cuenta la saga de cómo se convierte en un poeta popular, con incontables ediciones en varias lenguas, entre ellas catorce de Oasis a partir de 1943. Los recitadores se apropiaron de sus versos por su comunicabilidad y los hicieron suyos hasta el presente. Entre otros, Eduardo Casado, Graciela Garbalosa, Otto Sirgo, Carlos Badías y Olga Rodríguez Colón, los locutores del programa romántico “Nocturno” y todos o casi todos los enamorados que hoy tienen más de cuarenta años. Pero no es una preocupación suya contar su trayectoria, aunque la poesía lo recorra a lo largo de sus más de cuatrocientas páginas. Y no solo porque revisa una nueva edición de la obra de Rubén Darío o comenta el “no sé, yo no puedo entrar”, el verso de José Martí en “La bailarina española” o discute a Borges o a Coleridge, sino porque narra las vicisitudes de un cactus de su jardín y el día que despierta “coplero”, perpetra quince estrofas.

Cuando en 1936 publica Babel, el poeta mexicano Enrique González Martínez lo califica de “revelación lírica”, pero tiene dos libros anteriores y un poema que se sabe todo el mundo: el del renunciamiento. Y Eugenio Florit, compañero de andanzas radiales, le presenta a Juan Ramón Jiménez, que lo incluye en su famosa antología.

“¿Qué es lo que puede sobrevivir , de lo que cada cual piensa, siente y escribe? A veces, unas líneas, o un poema, o un solo verso —o nada. O una idea, o un símil, que se repiten después y ya son de todos y de nadie”, escribe. Campeón en que le atribuyan poemas con firmas ajenas, una vez le adjudicaron “La lágrima infinita” de Hilarión Cabrisas, “el poeta más popular de mi país”, según sus palabras. Cabrisas y Buesa se conocieron poco, pero Hilarión lo llamó su heredero. El primero figura entre los clásicos de la colección digital de la Biblioteca José Martí, mientras solo recientemente empieza la rehabilitación académica de Buesa, que acusado de rimador, sensiblero y picúo, nunca perdió el favor de sus lectores.

Podría pensarse que proscrito y sin grupo, en su recuento de exiliado reniega de sus compañeros de oficio, pero no, habla de muchos ignorados —Andrés Núñez Olano o Fabio Fiallo— y hay una mención agradecida para Agustín Acosta, a quien llama el poeta nacional, al cual conoció en la calle Galiano cuando descubrían a Píndaro y descifraban una lengua difunta. De Nicolás Guillén menciona sus habilidades caligráficas y alguna anécdota; de Emilio Ballagas, su acusación de plagio cuando tradujo el soneto de Arvers y lo publicó en el Diario de la Marina para demostrar su afinidad con “y jamás lo sabrá”, mientras sobresale su continuada relación con Eugenio Florit, “monje laico en sus ratos libres y poeta a todas horas” del que aprendió mucho, sobre todo, de su libro Doble acento, un poeta a plenitud cuando él empieza, lo que no le impide calificar su poesía última de “adjetival”, “con cierto sarcasmo de solterón”. También, José Lezama Lima:

Nunca lo traté personalmente, pero fuimos enemigos literarios feroces. Y él era más vulnerable que yo, en varios aspectos. Yo sigo creyendo que Lezama fue de los poetas que recurren al verso libre porque carecen de oído prosódico. Aparte de eso, como escritor, nunca le negué talento y hubiera sido estúpido negárselo. Era, además, una mente ágil y fina. Supongo que sus últimos tiempos serían poco favorables, especialmente por las dietas forzosas del racionamiento, ya que era un gourmand de largo colmillo. (Año bisiesto, p. 250).

Sin embargo, no habla de su breve noviazgo con la poeta Serafina Núñez o de Carilda Oliver Labra, a quien le unieron quince años de amistad. Núñez lo rechaza cuando quiso ser su “maestro” y Carilda lo recuerda alto y atlético, con una voz grave y cómplice. Admiró sus versos y la ayudó a publicar su primer libro. Pero las mujeres de Año bisiesto, aparte de su esposa Juanita, en su mayoría son conquistas amorosas, relaciones pasajeras o entrañables que encuentra en el bosque de La Habana, en un reservado del restaurante Las Culebrinas, cerca del puente de Pote, al ascender al Pan de Matanzas, en la playa de Cojímar o entre pinceles en su apartamento del edificio Carreño. Son las mismas locaciones algo folletinescas de sus poemas, arboledas, ríos y soledades, en las que estilo galán otoñal, desabrocha el vestido de su invitada, como ella desencuaderna la portada de un libro suyo. Una antigua mansión con altos muros y el recuerdo “de cosas bellas y apasionadas”, descubre al poeta como escritor de radio y televisión.

Quiso ser fiel a la máxima martiana: “Pero no empañes tu vida /hablando mal de mujer” y Serafina y Carilda, encubiertas, podrían ser las amigas, damas o señoras con las que viaja a Limonar, ve a la salida de un teatro o en una plaza de Florencia y recuerda por la velocidad que alcanzó su Buick. También un automóvil rojo de esa marca se estacionaba en Tirry 81, a la puerta de la casa de Oliver Labra, que ya se había desordenado.

Mientras los lugares de la acción de su Año bisiesto parecen una escenografía muerta y difícilmente un joven pueda imaginar dónde se encuentran hoy, no lo están sus versos. Y junto con los choferes, las cocineras y algunos profesores de literatura —como Gustavo Pérez Firmat— si me preguntan de pronto un verso que recuerde, viene con facilidad:

“pasarás por mi vida sin saber que pasaste”. O éste más cursi, “señora: /según dicen ya tiene usted otro amante—” que de tan repetidos son de todos y ya no son de nadie.

El recuento de Serafina Núñez de por qué rompieron su fugaz relación puede leerse aquí.

Carilda Oliver Labra: “El Buesa desconocido”


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